Opinión Editorial
Ordenar la casa
Publicación:11-01-2022
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“Si quieres cambiar el mundo, primero limpia y ordena tu cuarto”
Recientemente, una de las “olas” de lo políticamente correcto del deber ser y la calidad de vida, plantean —una vez más— su mismo discurso con una variante, la cual dice, que, si alguien quiere cambiar el mundo, desarrollarse como un humano responsable, ser mejor persona… debe comenzar por limpiar y ordenar su cuarto. Que, en estos tiempos, si se quiere ser verdaderamente revolucionario, entonces se debe ser a todos los niveles: personal-humano, familiar, social, nutricional, ecológico, educativo, laboral…y por supuesto, siempre ordenado, asertivo y resiliente.
A primera vista parece una buena recomendación, algo que todos deberíamos de aceptar sin oponer la más mínima resistencia; una medida que seguramente será aplaudida tanto por padres de familia como por maestros responsables, que quieren lo mejor para sus hijos y sus alumnos. Hasta este punto, todo bien, todo claro.
Pero, detengámonos un momento a analizar la frase-mandato, para evidenciar lo que ella dice, más allá de la recomendación de limpiar y ordenar, que, por supuesto, a un cierto nivel, alguien podría pensar que no tiene nada de malo, sino todo lo contrario, la limpieza y el orden son prácticas de sociedades civilizadas, de sana-convivencia con los demás, y que hoy más que nunca, nos facilitan mucho la vida en el contexto de una pandemia global. Pero apuntemos a un más allá, es decir a la forma y, sobre todo, el momento en el que esta frase se dice, su contexto y su timing.
Por un lado, dicha frase-mandato: “Si quieres cambiar el mundo, primero limpia y ordena tu cuarto” plantea que, si alguien desea hacer algo sorprendente, de dimensiones imposibles, como cambiar el mundo, lo primero que debe hacer es renunciar a ese algo y hacer otra cosa menor, como lo es limpiar y ordenar su habitación. La cual sería, en cierta manera, una metáfora del mundo y la vida, de lo pequeño a lo grande, de lo poco a lo mucho. Un parafraseo de “El buen juez por su casa empieza”. Reduciendo la acción humana a un nivel de una mera progresión ordenada 1,2,3…La cual ubicaría todas las cosas a realizar en un horizonte secuencial, primero una cosa, luego otra, etc. Ante lo cual, alguien podría preguntar, ¿Y por qué debo de limpiar y ordenar mi cuarto antes de querer cambiar el mundo? ¿Quién dicta esto? Ya estaría la respuesta lista: “Porque es mejor, es más completo (integral, ecológico, mejor…), ya que la vida no se trata solo de ir haciendo cosas sin ton ni son, sino primero una y luego otra y así sucesivamente, que la sabiduría de la naturaleza funciona de esa manera, con un cierto ritmo, de lo poco a lo mucho, de manera progresiva, etc. etc. –se sostendría con vehemencia. Ignorando que los humanos no somos seres naturales, ni progresivos y acumulativos, sino disruptivos y discontinuos, de saltos, confrontaciones, encuentros y desencuentros, rupturas, movimientos intempestivos, de creación a partir de la destrucción, seres de sorpresa, de accidentes, de amor…
Otra de las cuestiones, de las trampas que podemos advertir en la frase-mandato: “Si quieres cambiar el mundo, primero limpia y ordena tu cuarto” es la de plantear una especie de garantía (y además sumamente aburrida) del hacer y del ser, de causa efecto: “Si haces esto, entonces podrás…y serás…” Pero, ese algo que se desea nunca llegará, pues siempre se aplaza, se posterga, porque siempre habrá un cuarto que limpiar y ordenar, gracias a lo cual, la persona no se está conduciendo a ningún lado, no está cambiando el mundo, ¡su mundo! porque, según el ejemplo, renunció a cambiar el mundo, porque antes de poder hacerlo, primero lo mandaron a limpiar y ordenar su cuarto y como esa es una labor sin fin, nunca concluye, nunca se realiza. Entre los efectos de ese mecanismo “bien intencionado” de búsqueda de equilibrio, podemos advertir gran parte de la depresión y ansiedad, del estrés y el burnout que millones de personas sufren en el mundo actual, con sus supercarreteras hacia la nada. Ya que esa frase o alguna de sus variantes, es dicha en el preciso momento del entusiasmo de quien desea hacer algo, recibiendo una terrible escucha que le dice: “Primero limpia y ordena tu cuarto” con lo cual busca aniquilar su entusiasmo, la fuerza de su deseo, buscar convertirlo en un aparato burocrático secuencial, una prisión del cumplimiento de pasos.
Una posible respuesta a esa frase-mandato, entre muchas otras que la creatividad nos dicte en esos momentos, bien podría decir: ¡Si tan ordenado y limpio lo quieres, entonces límpialo tú, yo iré a cambiar el mundo!
« Camilo E. Ramírez »




