Opinión Editorial


El peso de decidir


Publicación:05-05-2021
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Toda decisión siempre implica un riesgo y una apuesta

Toda decisión siempre implica un riesgo y una apuesta. Riesgo, porque ninguna decisión está garantizada al 100%, siempre algo se escapa del control previsto. "Este desinfectante mata el 99.9% de los gérmenes" —se anuncia. Mientras una gran mayoría le tranquiliza  ese porcentaje, algunos temen a los decimales que se escapan al control de tan poderoso producto, otros advierten los "agujeros" e incompletud de ambas posturas, sabiendo que siempre habrá algo imposible de controlar y saber; y no tienen ningun problema en explorar sus opciones y decisiones, sabiendo que en cualquier momento las pueden revirar, reformular y descartar. Y una decisión siempre implica una apuesta, porque sea cual sea, decidir algo marca un deseo por el porvenir, una forma de responder, afirmar algo que se quiere. En ese sentido, una decisión guarda siempre una relación con algo deseado, una puesta en movimiento, en acto de entusiasmo. 

¿Desde dónde se decide lo que se decide? ¿Qué se espera produzcan las decisiones? Cada quien destaca o da importancia a alguna cosa. Esa "alguna cosa" es lo que está en juego en una decisión, en una expectativa. Quienes asumen el riesgo que ello implica, no tendrán ningún problema en reconocer las sorpresas y eventualidades de sus decisiones, respondiendo con creatividad ante las contingencias y sorpresas; los más reticientes, se lamentarán del por qué no decidieron alguno de los otros caminos, creyendo que con ello todo habría sido mejor, son los que pasan de apostar todo al rojo creyendo certeramente que es el ganador, para perderlo todo y acto seguido lamentarse diciendo, "o no, era el negro, si yo sabía que era ese, por qué no lo decidí". A menudo son quienes no quieren perder nunca. Son personas que no solo se ilusionan facilmente con las decisiones que están por tomar, sino que esperan que ellas, por si mismas, les garanticen al 100% los resultados. De no ser así, vivirán reclamando eternamente, son incrédulos-crédulos, desean un "amo" que no solo les diga que todo estará bien, sino que se los firme ante notario publico, convertirlos en su deudor eterno: alguien que tendrá la culpa si algo salió mal, pues han decidio delegar el peso del riesgo de sus decisiones en esa persona, hacen todo por no tomar ninguna decisión en su vida al tiempo que se quejan de que alguien más los controla. 

Cada campaña política, cada relación amorosa o de trabajo, puede estar marcada por esa tendencia a delegar en otro "eso" que no se quiere reconocer ni asumir responsablemente, decidir que mejor sea el otro, y no yo, quien haga las cosas que —he aquí el problema—son fundamentales singularmente. Podríamos decir, de manera radical, que al no decidir decidir o al decidir que alguien más decida, se está renunciando a ejercer la responsabilidad más dignificante del ser humano, sea por miedo, cobardía o desconocimiento: responder por la  propia vida. Ello no dejará de producir efectos terribles, uno de ellos, sentir que no se vive la propia vida, sino la vida y proyectos de alguien más, vivir bajo las expectativas de alguien más. Precisamente porque se cree que es más facil hacer esto, para evitar el peso de la decisión, para delegar en alguien más las consecuencias y el riesgo. Para quienes viven así, es más facil someterse, sacrificarse a las decisiones de otros, que asumir el riesgo y apuestas de las propias decisiones; mejor evitar el riesgo de la libertad, delegando en alguien más las propias decisiones que tomar "al toro por los cuernos" de la propia vida, como coloquialmente se dice. 

No es que esté mal o bien hacer o vivir de tal o cual forma, cada quien es libre de tomar sus decisiones, no se trata aquí de hacer apología de una moralidad o calidad de vida genérica de "todos tienen que vivir de tal o cual forma". Pero, si es importante estar advertidos que al renunciar a tomar las propias decisiones, a pesar de ser una forma de defensa ante el riesgo de decidir en primera persona, creer que el "amo" dará todas las garantías, siempre habrá un efecto de cobardía e infelicidad ante sí mismo/a, justamente porque nunca existirá una traducción exacta de mi felicidad en el lugar del otro, ya que la felicidad es algo a ser inventado y conquistado uno a uno, singularmente. 



« Camilo E. Ramírez »