Opinión Editorial
El enigma de Palacio
Publicación:17-06-2026
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Sus declaraciones suelen ser firmes, especialmente al defender la soberanía nacional, aunque casi siempre lo hace dentro de una narrativa calculada
En ocasiones proyecta cinismo. Su cercanía con el pueblo parece más estrategia que preocupación genuina; como si la lealtad al movimiento de la 4T pusiera las ideas por encima de las personas. Si no fuera así, ¿cómo explicar la prisa por desmantelar contrapesos democráticos como el INAI o el Poder Judicial, diseñados para proteger al ciudadano? Esta priorización de la ideología sobre los derechos tiene otra cara en la defensa sistemática de figuras de la llamada Cuarta Transformación bajo sospechas graves de corrupción. Para ella, el blindaje de su grupo político parece importar más que la exigencia ciudadana de rendición de cuentas y justicia, valores que ella misma dice priorizar.
En otros momentos la veo decidida y prudente. Sus declaraciones suelen ser firmes, especialmente al defender la soberanía nacional, aunque casi siempre lo hace dentro de una narrativa calculada para fortalecerse ante sus simpatizantes sin detonar crisis diplomáticas. Su capacidad de negociación y autocontrol ha sido reconocida incluso por Donald Trump. Esa misma prudencia motivó la cancelación de su visita a Zacatecas el pasado 14 de junio ante las movilizaciones docentes, un repliegue estratégico para evitar costos políticos y confrontación abierta.
También me resulta una persona misteriosa, que gusta generar incertidumbre. Cuando alega falta de información o exige pruebas formales antes de opinar sobre un escándalo, no convence. Un jefe de Estado debe respetar el debido proceso, pero es difícil creer que la Presidencia carezca de datos sobre asuntos que dominan la agenda pública. Surge la duda de si estamos ante una defensa de la ley o ante una forma conveniente de evadir posturas incómodas. Parte del misterio viene de su propia biografía, una científica formada en la UNAM y Berkeley, pero política forjada en el activismo y la lealtad exagerada hacia AMLO. Opera con datos, pero gobierna con símbolos.
Este doble juego se vuelve contradicción cuando se trata de gobernar para todos. Con el conflicto magisterial, mientras el comercio reporta pérdidas y millones de alumnos se quedan sin clases por los bloqueos, el gobierno se muestra extraordinariamente tolerante con los grupos de presión. ¿Dónde termina la empatía social y dónde comienza la obligación de gobernar para todos?
Además, suele mostrarse despectiva frente a la crítica. A quienes exponen problemas reales los etiqueta como adversarios o enemigos del país. En una democracia, señalar errores forma parte de la salud cívica. Gobernar implica escuchar lo incómodo, no descalificar al emisor.
En contraste, Sheinbaum demuestra que entiende de política. Al negarse a devolver a las cúpulas sindicales el control de las plazas docentes muestra que comprende los incentivos perversos que dañaron al sistema educativo. En esos momentos parece una estratega capaz de distinguir entre lo deseable y lo posible.
Sin embargo, ese cálculo fino desaparece en el terreno de la seguridad. Deja la duda de si realmente comprende la profundidad de la crisis del crimen organizado, si considera que reconocerla plenamente tendría un alto costo político para su movimiento, o si prefiere evadir la sospecha latente de un narco-Estado. El discurso oficial insiste en que la estrategia está dando resultados, pero para millones de mexicanos la violencia es una experiencia cotidiana. La narrativa habla de pacificación y la calle habla de cobro de piso. La distancia entre ambas genera un escepticismo inevitable.
Tampoco se perfila como una líder especialmente sensible. Las madres buscadoras continúan reclamando atención y respuestas. Cada vez que sus demandas quedan relegadas por otras prioridades, se refuerza la percepción de un gobierno distante ante la tragedia. Quizá la presidenta sí sea sensible, pero su dificultad para transmitirlo la hace parecer fría o indiferente o bien, sea selectiva con las causas a apoyar.
Tal vez la verdad sea que habita todos esos matices. Es ideológica y pragmática, calculadora y prudente, firme ante ciertos intereses y complaciente ante otros. No puede descartarse que su identidad política siga condicionada por el movimiento que la ungió y que cualquier intento por imprimir un sello propio a su gobierno pueda ser visto como una traición a quienes la llevaron al poder.
Si todas esas facetas la definen, la pregunta de fondo es cuál prevalecerá para construir un verdadero proyecto de nación que beneficie a todos. La realidad mexicana, compleja y profundamente polarizada, demanda una visión capaz de trascender cualquier proyecto ideológico.
Leticia Treviño es académica con especialidad en educación, comunicación y temas sociales, [email protected]
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