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Opinión Editorial


¿Por qué lo hizo?


Publicación:12-10-2022
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La herencia desgarradora —esa que nadie pidió ni desearía recibir nunca— que deja una persona que se quita la vida es la del silencio

Los expertos son esos que lo saben todo y nada más

André Bretón

¿Por qué lo hizo? ¿Por qué se mató? ¿Por qué se quitó la vida? ¿Por qué de esa manera? ¿Por qué precisamente ese día? ¿Por qué no nos dijo que sufría? ¿Qué pudimos haber hecho para haberlo evitado? ¿Qué podemos hacer a partir de ahora para que, en el futuro, en otras situaciones y con otras personas, esto no vuelva a suceder? Preguntas que resuenan una y otra vez en diferentes personas, contextos y búsqueda de colocación política, institucional presupuestal ante el suicidio

La herencia desgarradora —esa que nadie pidió ni desearía recibir nunca— que deja una persona que se quita la vida es la del silencio, una incógnita dura, terrible e irreversible, un silencio que nos regresa un vacío ante nuestra pregunta, por qué lo hizo. A los que sobrevivimos nos queda la posibilidad de reconstruir algo del sentido: encontrar un limitado por qué a partir de un cómo. Una difícil tarea, imposible, dolorosa. Por más psiquiatría y psicologías forenses desarrolladas por las mentes más brillantes y capaces, las formas de muerte que nos presenta cada suicidio nos dejan en lo imposible del sentido ante un vacío explicativo que conviene de entrada no llenar con suposiciones o análisis, que más que responder, son maneras de des angustiarnos. Conviene ante cada experiencia conservar el secreto, el silencio. 

Precisamente, así como el misterio de la vida es imposible de descifrar: nadie sabe hasta la fecha qué es vivir, de la misma forma nadie sabe qué es morir. Por más que se declare a los cuatro vientos la importancia de la prevención del suicidio, se desarrollen instrumentos y cuestionarios de detección de los diferentes grados y fases (ideación, ideación con planeación, ideación con planeación y ejecución fallida…) se formen especialistas, se proponga legislar sobre censurar imágenes y videos de suicidios (¡Esto último, un reverendo absurdo!) como si el problema fuera no hablar de ello, la vida digital en imágenes que compartimos.

¿Por qué alguien desearía morir? ¿Acaso alguien puede desear su muerte? Son cuestionamientos inauditos, traumáticos, escandalosos para ciertas conciencias. ¡Claro que lo son! Pero no es acaso el ser humano un lobo para el ser humano, capaz de lo peor y lo mejor, de reducir al otro, a los demás, a los semejantes, a simple cifra, objeto y mecanismo a explotar, a usufructuar de ellos. 

El escándalo del suicidio, de cada suicidio no solo es la manifestación de una verdad que radica en el corazón mismo de la humanidad, de lo que nos hace ser seres humanos y no simples animales, que como dijo Octavio Paz, somos aquellos que le dijimos no a la naturaleza: alguien puede desear morir. Y, justamente, por nuestra construcción histórica y cultural, no solo podemos decirle no a la naturaleza, sino, en un extremo, ir en contra de ella, atentar contra la misma. Como lo demostró Freud, los humanos, si bien podemos ser capaces de las acciones más bellas y altruistas, también somos seres de pulsión de muerte, de repetición, de destrucción, de renuncia a la estabilidad y necesidad, de exceso. ¿Es acaso tan difícil entender y aceptar que una persona desee poner fin a su vida sin tratarlo como un pobre atormentado humano al que hay que buscar convencerle de no matarse? 

Los prejuicios morales y religiosos, el que estos “metan su cuchara” en asuntos de leyes y educación ha llenado de lagunas y problemáticas la vida humana, el asunto de las diferentes formas y modalidades de muertes (suicidio a secas, suicidio asistido, eutanasia, ortotanasia…). Porque todos ellos parten de un prejuicio sostenido también por los sectores políticos, que reza: “nadie debe desear morir, porque nosotros estamos haciendo el mejor mundo posible, ¿cómo alguien va a desear morir durante nuestro gobierno, mandato y liderazgo empresarial o educativo? Por ello es necesario rápidamente ante suicidios en la ciudad, en la escuela o en las empresas, delimitar que eso sucede por un asunto psicológico y neurológico, nunca social, político, institucional, ni mucho menos económico. ¡No vaya usted a creer que esos factores importan! ¡No! Hay que volver a cargar los datos y pasarle factura a la persona que tuvo la osadía de matarse, declararlo enfermo, emproblemado psicológico y a nosotros, los expertos, en salvadores, celebrar congresos, mesas redondas de expertos de todos los campos, pensar y escribir interminables estrategias y buenas intenciones cargadas de moralidad de la más reaccionaria y conservadora, con sus estrategias de vigilancia y control, que ya las instancias y empresas de evaluación psicométrica, forense y proyectiva, harán su agosto, vendiendo sea un mecanismo, un software, una prueba, cursos de capacitación, cámaras de vigilancia y detección de mentiras, de marcadores somáticos y genéticos de predisposición para…¿evitar la muerte? al mismo tiempo que se evita y controla la vida. Algo ante lo que precisamente mucha gente verá como única escapatoria el matarse, por la persecución del deber ser. Con lo cual irónicamente al querer evitar se produce y desencadena eso que justamente se quería evitar.  



« Camilo E. Ramírez »