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Opinión Editorial


Retroceder ante la verdad


Publicación:18-05-2022
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¿Cómo descubrió el padre del psicoanálisis que existe en los humanos una tendencia a la autodestrucción?

El paciente rechaza el tratamiento que solicita 

Jacques Alain-Miller

Tres son las verdades cruciales que el psicoanálisis nos ha dado; herida narcisista a la humanidad, decía Freud, equiparándola con las de Copérnico: “La tierra no es el centro del universo”, y Darwin: “no provenimos de un Dios, sino de un proceso evolutivo”—: 1) la vida mental no se reduce a la dimensión consciente de nuestra mente, sino existe un inconsciente que es eficaz en producir nuestros pensamientos, actitudes, afectos, sensaciones y conductas, que experimentamos conscientemente, son los “hilos” que mueven el supuesto libre albedrío del que los humanos tanto se jactan; 2) la sexualidad no inicia en la pubertad, sino posee dos momentos, uno primitivo, inicial, desde la infancia, que se encontrará con el segundo momento, el de la pubertad, su meta no es necesariamente la reproducción de la especie, sino el placer, y además la sexualidad es algo más amplio, escapa a la simple genitalidad. ; 3) existe en los humanos una tendencia a la destrucción que se repite y repite, y que, por paradójico e inverosímil que parezca, por momentos mezcla de dolor y placer, amenaza con autodestruirnos (pulsión de muerte, compulsión a la repetición, tánatos, goce).En pocas palabras, la gran mayoría de las personas no quieren realmente lo que desean. “¿Realmente quiere usted lo que desea?” (Jorge Forbes) Sino más bien, retroceden ante su deseo, les asusta lo que desean, no están dispuestos a pagar el precio de lo que ello implica, prefiriendo vivir en el autoengaño o cualesquier otra forma de enajenación que los distraiga de lo evidente de la verdad.  

¿Cómo descubrió el padre del psicoanálisis que existe en los humanos una tendencia a la autodestrucción? De las más diversas maneras, una de ellas fue el poder constatar, en la práctica clínica con sus pacientes, una contradicción, una paradoja, que, de igual forma, cada uno puede verificar en sus relaciones más inmediatas. En el caso de Freud, él veía que sus pacientes, si bien consultaban con él precisamente porque sufrían por problemas y situaciones que los aquejaban, no solo mental y existencialmente, sino en su salud física, no obstante todo ese padecer, por momentos rechazaban la curación, buscando activamente destruir el camino andado, como si ante determinado hecho o verdad, prefirieran cerrar los ojos, huir a una cierta cómoda mentira, que a la larga siempre termina siendo no solo más incomoda, que al final siempre termina siendo más terrible, pues la vida se va, se agota, se reduce a eso: en hacerse “de la vista gorda”, negar, rechazar el hallazgo, que precisamente podría descifrar no solo el sentido de tal o cual sufrimiento o síntoma, sino ofrecerles las claves de qué hacer ante tal o cual situación. Ante esa encrucijada, el paciente, por inaudito que parezca (¿cómo, las personas desean sufrir?) preferían no saber, callar, engañarse a sí mismas. Pues, “cada uno alcanza la verdad que es capaz de soportar” (Jacques Lacan)

Una vez que en el tratamiento psicoanalítico le indicamos al paciente que diga todo lo que le pase por la mente, por más ilógico o vergonzoso que le parezca, que no se censure, que no se filtre, y vemos aparecer una lógica más amplia, que era hasta ese momento inconsciente, que se comienza a desplegar y descifrar, apuntando hacia un mismo punto, punto nodal de implicación en la verdad para cada uno. En ese preciso momento, en esa encrucijada, al vernos implicados en aquello que sufrimos (¿cuál es su responsabilidad en eso que se queja? –Sigmund Freud) las personas tenemos dos caminos: asumir esa verdad incómoda, como parte constitutiva de uno mismo, reconquistándola. Es decir, reconocerla y hacer algo diferente con ella. O, retroceder ante la misma, rechazándola, negándola, haciendo como que nunca existió. Para ahora dedicarse a mentirse sistemáticamente con cualquiera cosa que distraiga del punto que, se sabe, es más verdadero que todas esas cosas que se colocan como verdades genéricas, y que las personas, familias, instituciones y empresas, tanto gustan de creer como referente de verdad.

La verdad siempre esa algo que excede, desborda lo que podamos pensar que es la verdad. “La verdad es el error que escapa del engaño y se alcanza a partir de un malentendido” (Jacques Lacan) en un punto incómodo, donde inclusive uno no se identifica y reconoce, justamente porque escapa a la comprensión, pero que —por alguna razón—es evidente.

Pensemos, para concluir, en situaciones tan cotidianas como lo son los problemas personales, de pareja, familia y trabajo. Todos estos, además de dolores de cabeza y algo más, nos presentan situaciones para pensar, interpretar, dialogar…pero también podemos considerarlos automáticamente aplicando simple y sencillamente el “juicio-previo” (prejuicio) de la idea o forma de pensar del pasado que llevamos “en el morral” o de la moda del momento, con lo cual juzgamos toda nuestra vida y sus situaciones. O, por el contrario, por alguna vez en la vida, pensar desde otro lugar, out of the box (¿o fuera del hoyo?) como dicen los anglosajones. Para con ello poder encontrar ese elemento verdadero, incómodo, que siempre excederá de lo que se sabe, pero, sobre todo, de lo que no se sabe. Y ante el cual, todos somos —lo sepamos o no— convidados a implicarnos en lo que no sabemos de nosotros mismos, de la vida y del otro, a fin de hacer una invención, crear una respuesta creativa que haga surgir un camino diferente a aquel prefabricado de la queja insistente, que termina siendo, precisamente, efecto de la repetición, tendencia a la autodestrucción. Del cual, al mismo tiempo que se declara querer salir, liberarse y curarse, por seguridad, se instala y reitera, con terribles consecuencias. Hasta que, como dice la escritura, quien tenga oídos para oír, que oiga. 



« Camilo E. Ramírez »