Opinión Editorial
Infancia y adolescencia robadas
Publicación:26-10-2022
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En ese mundo adulto, reducido a fuerza de trabajo y consumo, ser útil es lo único. Por ello es necesario una educación basada en competencias
Es en el juego y sólo en el juego que el niño o el adulto como individuos son capaces de ser creativos y de usar el total de su personalidad, y sólo al ser creativo el individuo se descubre a sí mismo
Donald Winnicott
Dice el comediante norteamericano Lewis Black, que cualquier momento es terrible para ser niño… ¡Simple y sencillamente porque los adultos nunca saben qué hacer!
Por su parte, Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, solía contestar, cuando le preguntaban algunas madres respecto a cómo debían educar a sus hijos para que estos crecieran saludables, “haga lo que sea, siempre estará mal”. Respuesta que muchos no dudarían de considerar en estos tiempos, como grosera y falta de ética. Similar a aquella que daba cuando era interpelado sobre el amor. “Pregúntenles a los poetas” —decía. Lo que Freud pretendía destacar con esas respuestas era precisamente el carácter de imposibilidad estructural de obtener una respuesta total sobre los asuntos humanos. Pues él bien sabía que son actividades de lo imposible (la educación y las relaciones amorosas, como el gobernar y el analizar) es decir, que nunca se consigue un resultado pleno y definitivo, todas las opciones son parciales (castradas) y requieren respuestas creativas y responsables. Ya que el contexto de las vidas humanas es dinámico y diverso.
“Las personas no se pueden estudiar como si fueran fenómenos de las ciencias naturales, como si fuera el ciclo de la lluvia" (Massimo Recalcati). Creyendo que “Si ponemos x, entonces obtendremos y”. Lo real, ese vacío, esa discontinuidad sorpresiva, siempre retorna al mismo lugar (Lacan). Por lo tanto, en la educación, en la crianza… ¡en la vida en general! se trata de actividades que invitan a la exploración, al juego y a la invención responsable.
La infancia y la adolescencia han sido robadas. Ya no existen los niños y los adolescentes. Los adultos los han transformado en adultos precoces que, a tan temprana edad, ya están hartos de la vida, perdidos en un mundo que no entienden, ni al que desean muchas veces pertenecer. Algunos padres y maestros han creído que les han hecho un bien a niños y adolescentes al acelerar el proceso de carga de estudio y de trabajo, con el objetivo de forjarles el carácter, de convertirlos en máquinas eficientes. Dicha sobrecarga de estudios y pendientes tienen que ver más con el narcisismo exacerbado de los padres que es muy bien capitalizado y sostenido por escuelas y colegios, que, con suscitar el evento singular del deseo en cada persona, una vocación que transforme recree y haga transcender a la persona.
En ese mundo adulto, reducido a fuerza de trabajo y consumo, ser útil es lo único. Por ello es necesario una educación basada en competencias. “Decirle a un niño que va a la escuela para un día ganarse la vida es hablarle a un esclavo…la escuela es un lugar de recuperación de sueños” (Silvia Bleichmar)
Los adultos han conseguido, lo sepan o no, que esos niños y adolescentes pierdan más tempranamente el interés en el mundo, se cansen de correr hacia objetivos que no son los propios y, finalmente, un día se desconecten de las maneras más lentas o tajantes, saltando al vacío desde el vacío en el que ya vivían. Además de iniciarse en los síntomas de los adultos (migraña, colitis, gastritis, insomnio, obesidad, estrés, burnout, consumo excesivo de comida, sustancias legales e ilegales…) para después cargarles otros talleres de relajación, mindfulness, meditación y resiliencia. Porque hay que psico-patologizar los problemas, declarar que todo está en la mente, esa mente absurda que se cree oculta en el cerebro, que no parte y se moldea en las condiciones sociales, familiares, políticas e institucionales que organizan y deciden nuestras condiciones de vida. ¡Esas nunca tienen nada que ver!
¿Qué podemos hacer ante tal contexto? “Haga lo que sea, siempre estará mal” nos resuena la voz de Freud. Claro, sería así, si lo que quisiéramos es “contrarrestar”, “arrancar de raíz”, “quitar” ese algo “malo” que previamente conceptualizamos como el elemento a extirpar. Si nos condujéramos de esa manera lo primero que encontraríamos sería una resistencia, una fuerza que se dirige a lo opuesto que deseamos hacer, ese algo que impide la disciplina y la corrección total. Ya que lo que resiste, lo que permanece y sobrevive a cualquier sueño totalitario, a cualquier intento sugestivo, es el deseo, el deseo singular que habita en cada uno de nosotros, y que nada tiene que ver con lo que nos desean imponer. Deseo que debemos provocar y avivar, enseñar a responder ante su vocación. ¿Qué hacer? Definitivamente no el delirio de la utilidad, la eficiencia y el consumo, del convertirse en la mejor versión de sí mismos, ni mucho menos buscar vivir atrapados en los sueños de los demás, en el consumo genérico que nos ofrece el mercado. Discurso que muchas veces no sólo apoyan algunas psicologías, sino que lo promueven. ¡Claro que no! Pero si podemos plantear la necesaria recuperación de la singularidad de la infancia y la adolescencia, del espacio de cada uno, de buscar SER, VIVIR antes que quedar reducidos a ser un objeto de utilidad, del consumo de otros, de eficiencia académica y laboral.
Para ello podemos plantear algunos cambios estructurales y de lógicas en casa y en la escuela: disminuir la carga de trabajo y el estudio y aumentar el juego y el ocio, la creación responsable; juegos tanto físicos como virtuales, bailar, caminar, jugar con el cuerpo en grupos de amigos y familia, destacar la convivencia, el contacto, el grupo, la familia, la colonia, la ciudad… Enseñar sobre programación y administración, también sobre artes y expresión oral, no tanto para cumplir un programa, sino para encontrar y construir un medio singular que pretenda no tanto acumular conocimiento, sino saber operar en una realidad determinada, dando espacio para la libertad y la decisión responsable, más que aumentando de la simple y hueca burocracia del control y la vigilancia, que sueña con cambiar y estandarizar todo para que justamente nada cambie.
« Camilo E. Ramírez »




