Opinión Editorial
Regreso a clases: la escuela “al diván”
Publicación:31-08-2022
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La escuela y quienes participamos de ella debemos estar atentos para no venir a menos a su vocación
Una hora de clases puede cambiar una vida
Massimo Recalcati
Comienza un nuevo ciclo escolar lleno de posibilidades. La escuela, para muchos, es un espacio agradable de aprendizaje, de encuentro con los maestros y amigos, con el conocimiento y el saber. Como dice Silvia Bleichmar, “la escuela es un lugar de recuperación de sueños”. Para otros, la escuela representa un doloroso suplicio del cual no pueden escapar, un trago amargo, una prisión de la que esperan, un día, salir bajo fianza. En ambos casos, cada uno –sabiéndolo o no– coloca algo de sí mismo para producir tal contexto.
La escuela, en todo caso, no es un lugar para la pasividad, sino para la actividad participante, la articulación de las diferencias; la provocación del saber, la transformación del vacío y sin sentido en deseo por el saber, para la invención responsable.
Las escuelas –los alumnos y maestros– se inscriben en el corazón mismo de la humanidad: el vacío de su esencia y la necesidad de construcción de sentidos; la búsqueda y el aprendizaje. Mientras haya escuela habrá humanidad, aprendizaje y, por supuesto, transformación, recuperación de sueños, creatividad e innovación, amplificación de los horizontes de vida. Lo que tiene lugar en la escuela, el aprendizaje, puede, bajo ciertas acciones, transformar verdaderamente a una persona y a su contexto circundante. ¿No es acaso el aprendizaje la vía que tenemos los humanos para la autotransformación, para convertirnos en lo que deseamos ser?
La escuela y quienes participamos de ella debemos estar atentos para no venir a menos a su vocación; ella también debe colocarse “en el diván” si desea analizar y reformular en serio su vocación en este siglo. Ya que desde hace algunas décadas la escuela ha quedado estructurada, vía la lógica industrial de ingeniería de procesos, en un engranaje de presentación y evaluación, una instancia certificada y certificadora, reduciendo en gran medida, cuando no desapareciendo, su sentido, su vocación de enseñanza. La hora de la clase ha desparecido para dar lugar al tiempo confeccionado en serie (calidad) de la sola presentación de un programa, entrega de tareas, evaluación y calificaciones. Gracias a lo cual, tanto directivos, como maestros y alumnos, quedan reducidos a un simple objeto y proceso –a clientes, diría el mercado; cansados, fastidiados, ansiando las vacaciones, los fines de semana y los asuetos.
La hora de la clase es sumamente importante. Y no se trata de una simpleza poética demagógica, sino de un momento en el cual las maestras y maestros, operan “su magia”: vaciando las certezas, provocando e inquietando el contexto, logrando transformar los textos, distantes y pesados, en verdaderos cuerpos de conocimiento a ser deseados por los estudiantes. Cabe señalar, que un elemento importantísimo en dicha experiencia es que los maestros se coloquen en la posición del primer estudiante, aquellos que, desearon aprender para enseñar. De lo contrario, no solo no podrán enseñar sino dejarán de aprender, dando una idea equivocada del aprendizaje y el conocimiento: que es letra muerta, conocimiento rígido que se aprende y aplica en serie. De ahí que exista mucha frustración, tanto de maestros como de estudiantes, justamente porque se ha reducido el aprendizaje y el saber a un proceso industrial empaquetado, como si al asistir a la escuela estuviéramos confeccionando un producto en una línea de producción de una fábrica, y no creando las condiciones operativas y sobre todo, subjetivas, para que la escuela sea un lugar de recuperación e invención de sueños.
« Camilo E. Ramírez »




