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Opinión Editorial


Un diván para Israel y Palestina


Publicación:19-05-2021
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Un mundo donde las diferencias no busquen ser borradas o suprimidas, sino reconocidas, respetadas y articuladas

Sacrificar la propia vida y la de inocentes, deviene el medio (moral y militar) para realizar la Verdad absoluta de la propia fe y golpear a muerte la de los infieles. Cada singularidad es suprimida en nombre de una universalidad delirante

Massimo Recalcati

¡Dios nos ha dado esta tierra! ¡No! ¡Nos la ha dado a nosotros! ¡Nosotros somos el pueblo elegido de Dios! ¡No! ¡Nosotros somos el pueblo elegido por Dios! ¡Nosotros podemos rezar en nuestro lugar sagrado cuando queramos! ¡No! ¡Nosotros tenemos derecho a rezar a Dios en este lugar sagrado! ¡Mueran nuestros enemigos, los infieles, que al mismo tiempo son los enemigos de nuestro Dios!... Disputas cuerpo a cuerpo, estrategias diplomáticas fallidas, intervenciones internacionales, disparos, bombas, atentados, guerra y más guerra, una y otra vez, saecula saeculorum. 

Sigmund Freud —quién además era un judío no practicante— creador del psicoanálisis, sabía que la religión era una ilusión, una masa que, bajo ciertas condiciones, funcionaba por reacción y sin pensar, suprimiendo su juicio crítico; una producción de la cultura que podía cegar a las personas y llevarlas a su propia destrucción y a la de sus seres queridos. “Hemos avanzado, hoy queman mis libros, antes me habrían quemado a mí” —declaró ante la quema de sus libros, junto a cientos de otras obras, por el régimen fascista de Hitler. 

Hoy asistimos, lamentablemente, a un conflicto más entre el pueblo de Palestina e Israel. Cada uno sostiene sus argumentos, los cuales encuentran lógicos, de acuerdo con un cierto circuito de verdad, autoproclamado como LA VERDAD. Cada uno, desde siglos se adjudica el mote de ser el pueblo elegido por Dios, de ser dueño del suelo por el que transitan, ante una mirada internacional a veces cómplice, otras indiferente, que una vez más, condena los ataques, mientras quienes les desarrollan y venden las armas y sofisticados sistemas de defensa, abren otra botella de Champagne, brindando por el lucro que esta, como toda guerra, les reporta; nada parece importar importar mientras la guerra y la fabrica del mundo, no esté en mi país, sino allá donde el sufrimiento de vida es cosa permanente. 

Mientras que uno es un pueblo sumamente bélico, Israel, de los primeros lugares en armamento nuclear en el mundo; se calcula que cuenta con más de 11 mil armas nucleares, además de poseer uno de los ejércitos más equipados, respaldado por otra superpotencia militar, como lo es EUA, Palestina, no es propiamente un pueblo de un nivel militar como lo es Israel, por lo que siempre que hay enfrentamientos, se ve rebasado en posibilidades de ataque y defensa, sufriendo los efectos, sobre todo su población civil, sin embargo no deja de tener grupos, como Hamás, que llevan el nacionalismo al extremo delirante de dar muerte a sus enemigos. Como lo podemos ver, los opuestos se encuentran y se atraen. Los dos lados, poseen estructuralmente, un discurso similar: ser los elegidos de Dios, muerte a los enemigos, mientras la sociedad civil, quienes no desean pelear, sufren las consecuencias de las decisiones extremas que se toman tanto en oficinas de gobierno como en escondites de guerrilla.  

El psicoanálisis muestra desde el inicio de su desarrollo, cómo lo más íntimo-extraño de sí mismo, es a menudo colocado en el exterior. Justamente para poderlo hacer accesible y manejable: el mal está afuera, lo bueno está aquí conmigo. No es casualidad que Freud haya llamado al Inconsciente, además de “la otra escena”, que causa la escena que vemos en primer plano, como un territorio interno extranjero, un Estado adentro del Estado, un sujeto adentro de un sujeto. Es decir, una parte de sí que no se reconoce de inicio como propia, que tiende a proyectarse o a colocarse en un “chivo expiatorio”, pero que sigue formando parte de sí, algo extraño que es lo más íntimo. 

Localizar y reconocer como parte fundamental y constitutiva ese “territorio interior extranjero” en cada uno, permite no pasárselo al otro y desde ahí atacarlo; además de no convertirlo en sufrimiento, tanto para sí o para alguien más, sino asumir la responsabilidad de este. Esto puede ser difícil de realizar en un contexto religioso como el judío, musulmán, católico o cristiano, ya que cada uno de ellos se considera a sí mismo tanto el pueblo elegido y amado por Dios, el poseedor de la única verdad y por lo tanto pureza de raza, religión o interpretación, con lo cual el otro pasa a ser automáticamente: el rechazado por Dios, el que viven en la mentira y tinieblas y el impuro; que por lo tanto debe morir o ser exterminado. Quizás por ello cuando se piensa en un mundo incluyente, horizontal, inclusivo y responsable, de cooperación, se visualiza como un mundo despojado de cualquier discurso extremista, sea religioso, ideológico y económico. Un mundo donde las diferencias no busquen ser borradas o suprimidas, sino reconocidas, respetadas y articuladas. Por ello, ¡Un diván para Palestina y un diván para Israel



« Camilo E. Ramírez »