Opinión Editorial


Francisco Tijerina González


Publicación:20-08-2020

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Pancho Tijerina nació en Cadereyta Jiménez, Nuevo León. Como todos los de su generación, nació periodista. Nada de escuela, nada de facultad

Pancho Tijerina nació en Cadereyta Jiménez, Nuevo León. Como todos los de su generación, nació periodista. Nada de escuela, nada de facultad de Ciencias de la Comunicación. Pancho y todos ellos aprendieron el oficio del periodismo donde se debe aprender: en la calle. En el lugar de los hechos. La noticia. El acontecimiento. La única herramienta, además del interés por las letras y por conocer lo que ocurre, es el olfato: algo huele mal en este hecho.

Y como todos, o casi todos, empezó desde abajo. Pancho Tijerina, emigrado de la entonces distante Cadereyta, empezó barriendo las rebabas de plomo de los aparatos de formación de las páginas en los moldes que se leían al revés en nuestro periódico El Porvenir. Cuna de grandes periodistas, cuna del periodismo. El Porvenir, el Periódico de la frontera. Casa del periodismo.

Luego dejó la escoba por la máquina de escribir, aquellos armatostes de hierro, las viejas Remington. Y poco a poco, regaño tras regaño, sin educación formal, Pancho empezó a escribir las noticias que le pedían sus mayores, periodistas avezados. Y luego a la calle. Ahí está la nota. Y el olfato lo guiaba.

Y como muchas cosas en la vida, el destino reserva cosas. Pancho se fue por el lado policiaco. Y entonces cubrió las tragedias de la ciudad, bajó a los fondos leprosos de la violencia y el crimen y se enfrentó con los representantes de la ley que no representan la ley y en cambio abusan de su placa para ser peores que los delincuentes. Y sacaba la nota.

Pronto tejió amistad con jefes, con informantes y con quienes pudieran proporcionar datos de algún delito. Un fotógrafo de bodas apellidado Lomas asaltaba las casas de los recién casados porque sabía dónde vivían al entregar las fotos. Un judicial se quedó con todo el botín de un guerrillero. Y así.

Cultivó amistades hasta el último día apenas ayer 19 de agosto de 2020. No se le dificultaba por su alegría, su simpatía, sus ocurrencias. Platicador, dicharachero, nada soflamero. Así cautivó a quien sería la compañera de su vida Cristina Barragán, secretaria de El Porvenir, hermana de Delia Barragán, la segunda al mando del periódico. Ya la hice, platicaba Pancho, me casé con una mujer de apellido ilustre. Pero no. Barragán hay por doquier.     

  Muchos años de su vida, después de su tránsito por periódicos de otros estados y del Distrito Federal, fundó y dirigió su periódico La razón, por donde pasamos todos los de recientes generaciones. Otra escuela, al estilo Pancho, claro. Pero escuela al fin. Huelan la noticia decía Pancho. Al de policía le decía: no te contentes con los reportes, investiga. 

También aprendió del sector público, en el que fue funcionario en varias delegaciones y secretarías. Y desde ese observatorio conoció a gobernadores, alcaldes, delegados, diputados, con quienes estaba al día de la información. No pocas veces en La Razón ganamos noticias exclusivas y de primera mano. 

Ya enfermo de la maldita diabetes, Pancho, aficionado a la tecnología, transmitía vía redes sociales, hablaba con nosotros sus amigos periodistas para darnos tips e información. Yo acudía con él para que me pasara datos de determinado funcionario, de tal hecho, de algún suceso importante. Y Pancho, emocionado como si él fuera a escribir la nota, relataba con pelos y señales. Conocía muy bien el entorno, el contorno. Y luego a reír. Pancho siempre causaba alegría. Por eso no debe imperar la tristeza. El ya está a todo dar. 



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