Opinión Editorial


La palabra quebrada


Publicación:30-11-2022
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La escritura fragmentaria de Martín Cerda nos sigue revelando las posibilidades del discurso ensayístico

Hace unas semanas participé en un seminario virtual sobre el ensayo hispanoamericano organizado por la Universidad Católica de Valparaíso. La invitación nos ofrecía, al mismo tiempo, la posibilidad de reflexionar en torno al estado actual del ensayo, y sobre la obra y el legado del escritor chileno Martín Cerda (Antofagasta, 1930-Santiago de Chile, 1991). Ambas acciones parecerían ir en trayectorias diferentes (una hacia el presente y el futuro; y la otra, hacia el pasado), pero no fue así. La escritura fragmentaria de Cerda nos sigue revelando las posibilidades del discurso ensayístico. La relectura se convirtió  en una manera de observar nuestro entorno inmediato.  Autor de culto, Cerda publicó en vida sólo un par de libros; uno de ellos, La palabra quebrada: ensayo sobre el ensayo (1982), se convirtió durante mucho tiempo en el santo grial de los ensayistas (recuerdo, como una aventura de juventud, las infatigables búsquedas de ese pequeño volumen, editado en las prensas universitarias de Valparaíso, en las librerías de viejo de Santiago, durante los últimos días del siglo pasado). Su lectura nos revelaba una tradición subterránea: la de la escritura fragmentaria, y no hablo de obras inacabadas, sino de una forma particular. Desde el mismo prólogo nos anunciaba que “escribir sobre el ensayo exige siempre escribir ensayísticamente, es decir, de manera fragmentada, discontinua y exploratoria”.

            El fragmento sería la fisura que separa al ensayista de la sociedad, y al mismo tiempo la vía para reintegrarlo a ella. Cerda veía en ese modo de escritura una infracción a los lenguajes que aspiraban a la totalidad, fueran éstos de la filosofía, la política o la historia.  Al entender al fragmento (y por ende al ensayo) como forma, Martín Cerda, siguiendo a Georg Lukács, afirmaba que ahí residía el “destino” de las grandes obras, pues en ella se estructuraba la materia prima del arte. La diferencia residiría en que el ensayo no trabaja con materias primas sino con otras formas (los libros leídos, las pinturas contempladas, las películas vistas, etc.)  y que de ellas obtendría su forma propia, demostrando con ello que el valor último de las grandes creaciones humanas no es temático, sino formal. No puedo evitar imaginar a Martín Cerda trabajando sus manuscritos en los oscuros días de la dictadura pinochetista: ante la escritura impuesta por el orden oficial, la oposición de la palabra quebrada del ensayo.   

            En el seminario tratamos de poner algunas cartas sobre la mesa: ¿qué significa ahora hablar sobre el ensayo hispanoamericano?  Aventuro una posible respuesta: mentar relaciones entre lecturas, prácticas de escritura y maneras de socialización de la cultura y la literatura. El ensayo, como modo narrativo, ha transitado de lo individual a lo colectivo, y de lo social a lo biográfico; esto es, de la proyección de lo nacional a la exploración de la subjetividad: de la oración cívica a la palabra quebrada. Sin embargo, es difícil arriesgar un diagnóstico que pretenda algún grado de objetividad. Me atrevería a afirmar que uno de los riesgos que advierto en la práctica ensayística contemporánea es la peligrosa y corta distancia que media entre la exploración formal y la exhibición publicitaria, es decir, en el paso de la escritura fragmentaria al discurso intrascendente. El peligro está ahí; sin embargo, el ensayo siempre se mueve en territorio arenoso, es parte de su combustión interna.

            A guisa de cierre, ofrezco una breve nota de la historia y geografía secretas del ensayo en nuestros pagos, y que hará también las veces de noticia editorial.  En 1908, se publicó en Monterrey la primera edición mexicana de Ariel, de José Enrique Rodó (ensayo fundacional para la nueva generación de intelectuales latinoamericanos); y hoy, en 2022, se publica en León, Guanajuato (por el sello E1 Editores y a cargo del chileno Gonzalo Geraldo y del mexicano Pedro Mena Bermúdez), la primera edición mexicana de La palabra quebrada. Confiamos en que tendrá una trascendencia parecida.

           



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Víctor Barrera Enderle

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