Opinión Columna


46 años de la colonia Tierra y Libertad


Publicación:26-03-2019
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Los líderes instruían, coordinaban y orientaban. Sin gozar de privilegios en la comuna, eran primeros entre iguales

“Zapata no murió en Chinameca, aún cabalga por las montañas del sur, en su caballo blanco…”

El gobierno federal declaró este 2019 como el Año de Emiliano Zapata por ser el centenario de su asesinato, ocurrido el 10 de abril de 1919. Mediante decreto del presidente Andrés Manuel López Obrador se rinde homenaje al Caudillo de Sur, cuya imagen será el estandarte de la Cuarta Transformación.

Los ideales revolucionarios del zapatismo siguen vivos y con mayor fuerza para impulsar la justicia social, el respeto y el desarrollo de las comunidades indígenas, campesinas y obreras, al colocarse en el centro del actual gobierno los intereses de los más desfavorecidos y de las grandes mayorías con base en el principio de que el pueblo es el que manda.

El legado de lucha zapatista es un referente no sólo en México, sino en todo en el mundo. Por ello, sus ideales estarán más presentes que nunca en el 46 Aniversario de la Colonia Tierra y Libertad, que la comunidad celebrará con las mañanitas y con una jornada de actividades políticas, culturales, deportivas y recreativas el próximo 28 de marzo.

Tierra y Libertad nace como respuesta a la ausencia de políticas sociales en materia de vivienda por parte del gobierno, que mantenían en la pobreza extrema a miles y miles de pobladores radicados en la periferia o en áreas desprovistas del más mínimo bienestar.

El surgimiento de este gran movimiento urbano-popular impactó no sólo al gobierno, sino a sectores conservadores que a través de intelectuales orgánicos desataron y mantuvieron un ataque permanente y sistemático en los medios de comunicación, sin establecerse un juicio crítico de las causas de la pobreza que dan origen a estas organizaciones sociales y autónomas de masas.

Otra visión de clase sobre este movimiento territorial lo plasmó Carlos Ortiz Gil en su libro Viaje al Centro de un Submundo (Ediciones Castillo, 1982), del cual no permitimos reproducir el texto siguiente:

“Los líderes de este movimiento que fueron de verdad inteligentes y hábiles, tenía una característica común: se mostraban públicamente como ‘apóstoles’ del precarismo. En ellos se encarnaba ese deseo congénito del ser humano de poseer algo en la vida, en este caso un reducido pedazo de tierra donde vivir, desde el cual luchar y donde morir. Estos líderes, siguiendo la tradición del buen apóstol, se integraron de manera total e irrestricta a las necesidades propias de los precaristas que invadían terrenos aledaños a la ciudad. Vivían con ellos, comían con ellos el frugal alimento cotidiano, sufrían con ellos las circunstancias a su situación, convirtiéndose así en la encarnación de sus deseos y en el estandarte de sus requerimientos sociales.

Estos líderes tenían dos cualidades esenciales y por ello mismo atractivas: eran inteligentes y poseían vocación. Además, estaban en el pleno conocimiento de la coyuntura socio-política por la que atravesaba el país. Consecuentemente, a los ojos de la opinión pública, ciertamente irritada por el desequilibrio social existente, gozaron de la simpatía de ese sector social urbano que oscila entre la ternura que impulsa y la racionalidad que refrena.

El mejor ejemplo de lo anterior es la comuna Tierra y Libertad. La ideología de sus líderes fue una y muy simple: convertirse al frente del conglomerado humano que dirigían en testimonio vivo de los contrastes sociales que se dan, de manera irremediable, en cualquier país en desarrollo.

Este testimonio vivo aparece en la piel de Nuevo León como una llaga purulenta. Frente a la riqueza ostentosa y ciertamente injuriante de algunos, está la carencia casi total de bienes por parte de los muchos. Ante las llantas radiales y los rines de magnesio con los que se equipan los varios automóviles estacionados en amplios garajes, el niño prácticamente harapiento que viene a ofrecer sus servicios de lavado de vehículos. Frente al desperdicio notorio en los botes de basura de las casas y mansiones, la miseria y desnutrición crónica de mujeres jóvenes solicitando empleo secundario en el auxilio doméstico. Y, delante de barrios ‘aristocráticos’ iluminados profusamente gracias a la más alta tecnología y pavimentadas sus calles, el núcleo precarista en el que se amontonan los tejabanes, muchos de ellos construidos con material de desperdicio, con sus calles polvosas, sin servicios primarios algunos, viviendo en un clima en que la miseria es reina y la pobreza su segunda en el trono. Este era el testimonio visceral que debía darse, pensaron los líderes, para llevar el sistema socio-político al límite del enfrentamiento moral con su propia consciencia.

Los líderes instruían, coordinaban y orientaban. Sin gozar de privilegios en la comuna, eran primeros entre iguales; es decir, dirigían compartiendo. Naturalmente, acrecentaban su popularidad entre los seguidores, quienes convencidos de que al fin habían hecho de su precarismo una bandera respetable, fueron poco a poco llamando a más de los suyos o atrayendo a su esfera de influencia y acrecentando así su peso numérico”.



« Redacción »