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Opinión Editorial


El mundo que viene


Publicación:30-03-2022
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El mundo que viene es hoy, aquí, ahora

El mundo que viene es hoy, aquí, ahora. El futuro es el presente y no allá lejano en el pasado, donde algunos creen que todo fue mejor. Ni tampoco adelante, en otro lugar, remoto, distante, en un porvenir utópico que nunca llegará. 

“Los neuróticos sufren de reminiscencias” decía Sigmund Freud, para señalar una constante de cierto sufrimiento humano generado tanto por una dificultad de procesar una experiencia terrible y traumática que hubiera sucedido en el pasado, como de una curiosa y paradójica tendencia de ciertas personas de desear mantenerse pegados a dicha experiencia a manera de protección contra la vida, contra su presente y futuro. 

¿Volveremos a estar como antes? ¿Regresaremos a la normalidad? ¿Por qué no podemos estar como al principio, cuando los dos éramos…? Preguntas que se hacen incluso en tono de reclamo, a través de las cuales los humanos buscamos recuperar lo que hemos vivido y perdido. Lo que ya fue, lo que ya pasó, conservar, mantener y, muchas veces, ¡aprisionar! lo bueno que se tuvo, sin darnos cuenta de que al hacer esto, precipitamos su fin, aceleramos su pérdida. Muchas parejas y relaciones se terminan precisamente al buscar controlar al otro como medio de garantizarse… ¿la permanencia del amor? ¿de la relación? Vigilando, criticando, anclándose en una rutina, anulando las decisiones, la espontaneidad, la libertad, el respeto… elementos necesarios para el deseo y el amor.  

Ante un incierto presente, y la angustia que genera, solemos tomar posturas reaccionarias (acción para atrás) sea regresando al pasado, buscando vigilar y controlar para no perder, en última instancia para creer que con eso no se sufrirá. Así como buscar “saltarnos” lo incómodo del presente, huyendo a la ilusión de un futuro que nunca llegará, porque precisamente las decisiones que se toman en el presente no nos aproximan hacia esa dirección, manteniéndose así el futuro como algo permanentemente insatisfecho. Con estas dos respuestas ante el presente: el regreso al pasado “mejor” y la fuga hacia el futuro, se pierde la vitalidad del instante presente, su oportunidad de convertirse en un sinfín de cosas.

Existen muchas posturas ante la vida, dos de las más comunes y generalizadas actualmente: los haters, odiar a todo y a todos, creer que al degradar a los demás, al ver la vida como pura mierda, asumiendo una especie de postura nihilista o budista extrema, se protegerán del amor, el deseo, la alegría y la frustración. Todos conocemos a alguien que al ir al cine lo único que dice es “¡Esa película es malísima!” y luego vemos que lo generaliza a todos los ámbitos de su vida. Otra es la de creer que la vida consiste simplemente en gozar ilimitadamente, hacer lo que se desee sin respeto a los demás, sin responsabilidades de ningún tipo, creer que la libertad es hacer algo sin ningún límite. Una postura declaradamente perversa, del narcinismo (narcicismo + cinismo) como le ha bautizado la psicoanalista francesa Colette Soler. Que en verdad termina por reiterar el mismo vacío e insatisfacción.  Estas dos posturas, como la de la nostalgia y la utopía, son intentos de protección ante la angustia, podríamos decir que son hasta reacciones fóbicas de escudo ante el hecho de tener que decidir, de tomar opciones, perderse, fallar, experimentar, pero igualmente, conseguir, ganar, lograr…por el compromiso que implican. De ahí que siempre los acompañe una postura de “la culpa siempre es del otro”.

¿Cómo intentar salir de ese pantano? ¿Cómo pasar del sufrimiento a la creatividad, de la nostalgia y utopía a la invención? Definitivamente tendríamos que decir que ello no implicaría sostener una postura ingenua sobre sí mismo, la vida y los demás, de “un día estaremos mejor”, porque cuando menos nos demos cuenta, ya estamos de nuevo en la misma fuga a la utopía o en la nostalgia, sino más bien, crear a partir de la herida, la falla, crear en esa coyuntura, en esa distancia entre la expectativa y la realidad, a partir de sus vestigios, huellas y ruinas, como el necesario pasaje y transformación de la herida en poseía, en donde ni una u otra es menos sublima que la otra, sino necesarias, contingentes, sorpresivas y expansivas. Con la diferencia de que la segunda, la poesía, es una actitud, una postura de amplificación de los horizontes y posibilidades de vida, de que la vida no sea, ni continue siendo lo que fue o nunca llegue a ser lo que promete, ya que “La mejor forma de predecir el futuro es inventarlo” (Jorge Forbes) 



« Camilo E. Ramírez »