Opinión Editorial


Los tiempos del duelo


Publicación:24-08-2021
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La muerte es una experiencia del orden de lo irreversible, no se puede deshacer, no se puede evitar, no se puede regresar en el tiempo

Déjenme si estoy llorando”

El Gran Silencio

“¡Oh, chingados! Por qué no me dejan con mi dolor el tiempo justo, el necesario, el mío” —me dijo un paciente, a quien le molestan los pésames políticamente correctos, cargados de frases comunes del tipo: “Lo siento mucho, pronta resignación”, “Ya está descansando”, “Se nos adelantó en el camino”, “Para allá vamos todos un día” y un largo etcétera. 

En estos tiempos de pandemia, enfermedad, dolor y muerte, pero también al mismo tiempo de resistencia, creatividad, flexibilidad y desarrollo, lamentablemente también se han viralizado exponencialmente las respuestas comunes que, aunque quizás cargadas de las mejores intenciones, terminan, sin saberlo, aumentando aún más el drama de quien padece una pena, un dolor derivado de la muerte de un ser querido. Planteándole, además de lo que ya está viviendo, otra exigencia igualmente implacable, el deber ser: “debes expresar tu dolor de acuerdo con un modelo estandarizando, encaja en una forma “normal” de vivir, incluso —he ahí el colmo de los colmos— de sufrir; para que los demás no nos incomode tu dolor”. 

La muerte es una experiencia del orden de lo irreversible, no se puede deshacer, no se puede evitar, no se puede regresar en el tiempo, un imposible —hasta el nuevo aviso tecnológico. Al igual que la vida, la cual se sostiene entre dos imposibles: no pedir nacer y no poder hacer nada para no morir, la muerte resiste como enigma silencioso que continúa interpelando lo mismo a las ciencias como a las teologías. La vida, el tiempo y la muerte, escapan al sentido y resisten al misterio, de ahí la inagotable curiosidad y creatividad que generan.  

La pérdida de un ser querido, de esas personas que —como decía Freud—nos hacen morir un poco en vida con su partida. Cuya ausencia se sentirá por siempre, porque para nosotros eran insustituibles, no se puede calcular. Es una experiencia desgarradora, singular y también solitaria (nadie puede sentir o compartir lo que sentimos) que al paso que se va experimentando se puede ir advirtiendo en parte, algo de sus efectos, como, por ejemplo, qué fue lo que perdí cuando se murió, cómo será mi vida a partir de este momento que abre un tiempo nuevo, un antes y un después; cómo conviviré ahora con su ausencia…entre muchas otras cosas más.  

No todos los duelos, es decir, no todas las reacciones que se tienen a partir de la pérdida de un ser querido tienen que ser iguales. Por más que algunos postulados psicológicos y psiquiátricos así lo planteen, “las fases del duelo”, “los duelos normales”, “los duelos patológicos”, cada vida y experiencia se debe considerar desde su singularidad. Y no imponer “con la mejor de las intenciones” normativas-emocionales de qué debe hacer, sentir o no una persona ante su dolor, si se debe llorar, si se debe estar enojado, triste, alegre, escribir, pintar un cuadro…ello no solo no es de beneficio para la persona, sino le puede afectar dicha persecución psicológica-y-emocional de acuerdo con un estándar que se cree “sano” y que no necesariamente lo es. En ese sentido —por más que algunos de mis colegas psicólogos quizás no estén de acuerdo— no es mandato de salud mental tener que ir a consultar con un “psi” (psicólogo, psiquiatra, psicoanalista, etc.) ante el dolor por la pérdida de un ser querido, no es obligación tener que expresar el dolor mediante prácticas estandarizadas, consideradas normales socialmente. Sino más bien, cada persona se puede reconocer o no —si así lo desea—convocada a hacer algo singular a partir de su dolor, de su duelo. Y si dentro de ello está en querer hablar con alguien, con un profesional, es su decisión, nunca una obligación, ni mucho menos una imposición. 



« Camilo E. Ramírez »