Opinión Editorial


Reverberación


Publicación:21-01-2026
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El daño recibido suele ejercerse luego sobre otros.

Desafortunadamente todos en algún punto hemos conocido, directa o indirectamente, la escena, incluso se la ha reproducido de diferentes maneras en películas y dibujos animados: el jefe le grita a un hombre en el trabajo, posteriormente el hombre, al llegar a su casa, se desquita con su esposa, acto seguido ella hace lo propio con alguno de sus hijos, mientras que, al final de la cadena, el niño arremete contra un compañero de escuela, una mascota o, en el mejor de los casos, con un juguete.

En toda esa cadena cada uno ejerce algún tipo de violencia. La escena puede variar de acuerdo con las épocas, culturas y contextos. Sin embargo, algo permanece, nadie gana y todos pierden. En algunos casos se trata de un simple y crudo ejercicio de poder sobre el otro, mientras que, en otros, la manifestación secundaria de la impotencia, el dolor y el miedo padecidos; a menudo es difícil discriminar dónde termina uno y dónde comienza el otro. A muchas personas les tomará un tiempo descifrar y desenredar esa trama en sus vidas para poder hacer algo diferente y seguir adelante, reiniciar; colocarse de otra manera y responder, no de forma automática, sino singular, a fin de poder romper el ciclo, la inercia y resonancia de dicha secuencia. 

En algunos casos, lo que se recibe pasivamente, tiende a ejercerse activamente, en un intento por deshacerse del dolor. Está de más decir que esa estrategia siempre fracasa. Quien daña —lo sepa o no— buscando deshacerse de aquello insoportable que ha padecido proyectándolo en alguien más, no sólo reitera la escena vivida, sino que, al darle consistencia a la misma "película" una y otra vez, corre el riego de actualizar y amplificar su dolor, lo eterniza manteniéndolo siempre presente, impidiendo su trámite, diferenciarse de ello, que el pasado pase.

Al identificarse con la persona que le agredió y con el agravio recibido, se ha convertido en aquello padecido, negando –o, al menos quedándose sin expresar– aquello que en realidad podría ser, devenir. Esto otorga la sensación de que es muy difícil "salir", moverse de lugar, cambiar los patrones, justamente por la actualización y reiteración de tal escena (fantasma) en la historia de vida. La solución, como muchas cosas en la vida, no vendrá necesariamente de una programación o esfuerzo, sino de algo más simple, de un detalle, algo que siempre está a la vista, pero que, precisamente por su cercanía, no se ve: una sorpresa, un acontecimiento fortuito que simple y sencillamente requiere la disposición de dejarse encontrar, alcanzar por el azar, algo que tiene la cualidad de interrumpir el automatismo de la secuencia, abriendo otros espacios y tiempos nuevos dentro de aquello padecido que parecía imposible: una verdadera detención, un corte que abre e inaugura la diferencia y el cambio. 




« Camilo E. Ramírez Garza »