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Opinión Editorial


Morir en Kiev


Publicación:07-03-2022
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La guerra entre Rusia y Ucrania no ha logrado ser interrumpida por las mesas de negociación.

La guerra entre Rusia y Ucrania no ha logrado ser interrumpida por las mesas de negociación que siguen vigentes entre ambos países. La violencia posee ese efecto in crescendo, siempre va de menos a más, y será difícil detener las hostilidades, esperemos que los esfuerzos diplomáticos logren algún resultado positivo. Mientras que ello ocurre, el ejército ucraniano ya fusiló a uno de sus interlocutores en esa mesa de negociación, a un empresario de nombre Denis Kireyev, que fue considerado como espía al servicio del gobierno ruso.

El gobierno mexicano dice identificarse con la invasión que sufren los ucranianos, considerando que nuestra nación fue invadida por los norteamericanos y los franceses durante el siglo XIX, aunque esta supuesta respuesta empática es a medias, considerando que el gobierno mexicano no ha suspendido ni la comunicación área ni tampoco los negocios que posee con la nación invasora. Es clara una actitud ambivalente del gobierno mexicano hacia el ruso. Condena la invasión, sin embargo, ésta no tiene repercusiones más allá de las palabras, los hechos demuestran una tolerancia hacia el agresor.

Una guerra de invasión conlleva una crisis humanitaria como la hemos observado, donde más de un millón y medio  de ucranianos han abandonado su tierra para refugiarse en algunos de los países vecinos. Sabemos que el gobierno ucraniano ha permitido este éxodo sólo para mujeres, niños y ancianos, pero no para varones cuya edad oscile entre los 18 hasta los 60 años. Esta decisión autoritaria ha generado escenas desgarradoras debido a que ha obligado a las familias a separarse. Los niños(as) lloran al saber que su papá y su hermano mayor tendrán que permanecer en el país y  unirse a las milicias de resistencia.

Son escenas muy dolorosas considerando que se trata de una separación forzada, donde las esposas y los hijos(as) intuyen que difícilmente volverán a ver al ser querido nuevamente, el duelo es inminente y emocionalmente perturbador, especialmente  para la psique de un pequeño(a) en desarrollo.

Mi vocación como maestro de historia me marcó ideológicamente de manera muy clara, siempre abrigué  hondamente, los sentimientos de nacionalismo revolucionario, la pasión por la lucha de independencia, así como el profundo sentimiento anti yankee y anti francés, por motivo de las invasiones que le costaron al país la mitad de su territorio.

A pesar de haber leído asiduamente a Descartes, en estos menesteres de la enseñanza de la historia, dejé a un lado el principio de la duda sistemática como método de indagación científica. Abracé la causa ideológica del México independiente, soberano y libre  y, todo lo demás no me importó mucho.

Cada 15 de septiembre, desde que tengo razón y memoria, he dado el grito  con gran pasión: “¡Mexicanos,  vivan los héroes  que nos dieron patria y libertad!  ¡Viva Hidalgo! ¡Viva Morelos! ¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez! ¡Viva Allende! ¡Viva Aldama! ¡Viva Guerrero! ¡Viva nuestra independencia! ¡Viva México…!”. Recuerdo que de niño cantar el himno nacional era un sentimiento tan grande que no cabía dentro de mi pequeña alma. Formar parte de la escolta escolar representaba un orgullo tan elevado que podía mirar al cielo de tú a tú.

La letra del himno mexicano era como un salmo providencial, un mantra que podría repetir una y otra vez, lo cantaba a todo pulmón, me inspiraba gran valor hacia la vida, a pesar de que mis circunstancias socio familiares eran económicamente muy adversas, realmente qué importaba eso sí poseía mis símbolos patrios, éstos me acompañaban de noche y de día, eran el equivalente al ángel de la guarda de los creyentes.

En la galería de los grandes héroes mexicanos, mi preferido siempre fue la figura de Benito Pablo Juárez García; no podía evitar identificarme con sus orígenes tan humildes, luego su firme decisión de ser alguien en la vida, el recurrir al estudio como método de crecimiento personal y social, trabajar incansablemente desde niño para lograr sobrevivir gracias al esfuerzo propio, su inteligencia me deslumbraba, su osadía por enfrentar el poder de la iglesia,  su valor para sostener la presidencia itinerante durante la invasión francesa, la traición de Santiago Vidaurri tampoco la pude perdonar (siempre consideré su fusilamiento como un acto de justicia), el amor de Juárez por su amada esposa representó un gran ideal de pareja para mí, la postura política anticlerical llenó de exaltación mi espíritu rebelde, la postura liberal y, sobre todo, la masónica significaron un profundo misterio que no pude descifrar y emular (mi ateísmo empedernido no lo permitió), y luego, para cerrar la pinza, el fusilamiento de Maximiliano,  una decisión firme, sin consideración de súplica alguna, solamente el sentido de justicia implacable hacia los enemigos.

Debo confesar que toda esta armadura ideológica se vio recientemente vulnerada en un diálogo con mi nieta Carolina, con motivo de las escenas ya comentadas de la separación de las familias obligadas por la decisión del gobierno ucraniano, de no permitir a los varones en edad de pelear, el poder abandonar su tierra.

“¡Yo no estoy de acuerdo que los obliguen a morir a la fuerza, a dejar sus familias si no quieren, los hombres ucranianos deben decidir si quieren permanecer en Ucrania o dejar el país para cuidar de sus familias…!”.

Como vio que mi rostro clamaba de asombro, seguramente percibió mi  profundo desacuerdo con ella, agregó: “¡Imagínate abuelito,  que obligaran a mi papá y a mi hermano Arturo, a quedarse, agarrar un rifle de asalto, para supuestamente matar soldados invasores, sería imposible, ni mi papá ni mi hermano saben manejar armas, serían carne de cañón, simplemente no sobrevivirían ni un día en el campo de batalla, para ser soldados se requiere vocación y entrenamiento, y ellos no poseen ni una cosa ni la otra…!”.

Tenía razón, ni cómo refutarle; y la nieta remató  mostrando una lógica de razonamiento impecable: “¡La patria es sólo un símbolo, una idea abstracta que representa un sentimiento común, eso es todo; recuerda lo que dice el juramento a la bandera de México: símbolo de la unidad de nuestros padres y nuestros hermanos; tú como filósofo sabes que el ser humano es un animal simbólico, pero nadie debe forzarte, ni un gobierno, ni un político, ni un estado, nadie debe obligarte a morir por un símbolo…!”.

Me quedé callado. 




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