Opinión Editorial


Entornos infantiles


Publicación:22-04-2021
version androidversion iphone

++--

“La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices”

Todos tenemos recuerdos de nuestra niñez y quizá los más satisfactorios sean los que tienen que ver con el juego. Las generaciones de los años 50, 60 y 70 tenían sus momentos de diversión en el parque, en la casa o en el barrio, mezclados con un poco de televisión. 

En esa época, la temporada de vacaciones de verano, de casi tres meses, era sinónimo de recreo que en ocasiones coincidía con el álbum de animales, de futbol o de banderas, entre otros temas, cuyas estampas se compraban en la tienda del barrio y luego se intercambiaban con los amigos; era muy emocionante terminar el álbum.  También era la oportunidad de ver, sin mucha restricción de tiempo, los programas como Mr. Ed, Los Locos Adams, la Familia Monster, Dr. Ben Casey, Granjero último modelo, la Isla de Gilligan, precursores del concepto de las series de hoy.

Entre los juegos de calle, estaban las escondidas, los encantados, la roña, las estatuas de marfil, basta, el caracol, la bebeleche, el elástico; por supuesto se jugaba con la bicicleta, los patines, la patineta, hasta en la noche había diversión, no había temor por el peligro de las calles. También estaban los juegos de mesa como la lotería, el monopoly, los palillos chinos, o la matatena que era en el piso.

Eran temporadas en donde no había muchas restricciones higiénicas. Se jugaba con tierra, a las canicas o con lodo. Cuando llovía, se aprovechaba el agua en los charcos callejeros para brincar y mojarse. Ante la sed, la manguera pasaba de boca a boca entre los amigos. O los famosos yukis que eran sorbetes a base de hielo de barra, que por cierto se cubría con un costal para protegerlo del sol, y luego el señor que los vendía acomodaba con su mano el hielo para después poner el jugo dulce de tamarindo, fresa o uva.

Por el barrio, se podían conseguir, porque había mucha venta en carretón, paletas, chile en bolsa, pepino, jícama, cocos o elotes. O en la tiendita de la cuadra se podían comprar refrescos en bolsa de plástico, para no manejar botellas de vidrio, los cubitos de sabor del hielo del refrigerador y las bolitas de tamarindo expuestas al ambiente.

De pronto el entorno cambió. Aparecieron el Atary, el Nintendo 64, el game boy e iniciaron todas las derivaciones tecnológicas de juegos electrónicos. Además, la falta seguridad en las calles, el crecimiento urbano, la contaminación y la saturación de actividades extraacadémicas hicieron que los niños se metieran a las casas. Así mismo, aprendieron que no deben tomar agua de la llave, que hay vendedores de droga en las calles y que es muy peligroso salir sin un adulto.

De igual forma, la dinámica familiar cambió. Fue necesario que papá y mamá trabajaran y los niños tuvieron que ir a guarderías o estar al cuidado de los abuelos o quedarse más rato en las escuelas. El incremento de divorcios, la violencia intrafamiliar y la amplia variedad temática en los medios de comunicación ofrecieron aprendizajes no siempre positivos.

Ahora con la pandemia los niños han aprendido de las caretas, cubre bocas, del gel antibacterial, de toallas desinfectantes y del lavado de manos continuo. Desde luego, incorporaron información sobre el virus que los obligó a experiencias diferentes. Se acercaron más a la computadora.

La evolución es inevitable, nos lleva a mejores condiciones y posibilidades para una mejor calidad de vida. Sin embargo, cuando advertimos que no todos los niños tienen las mismas oportunidades y viven la desigualdad, así como situaciones adversas, el panorama cambia. Albert Einstein señaló: “La palabra progreso no tiene ningún sentido mientras haya niños infelices”.

Es muy triste cuando tenemos conocimiento de abandonos, violencia, embarazos adolescentes, violaciones, enfermedades, desnutrición y casos negligentes en la familia o sociedad que los dañan directamente. O condiciones de niños migrantes que viajan solos con la esperanza de alcanzar a su familia; o de trata, o de niños que trabajan. Estas situaciones deberían ser inadmisibles.

Porque los derechos de los niños no han cambiado: a la salud física y emocional; a la educación; a la familia; a la alimentación sana; al techo seguro; al juego. Los niños tienen derecho a un ambiente de paz, libre de violencia, de respeto, de amor.

En este mes de abril, felicidades a nuestros niños, sin duda, se merecen nuestra responsabilidad orientada a crear ambientes sostenibles que les garanticen un futuro de libertad y plenitud.

“A los niños, antes de enseñarles a leer, hay que ayudarles a aprender lo que es el amor y la verdad”, Mahatma Gandhi.

Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, leticiatrevino3@gmail.com



« Leticia Treviño »