Opinión Editorial
Justicia ciega
Publicación:11-05-2022
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Muchas personas, cientos de miles, ¡millones! a lo largo y ancho del mundo, creen que ciertas personas, más que otras, son las que deben de sufrir y morir
Muchas personas, cientos de miles, ¡millones! a lo largo y ancho del mundo, creen que ciertas personas, más que otras, son las que deben de sufrir y morir, sea por sus ideas políticas, sus creencias religiosas, orientación sexual, estatus socioeconómico, formas de hablar, de vestirse…Para dichas personas quienes merecen morir son quienes se salen de sus cánones de vida. Al ya no estar en el mundo, éste será mejor, un lugar más ordenado, agradable y limpio. En ese sentido, sostienen –lo sepan o no, lo reconozcan o no—una ideología eugenésica nazista.
En verdad poseen una estructura perversa en la base de su lógicas y prácticas: se identifican tanto con lo que creen más sublime (Dios, la naturaleza, el orden, la santidad, el poder de las armas y el dinero…) así como con lo obscuro, con lo más abyecto, lo aberrante (el placer extremo de sobajar al otro, destruir, cual diluvio, a los malos, del “mátalos en caliente” …) Son personas conservadoras, reaccionarias, moralistas, asociados a la religión predominante y de ideología política de derecha. Sostienen la postura de que ellos son los buenos, los únicos que deben y merecen vivir. Se autoproclaman dueños legítimos de todo, y el resto, simples intrusos, obstáculos en su camino hacia el éxito. No les gustan los derechos, ni las libertades, ni la democracia, las cuales son para ellos mera simulación, demagogia; les gusta lo jerárquico piramidal, el poder ejercido desde arriba, el sometimiento de todos, la corrupción, comprar consciencias y personas. A menudo esto les hace llevarse muy bien con ciertos sectores de las iglesias y poder político. Tienen la firme convicción de que son ellos la representación del orden, la paz y el progreso. Ya para demostrarlo son capaces de desestabilizar sociedades y países enteros, asesinar a diestra y siniestra, generar todo el caos posible que justifique entonces su posterior intervención “salvadora”, “no hay tiempo que perder, tenemos que tener control de todo y de todos, la seguridad no es cosa de juego” –declaran, para buscar que la gente los identifique como las curas extremas de todos los males, aquellos que traerán y restablecerán el orden (del caos que ellos mismos desencadenaron)
Si el crimen lo ejerce un ciudadano de clase media o baja, debe ser castigado, pues cómo es posible que semejante “monstruo” ande suelto, contaminando con sus creencias y mañas a la gente pura, santa y hermosa, ese debe de pagar con todo el peso de la ley. Pero si el crimen, en cambio, lo cometió uno de sus hermosos y tiernos vástagos, alguien de cuna noble, no puede, ¡no debe!, asumir su responsabilidad de los crímenes que cometió, ni mucho menos pisar la cárcel. Pues una cosa es que un ciudadano de menor nivel cometa un crimen, a que un hijo de flamante apellido cometa delitos y asuma las consecuencias. ¡Dios nos libre de semejante escándalo!, a ese debemos de justificarlo, defenderlo, exculparlo. Pues decir que él o ella son culpables, ellos que representan lo más sublime de la escala social, el éxito religioso, educativo y económico que sustentan, sería un fracaso. Ellos no pueden ser culpables, de serlo, se caería no solo imaginariamente sino materialmente el proyecto que sustentamos desde hace siglos, el apellido y el abolengo. ¡No, ellos no pueden ser culpables! Y en caso de serlo, tenemos que protegerlos, blindarnos, haciendo como que no sucedió. Haremos todo lo posible por lograrlo, por borrar la mancha, la falta, que no sea reconocida, que se borre, se olvide, se quite, hasta que se haga como que nunca existió. Para eso tenemos dinero y poder, si no cual sería el chiste ser dueños de todo y de todos, del tiempo y las vidas, además tenemos justificación porque lo que hicimos lo hicimos por amor, los otros, el mundo, los que no pertenecen al nuestro, nunca lo entenderán, esto lo hicimos por amor, si, por amor a nuestros hijos y a nuestra familia, por la sociedad, además la familia del señor que murió recibirá una buena compensación, ¿no es acaso eso un gesto de bondad, de bienaventuranzas, dar cobijo al pobre? Ellos recibirán una buena cantidad de dinero, dinero que nunca habrían tenido en sus vidas; a la larga, lo agradecerán, haber sido bendecidos, amados por la providencia. Y nuestro hermoso hijo/a podrá seguir adelante con sus sueños, con sus proyectos, ser feliz y libre, porque, ¿Qué no está dispuesto uno como padre a hacer por sus hijos?
« Camilo E. Ramírez »




