Opinión Columna


¿Orgulloso, de qué?


Publicación:22-01-2020
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Desde el punto de vista macroeconómico, la cruda realidad nos estremece toda vez que damos dos pasos hacia adelante y uno, o más, hacia atrás

 

El semestre pasado una alumna, Giselle, me preguntó por qué los chinos se habían reposicionado tan rápido en la esfera global creciendo 64 veces su economía desde 1978. ¿Qué tiene esa nación que logró lo que ninguna otra? ¿Qué los movió a trabajar con tanto ahínco, con la convicción de que eran un pueblo digno y merecedor de ser reconocidos, respetados y admirados internacionalmente? Obviamente no hay una respuesta única; se debe a un caleidoscopio de factores, entre ellos está una mezcla de vergüenza por las guerras del opio, orgullo de ser chinos y años de educación nacionalista. Ahora bien, ¿cómo no se van a sentir satisfechos e hinchados al comprender que sacaron en forma sostenible a más de 300 millones de ciudadanos de la pobreza; no en forma de dádivas temporales, sino en forma definitiva?

 El nacionalismo chino es patente en aquellos nacidos en Malasia, Indonesia o Filipinas que se casan solo con otros chinos aún después de ser quinta generación. Al migrar tienden a agruparse y formar colonias o comunas donde puedan mantener su cultura, valores, costumbres e idioma, llamadas coloquialmente “China Towns”. Al igual que los EE.UU., que Singapur e Israel, China es sin duda un pueblo con un diáfano y vigoroso sentido patriótico.

 Pero, ¿Qué es lo que hace a un pueblo sentirse orgulloso de su patria? Según una investigación de “YouGov-Cambridge Globalism Project” hay tres factores que se repiten como los punteros en el nivel de patriotismo de los países, no son los únicos ni los principales para todos, pero son los más recurrentes en la mayoría de las naciones. El primero es un sentido de pertenencia y la serie de principios que definen su identidad, su forma de vida y de pensar. En segundo lugar está la seguridad nacional ya que los ciudadanos sienten orgullo al saberse seguros y protegidos en y por su país. El tercero es la riqueza ya que esta se debiera traducir y reflejar, las más de las veces, en una mayor calidad de vida y bienestar.

 Aquellos que hayan tenido la oportunidad de que sus hijos estudien en EE.UU. habrán podido constatar el grado del nacionalismo norteamericano. Desde pequeños se les afirma que son la nación más poderosa del mundo, que su país está bajo la protección de los soldados y marinos más valientes, que tienen las mejores universidades entre las naciones y que el dólar es la moneda de cambio global. ¡Todo lo anterior es cierto, lo saben; Hollywood y CNN se encargan de refrendarlo! Según una encuesta de Forbes sobre la lista de países más patríoticos, el número 1 es los EE.UU. Igualmente, nuestro vecino del norte es el más admirado y a la vez el más odiado del planeta. Un economista chileno decía que si a un estadounidense le va mal haciendo negocios en otro país, se dice a si mismo: me fue mal, pero soy estadounidense. Si le va bien, se justifica pensando que la razón fue justamente por ser estadounidense.

 Otro pueblo sumamente patriótico es Singapur. Ese país pequeñito con apenas 5 millones de habitantes ostenta la mejor línea aerea del mundo, el mejor aeropuerto, el puerto de contenedores marítimos más eficiente y sus dos universidades, NTU y NUS, están en dentro de las primeras 15 del mundo. ¿Qué sentirán al saberse un referente mundial en estado de derecho, en transparencia gubernamental y en seguridad nacional, teniendo apenas 53 años como país soberano? El Ex secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger, alguna vez se refirió al fundador de Singapur, Lee Kwan Yew, como el hombre más inteligente que jamás haya conocido. Caray, pareciera que tienen motivos de sobra para fincar su orgullo nacional.

 Por otro lado pensemos en algunos países de América Latina donde las pobres o inexistentes condiciones de seguridad o riqueza, no solo han atomizado el sentimiento patriótico, sino que han obligado a sus moradores a dejar masivamente su tierra. Igualmente revisemos a México donde por años convivió en tiempo y espacio el hombre más rico del mundo y un pueblo pobre, sin movilidad, amenazado por la violencia y la inseguridad y bombardeado por políticas contrarias a sus valores fundamentales. No por nada comentó Eugenio Salvador Dalí: “De ninguna manera volveré a México. No soporto estar en un país más surrealista que mis pinturas”.

 A pesar de las claras áreas de oportunidad en el país, tenemos mucho de que sentirnos orgullosos. Cito, entre muchos, los encomiables empresarios regiomontanos precursores de beneficios sociales, las exportaciones de productos manufacturados que suman el 60% del total de América Latina y las culturas Olmeca, Maya y Azteca, entre otras, que han hecho aportes al conocimiento. Igualmente es ejemplar el valor de la familia patente en la Misa de 13:15 horas en la Parroquia de Fátima pletórica de fieles participando en familia, los frutos de las Obras de la Cruz y la congruencia del pueblo de México durante la Cristiada. Es digno de replicar las comidas dominicales en casa de los abuelos, el reunión semanal de la tía Tete Castillo con todos sus nietos y bisnietos, la caridad de los mexicanos mostrada en el Teletón y la solidaridad después de los temblores. Pero, ¿Qué nos falta para dar un salto cuántico como lo hicieron los países referidos? ¿Qué tendría que suceder en América Latina para tener el mismo sentido patriótico que distingue a China, Singapur o EE.UU.?

 Desde el punto de vista macroeconómico, la cruda realidad nos estremece toda vez que damos dos pasos hacia adelante y uno, o más, hacia atrás. Después de tantos años es un hecho que no hemos podido mover mucho la aguja del odómetro económico, no hemos logrado abatir la inseguridad y claramente no sería justo seguir alimentando la ilusión de un virtuoso caudillo redentor. Tendremos que hacerlo nosotros, el pueblo unido trabajando con dirección y sentido. Para ello, empero, será condición “sine qua non” que tengamos una razón suficientemente fuerte que nos mueva, que nos ayude a no claudicar y que nos enlace en una causa común. ¿Qué pasaría si fuesemos verdaderamente conscientes en todo momento y en todo lugar de la dignidad humana? ¿Qué haríamos distinto si entendiéramos que en esta vida temporal nada es casualidad y que estamos aquí y ahora cumpliendo una misión? ¿No deberíamos de tener un sentido de orgullo, un sublime propósito, un incansable impulso por ser y hacer y un enfoque empíreo? A pesar de todo, la vida no nunca está exenta de esperanza.



« Redacción »