Opinión Editorial


Por el país de Adolfo Castañón


Publicación:17-11-2022
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Tal es el país de Adolfo Castañón: un vasto territorio de fronteras abiertas, con consciencia clara de su historia y búsqueda permanente de un presente luminoso

 (Segunda entrega a guisa de celebración por su 70 aniversario)

 

En la primera entrega de este ensayo dejamos al joven Adolfo Castañón ejerciendo labores de editor y corrector, en la sala de redacción  de la revista Plural, durante los años iniciales  de la década del setenta.  Esa atmósfera de papel y tinta  le permitió  asimilar, de primera mano, la obra del autor vivo más importante de esa época: Octavio Paz. “No estuve ni en la fundación de Plural ni en la de Vuelta, pero llevaba yo tatuados sus emblemas”, sostuvo tiempo después. Sin embargo, muy pronto  logró sacarse de encima la “angustia” de las influencias y encontró  rápidamente su propia voz. Abrió rutas personales dentro del campo literario y se adentró por esos senderos. “Alfonso Reyes vendría un poco más tarde”, añadiría al evocar los días decisivos para confirmar su trayecto personal, mezcla de ruptura y tradición; y a continuación describiría un encuentro fundamental para su escritura: “Todo eso eran, sin embargo, preludios, actos propiciatorios, premoniciones que —ahora me doy cuenta— me iban preparando para el encuentro con Montaigne. Ese encuentro lo puedo situar hacia 1978”. En un viaje a Guadalajara leyó el ensayo de “De los comercios”, del gran escritor francés.  Fue su camino a Damasco, su revelación ensayística: “Sentí que se me caía una venda de los ojos, como si me hubiesen operado de cataratas, y que de pronto podía ver cara a cara a un hombre nacido y muerto muchísimos años antes que yo, y que ese hombre era más que mi amigo, estaba en mí. Estaba en mí, y —lo pensaría años después— alguien parecido a ese maestro interior del que habla San Agustín”. Largas jornadas de lectura cercana dieron como resultado Por el país de Montaigne (1995), libro entrañable y referencia obligada para todos los que amamos al ensayo. Y, como buena parte de su obra, es un texto que continúa escribiéndose, como sucede con Alfonso Reyes, caballero de la voz errante (1988), del cual hablaré a continuación.

            Adolfo Castañón ha sabido dotar a su escritura de una sustancia dual: la revelación y el ensanche. Cada uno de sus libros posee consciencia propia: sabe de sus orígenes y de sus ramificaciones. Al hablar de la escritura de Reyes, sostuvo algo que aplica perfectamente a su propia labor ensayística: “Cada objeto literario es único no porque tenga rasgos y entusiasmos peculiares, sino porque, enfrentado a la tradición, la hace resonar de manera distinta”.  Alfonso Reyes, caballero de la voz errante es el testimonio de un diálogo vivo entre el autor y el escritor regiomontano, que hace del legado alfonsino una guía o una manera de vivir la literatura o de darle vida a la literatura (y no sólo un tesoro de erudición). De muchas maneras, Adolfo Castañón ha sido ese lector ideal que Reyes buscó desde su regreso definitivo a México en 1939. Digo lo anterior porque su legado, ahora incuestionable, es visible para nosotros gracias, entre otros factores, al rescate que ha hecho este lector atento de su escritura desde los años ochenta. “No deja de ser un misterio que, a lo largo de varios lustros, Alfonso Reyes se haya convertido en una idea fija para el autor de este volumen que, en un plano oblicuo, podría ser leído como una suerte de espejo crítico de su autor”, dice de sí mismo al abrir las primeras páginas del libro de marras.

            Esa búsqueda incesante del diálogo ensayístico, lo ha llevado a abrirle la puerta a autores de otras latitudes (pienso en particular en George Steiner), incorporándolos (sea a través de sus traducciones o ediciones) a nuestro ámbito cultural. Lector generoso que comparte sus hallazgos y descubrimientos con otros lectores. No de otra cosa está formado el ensayista.

            Tal es el país de Adolfo Castañón: un vasto territorio de fronteras abiertas, con consciencia clara de su historia y búsqueda permanente de un presente más luminoso. Paisaje de lecturas y de diálogos. Queda hecha la invitación a recorrerlo y a trazar caminos propios de lectura.  



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Víctor Barrera Enderle

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