Opinión Editorial
La cancha como oportunidad de desarrollo
Publicación:22-07-2026
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La FIFA integra a 211 asociaciones nacionales, una cifra superior a los 193 Estados miembros de la ONU.
Terminó el Mundial de Fútbol y, pasada la euforia del evento, queda una oportunidad para reflexionar sobre lo que este fenómeno representa más allá de la cancha. El fútbol no sólo entretiene, es un espacio de encuentro entre culturas, una industria global, una fuente de empleo para millones de personas y una plataforma para el desarrollo humano. Ha demostrado ser un lenguaje universal que facilita el diálogo entre sociedades e incluso entre gobiernos.
Pocos fenómenos sociales poseen una capacidad de convocatoria comparable. La expresión "el mundo unido por un balón" no es una simple metáfora. La FIFA integra a 211 asociaciones nacionales, una cifra superior a los 193 Estados miembros de la Organización de las Naciones Unidas.
Su arraigo comienza en la infancia. En la gran mayoría de las escuelas, forma parte esencial de las actividades de educación física. Para millones de niñas y niños, los primeros aprendizajes sobre trabajo en equipo, reglas, disciplina, liderazgo o manejo de la frustración ocurre alrededor de una pelota. No se busca formar deportistas, sino de cultivar hábitos de convivencia.
Fuera de las aulas, el llamado fútbol llanero o de barrio constituye otra de las grandes escuelas sociales. Canchas improvisadas en comunidades rurales, parques y espacios públicos reúnen diariamente a personas de distintas edades y condiciones. Allí no existen contratos millonarios ni estadios monumentales, pero sí se aprende a competir, negociar, colaborar, respetar acuerdos y construir comunidad. El fútbol llanero representa quizá el mayor sistema informal de formación deportiva y social de América Latina.
Su impacto trasciende la recreación. De acuerdo con censos globales del deporte, más de 260 millones de personas lo practican de manera organizada, y la cifra supera los 300 millones al considerar entrenadores, árbitros, personal técnico y voluntarios. Detrás del futbolista existe una compleja cadena de valor integrada por médicos, fisioterapeutas, psicólogos, nutriólogos, analistas de datos, abogados, ingenieros y comunicadores.
La dimensión económica resulta igualmente reveladora. Lo que alguna vez fue considerado únicamente un deporte es hoy una industria donde convergen entretenimiento, turismo, innovación tecnológica, derechos audiovisuales e inteligencia artificial. No obstante, el protagonista de este ecosistema no ejerce una profesión en sentido formal o académico en países como México. No existe una licenciatura obligatoria para jugar ni una cédula profesional que habilite su ejercicio. Sin embargo, el deportista moderno necesita comprender estrategias complejas, analizar datos biométricos, trabajar en equipos multidisciplinarios, comunicarse en entornos internacionales y tomar decisiones bajo una enorme presión. Son las mismas competencias que hoy se desarrollan en las universidades y demandan las organizaciones más innovadoras.
Otro cambio profundo es la creciente participación de las mujeres. Cada vez más mujeres practican el deporte, aumentan las ligas profesionales femeniles y crece la presencia de entrenadoras, árbitras y directivas. La inclusión no sólo amplía el universo de participantes, sino que enriquece la calidad del deporte y fortalece la igualdad de oportunidades.
Como toda actividad de alta exigencia, el fútbol también enfrenta desafíos críticos. Las carreras son breves, las lesiones pueden interrumpir años de preparación y persisten retos asociados a la salud mental, la educación financiera y la transición hacia el retiro. Formar mejores deportistas implica necesariamente formar mejores personas, capaces de construir un proyecto de vida más allá de la competencia.
Quizá ese sea el aprendizaje más importante que deja cada ciclo mundialista. El fútbol no debe entenderse únicamente como un espectáculo de noventa minutos, sino como un fenómeno educativo, económico, cultural y tecnológico que refleja las transformaciones del siglo XXI. Allí donde algunos sólo ven un deporte, otros encuentran un espacio para innovar, emprender, investigar y educar.
Convendría que las universidades, los diseñadores de políticas públicas y las propias organizaciones deportivas dejaran de mirar al fútbol únicamente como entretenimiento. Su enorme capacidad de convocatoria ofrece una oportunidad extraordinaria para promover salud, inclusión, movilidad social y cultura de paz. La pasión compartida por un balón es una herramienta que, gestionada con visión sostenible, puede contribuir activamente a construir una sociedad más preparada, equitativa y humana.
Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, [email protected]
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