Opinión Editorial
Regulación
Publicación:13-07-2026
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En 1950, cuando la palabra robot todavía pertenecía más al terreno de la ficción que al de la vida cotidiana.
En 1950, cuando la palabra robot todavía pertenecía más al terreno de la ficción que al de la vida cotidiana, Isaac Asimov publicó "Yo, robot", un volumen de cuentos y novelas cortas que dejó sembrado un tema que ya es ineludible en nuestros días.
Sus Tres Leyes de la Robótica no son tanto un manual de ingeniería, sino más bien un ejercicio de ética. Asimov comprendió que el verdadero desafío consiste en decidir bajo cuáles principios deberían actuar las máquinas inteligentes al interactuar con la humanidad.
Estas ideas nacieron como literatura de ciencia ficción, pero terminaron convirtiéndose en referencia obligada para cualquiera que reflexione ahora sobre la inteligencia artificial. Y si bien fue sorprendente imaginar máquinas que aprenden o toman decisiones, aún más lo es entender que toda tecnología poderosa necesita límites, responsabilidades y principios.
Regular significa reconocer que la inteligencia artificial ya está aquí y que debe servir al pueblo, no someterlo. Con frecuencia se presenta una falsa disyuntiva entre innovación y regulación, como si establecer reglas equivaliera a condenar el desarrollo tecnológico.
Las sociedades que han sabido aprovechar mejor las revoluciones tecnológicas son aquellas que construyeron instituciones capaces de ofrecer certeza, proteger derechos y generar confianza. La innovación florece cuando existe un piso jurídico claro, no cuando impera la incertidumbre.
En ese sentido, resulta pertinente la posición de la presidenta Claudia Sheinbaum. Su planteamiento parte de la idea de que México necesita discutir la inteligencia artificial con seriedad, convocando al Congreso, a las universidades, a especialistas y a la sociedad en su conjunto para construir un marco jurídico moderno.
Hoy el debate también alcanza a fenómenos como los videos falsos generados mediante inteligencia artificial, los fraudes digitales o la manipulación de contenidos políticos. La posibilidad de alterar imágenes, voces y hechos plantea desafíos inéditos para la democracia y para la confianza pública.
Regular la inteligencia artificial significa asumir una responsabilidad histórica para orientar el progreso y establecer garantías, y no para detenerlo ni para sembrar obstáculos.
La verdadera decisión consiste en determinar si permitiremos que la inteligencia artificial avance sin dirección o si tendremos la capacidad de dotarla de un horizonte ético, democrático y, sobre todo, profundamente humano.
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