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Opinión Editorial


Otro cuento de Navidad


Publicación:26-12-2022
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Ayer domingo celebramos la navidad en familia, tuvimos una oportunidad para aproximar nuestros afectos y vínculos.

Ayer domingo celebramos la navidad en familia, tuvimos una oportunidad para aproximar nuestros afectos y vínculos de manera más estrecha, en una convivencia que no se da todos los días, hay que admitirlo. Sabemos que la navidad es una conmemoración religiosa, ese es el motivo original de su realización, no se ha perdido, pero mucha gente celebra las fiestas decembrinas con un tono más secular centrados, en el mejor de los casos, en estrechar los lazos familiares, en otros, simplemente es un evento escapista para evadir la realidad y alterar el funcionamiento del organismo humano con el uso de sustancias psicoactivas.

Hoy en día hablar de la navidad parece de lo más común, me refiero en estas fechas, todo mundo sabe de qué se trata, especialmente los menores, entienden que se llevará a cabo una fiesta familiar por ese motivo. Esto ocurre en la mayoría de los hogares del mundo donde se practica el cristianismo, seguramente las minorías confesionales existentes en Monterrey y en nuestro país, tendrán otro calendario para celebrar sus propias fechas religiosas.

Cuando estaba en la prepa me tocó llevar una clase sobre literatura universal, realmente me gustaba mucho esa materia, así que leía con asiduidad los textos que el profesor Homero Garza nos indicaba como tarea. Una de esas lecturas fue el cuento o novela corta de Charles Dickens, el escritor inglés, que trata sobre un rico comerciante que reflexiona sobre su comportamiento avaro y decide, motivado por el espanto de interactuar con espíritus, que debe desechar su cuestionable conducta como agiotista y regenerarse moralmente, dejando a un lado la usura extrema.

Me pareció la obra de Dickens muy interesante, considerando que describía un mundo que yo desconocía totalmente. Fue la primera vez que escuché hablar sobre el tema y conocí los protocolos de convivencia que se establecen alrededor de esta fiesta religiosa familiar. No fue debido a que en casa mi familia perteneciera a una minoría religiosa, no, realmente mi mamá era muy católica, pero por las condiciones socioeconómicas que teníamos en la hermosa comunidad de San Agustín de Los Arroyos en Montemorelos, Nuevo León, no representaba esta fiesta ninguna actividad trascendente en cuanto a la manera en que pudieran impactar esas fechas en nuestra cotidianidad.

No había ni arbolito, trineo, Santa Claus, estrella de Belén, ni nacimiento, tampoco ningún otro decorado alusivo al evento, nada, absolutamente nada, lo que sí era significativo es que esa noche nos prepararía mi mamma unos ricos tamales, buñuelos y champurrado. No teníamos golosinas pero el zio Moyita se preocupaba por prepararnos unos deliciosos pedazos de panal de abeja comprimidos, que masticábamos como si fuera chicle. La cena tenía que realizarse a temprana hora porque en aquel tiempo no había electricidad. Mi mamá que era muy religiosa, sí quería inculcarnos más sobre la fiesta católica; para ello consiguió una figura bordada en tela con el dibujo de la Santa Virgen María, la colgó en la entrada de la casa mientras llevábamos a cabo la cena. Hacía mucho frío y llegó un viento arrachado, así que tuvimos que cerrar la puerta pero la imagen religiosa se la llevó una ráfaga que sopló intensamente de manera sorpresiva. Con un quinqué en la mano tratamos de encontrarla en la oscuridad y el frío, fue imposible, así que mi mamá muy triste dio por terminada la velada. Al día siguiente, se levantó a primera hora para buscarla y yo la acompañé junto con mis hermanas: Cristela, Laurentina y Armandina. Después de mucho buscarla me di por vencido, pero mi hermana Cristela (que en paz descanse) no se rindió y siguió buscándola, hasta que nos gritó allá a lo lejos: “¡Aquí está, ya la encontré, vengan a verla…!”. Nos acercamos y no podía creer lo que miraba. Cristela siguió indicado hacia lo alto, y expresó: “¡Está allá arriba del mezquite!...”. Era cierto, no sabemos cómo pero quedó encajada perfectamente entre las ramas. A partir de entonces mi mamá organizó junto con otras vecinas, un pequeño altar para rendir tributo a la Santísima Virgen del Monte Carmelo.

Terminé la preparatoria y luego inicié la Normal Superior en Monterrey, fueron estudios realmente fascinantes, además, conocí al amor de mi vida (hoy mi linda esposa por más de 50 años): María Luisa. Ella fue la que, siendo novios, me invitó a una cena familiar por motivo de la navidad, allí conocería a mis futuros suegros, cuñados y cuñadas. Fue mi primera fiesta de navidad tal como la conocemos hoy en día: piñata, dulces y naranjas saltando al momento de golpearla con el palo, luego la convivencia, la música de fondo, finalmente llegó un delicioso menudo, luego tamales, más tarde un pavo con greiby, espagueti, puré de papa, rebanadas de pan la baguette. Esa noche comí más de lo que había hecho en todas las navidades juntas de mi infancia y adolescencia.

A partir de entonces seguimos festejando la navidad cada 24 y 25 de diciembre, y la manera cómo hoy mis nitos y, en su momento mis figlios, celebran estas fechas rodeados de todos los símbolos navideños, así como de emocionantes regalos que ellos mismos han solicitado previamente en la cartita a Santa, es una experiencia muy diferente a la que me tocó vivir. Hay que agregar que esa creencia del Santa les duró poco, porque en su momento la nita Caro se acercó y me dijo al oído: “Nonno, yo sé que tú eres Santa y no mi papá, así que ¿te puedo pedir algo para navidad… un regalo?”. Asentí sonriente, no me quedaba de otra, luego me indicó: “Quiero una Cheyenne roja último modelo”. Me quedé mudo, ella trató de salvar un poco mi cara de susto y me aclaró: “¡No te preocupes, es una Hot Wheels!”. Luego me detalló que se trataba de un vehículo idéntico al real pero es una copia en miniatura, con esa explicación puede cenar tranquilo, lo que me estaba pidiendo era realmente un juguete y no la camioneta de adeveras.

Analizando un poco más el ciclo de vida y la manera en cómo hemos experimentado estas fechas, podría decir que éstas representan un reflejo de las etapas que vivimos; ya mencioné las enclenques navidades que celebrábamos cuando vivíamos en el rancho, ni siquiera sabíamos que esa cena especial era parte de la conmemoración; en la prepa escucho hablar del tema a través del cuento de Dickens; en mi juventud viví mi primera experiencia navideña al lado de mi familia política; casados seguimos conviviendo la noche buena y la navidad en casa de mis suegros; al fallecer éstos celebramos con diversos familiares que nos invitan a convivir con ellos; en la etapa madura se pierde este lazo debido a enfermedad o a que la familia ya creció y ahora se reorganiza de otra manera para esta celebración; en la etapa más reciente, que es la actual, recibimos a mis figlios y nitos en casa, ofrecemos una rica cena con pozole, pavo, cabrito, frijoles charros y tamales, donde finalmente llevamos a cabo la ceremonia de la apertura de los presentes. En esta ocasión me regalaron (entre otros enseres) una botella de Buchanan con 12 años de añejamiento, lástima que no tomo, pero tampoco quiero que vaya a caer en manos de mis figlios, porque no me gusta que ingieran alcohol. A ver qué hago con ella.




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