Opinión Editorial


El poder de la decisión


Publicación:26-05-2021
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El poder de la decisión es uno de los poderes más grandes que posee el ser humano

"Harto espacio vacío, hambriento de ser ocupado por mis decisiones" 

Sandra Soria Cortés

El poder de la decisión es uno de los poderes más grandes que posee el ser humano; expresa nuestra independencia de la programación biológica que caracteriza al resto de los animales, por el simple hecho de pertenecer a una especie determinada; así como la capacidad para el aprendizaje, el cambio y la innovación. 

Pérdida y ganancia confluyen en una decisión: pérdida de la inercia de la trayectoria que se tenía y ganancia de un nuevo sentido (camino y significado) por recorrer. Por ello toda decisión rompe el sueño (¿O pesadilla?) del destino que se creía estar cumpliendo y del cual se tenía la sensación de no poder escapar. Para abrirse paso un tiempo nuevo y fresco, tiempo que no está aún completo, ni tampoco funciona como referencia única a un pasado que se emplea para dar forma al presente y al futuro, sino más bien que introduce una ruptura, una discontinuidad y, por lo tanto, una diferencia en un continuo de extrañamiento-exploración-invención. 

La decisión siempre implica, por un lado, la puesta en acto de un deseo de realización, un salto y una invención, por el otro, una exploración de algo vacío y obscuro, justamente por ser desconocido, pero que, no obstante, se pone en movimiento sin tener aún todas las garantías. Es un vacío que, paradójicamente, llena y satisface, precisamente porque es vehículo de realización de un deseo, de un sueño in crescendo. En ese sentido, toda decisión porta consigo un riesgo y una exploración; todo deseo mueve a la invención. No podría ser de otra forma: no se puede ganar realmente sin contemplar la posibilidad de la pérdida, de la caída, el riesgo y su pasaje. 

Hay vidas que se enferman, lamentan y sufren a perpetuidad, por un sistemático y permanente rechazo a ejercer el poder de decisión. Viven en la renuncia a tomar decisiones en primera persona, delegándolas en alguien más, quién finalmente será el responsable de lo que suceda, alguien a quien culpar. Si lo pensamos detenidamente, no han dejado de decidir del todo, puesto que en algún punto de su vida tuvieron que haber decidido que alguien más tomara las decisiones que les tocaban, esconderse detrás de la expectativa que ese alguien tiene para ellos. Pero al renunciar a ejercer ese poder dignificante del ser humano (ser responsable ante sí mismo/a) también renunciaron a vivir una felicidad singular, intercambiaron su camino por el sentido que alguien más les señaló. Pero ¿Cómo es que alguien renunciaría a ese poder de decisión, delegándolo en alguien más, exponiéndose a que dichas decisiones no sean siempre de su agrado? ¿Por qué alguien prefiere esconderse en las decisiones de otro, inactivando las propias?

Si el poder de decisión es inherente al ser humano, por más que algunos renuncien a ejercerlo, no lo conseguirán del todo. Solo es importante tener en cuenta algunos de los efectos: renunciar a tomar decisiones equivale a renunciar a una parte fundamental del ser humano y de la propia vida. Podríamos decir que al no ejercerlo, se estaría involucionando a un grado anterior, ser como el resto de los animales, que viven sometidos (no por decisión propia, sino por su constitución biológica) al imperativo del ritmo que su organismo les marque;  representando quizás un “consuelo” menor: que alguien más decida por ellos, vivir en la ilusión de no dudar, de que alguien más asuma el riesgo y responsabilidad del error y la falla, pero también de la conquista y realización, con la contraparte de que, al hacer eso, se estaría perdiendo parte fundamental de la felicidad y libertad, por miedo a ejercer el poder de la decisión. Ya que, el deseo siempre es una invitación a la invención y amplificación, algo que se ejerce siempre de manera singular y responsable. Así como nadie puede ir al dentista por nosotros, nadie puede desear y decidir en nuestro lugar. 



« Camilo E. Ramírez »