Opinión Editorial


La palabra que ilumina


Publicación:17-06-2020

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La palabra y una escucha atenta, a pesar de las distancias -y gracias a la tecnología- siempre hacen aparecer la luz

La verdad es el error que escapa del engaño y se alcanza a partir de un malentendido

Jacques Lacan

Sigmund Freud, creador del psicoanálisis, nos relata la experiencia de una nieta, quien sintiéndose sola, con miedo de la obscuridad a la hora de dormir, le pide a su madre que la acompañe; la madre le dice que no puede prender la luz, pues entonces no podrá dormirse nunca, a lo que la pequeña le responde, que no es necesario, que basta con que ella hable, para que aparezca la luz.

La palabra y una escucha atenta, a pesar de las distancias -y gracias a la tecnología- siempre hacen aparecer la luz. No es solo quien habla, sino sobre todo cuando nuestra palabra es reconocida por el otro, por quien nos escucha, que nuestra palabra, por no decir ¡nuestra existencia misma!, es dotada de valor, de cuidado, de atención, permitiendo que la vida misma pueda tomar un sentido, una forma singular para cada uno. De ahí que, quien sabe permanecer para escuchar, calme las ansias, tragedias y desvelos de quien habla. Ya que la palabra no es solo un sonido saliendo por la boca, sino cuerpo, gesto, es decir, algo capaz de tocar el cuerpo -como un abrazo- un vehículo de infinidad de cosas. Esto podemos verlo de manera especial en una de las funciones fundamentales de los padres y maestros para con sus hijos y alumnos, como lo es escuchar, escucharlos siempre, permitiéndoles una doble cuestión: recibir un reconocimiento al tiempo que abrir la oportunidad para que su vida pueda tomar un sentido y significado singular.

Es una de las enseñanzas de estos tiempos de pandemia en que vivimos; tiempos de un necesario distanciamiento social, de enfermedad y, lamentablemente, también de muerte. De pérdidas a las que les faltó la cercanía y el acompañamiento de los seres queridos, la despedida celebrada en el tiempo extendido del funeral y el sepelio.

Quienes se han visto sorprendidos por la muerte de un ser querido han tenido que improvisar formas inéditas de vivir y celebrar su dolor. Por lo que, al sufrimiento de la partida, hay que añadirle el de la distancia, el silencio y la soledad. Pero también el de la invención de lo fundamental para cada uno. La pandemia ha realizado para muchos la tarea de la discriminación en sus vidas, estableciendo una nueva relación con el tiempo, el trabajo y el amor. El resultado ha sido un fresco despertar de nuevos horizontes más certeros, precisamente porque responden mejor a su singularidad, es decir a lo que desean emprender en la vida.

Quizás ahora, paradójicamente, al tener que inventar -como se pueda- formas alternativas de vida en todas sus dimensiones y actividades (educativas, laborales, esparcimiento, religiosas...) las personas estamos más conscientes, más despiertas -podríamos decir. Como si el Coronavirus, Sars-CoV-2, hubiera introducido – o más bien hecho recobrar eso que siempre está ahí- el tiempo presente, el instante constante y permanente, cortando de tajo el sueño ilusorio de un retorno al pasado y de un futuro utópico inexistente, en el que nos encontrábamos. Avivando no solo un nuevo entusiasmo sino una creatividad constante, debido a que el medio en el que nos encontramos es extremadamente variable. Quienes son cuadrados en sus formas de vivir, estudiar y trabajar, sufrirán aún más el impacto de lo flexible, por no decir caótico, de estos tiempos. La apuesta sigue abierta: asumir una posición flexible y creativa, permanentemente, aquello que bautizamos como la lógica del surfer (El Porvenir 14/04/2020)

Instagram: camilo_e_ramirez



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