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Opinión Editorial


Autopista sin sentido fijo


Publicación:10-08-2022
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Los días en los que una obra literaria podía levantar debates e inflamar polémicas han quedado atrás

Los días en los que una obra literaria podía levantar debates e inflamar polémicas han quedado atrás; no estoy negando   que, por aquí o por allá, estalle con frecuencia algún escándalo mediático, pero éste suele tener más relación con asuntos personales o morales, que con la obra en sí.  Cualquier ruido ahora es mera publicidad individual. Los suplementos y revistas han dado paso a las carteleras digitales y a las estrategias de promoción. ¿Acaso ya no hay espacio para manifestar en los medios un disgusto; para dar cuenta del malestar provocado por un texto malo? ¿O todas las obras que se comentan son piezas de arte, dignas del más alto encomio? Lo dudo mucho.

            Hay quien sostiene que estamos en una época “postliteraria”, donde las aspiraciones autonómicas (tales como la profesionalización de la escritura, la supremacía de la figura de autor, la clasificación  según géneros, y la crítica especializada) han cedido ante un “vaciamiento” y una reconfiguración total. Lo fundamental es visibilizarse y, de preferencia, hacerlo con estruendo. Pero  esto no es nuevo, ya en 1928, Walter Benjamin lo había advertido en su libro Calle de sentido único: “La escritura, que había encontrado asilo en el libro impreso, donde llevaba una existencia autónoma, se ve implacablemente arrastrada a la calle por los anuncios publicitarios y sometida a las brutales heteronomías del caos económico”. El escritor berlinés hablaba en el momento de despegue de las tecnologías de la comunicación:  la esperanza en las posibilidades creativas era más grande (como grandes eran también los resquemores). Había que lanzar a la cultura y a la literatura a la calle, a esos bulevares que, desde el siglo XIX, habían cambiado la subjetividad de los seres urbanos. Dejarse llevar por las multitudes y encandilarse con las luces de neón. No había tiempo para pensar en la resaca.

            El mundo moderno, explicaba, Benjamin, empujaba a la escritura a la verticalidad; el posmoderno, la arroja sin tregua a la virtualidad. Y la tensión que reinaba entonces, se ha convertido en triste apología de los soportes y en la vana ilusión de creer habitar un universo deconstruido. En pocas palabras, hemos dejado de cuestionar la mediación (quién publica una obra, y desde dónde: cómo llega a nosotros, cuál es su formato). Lo cierto es que lo único que parece haber cambiado es la estrategia, pero, en el fondo, todo permanece igual.  “El crítico es un estratega en la contienda literaria”, sostenía Benjamin y con ello destacaba su papel en el campo literario (rol no exento de peligros, por cierto, como el de terminar pontificando e imponiendo su propio gusto). Pero cuando se trata de promoción, la crítica no hace mucha falta (o más bien ninguna, al contrario: estorba).

            La industria editorial y los agentes literarios promueven sus productos y, dentro de su presupuesto, se estipula el pago a uno que otro comentador de medios (no podríamos llamarlo crítico). Eso no es secreto. Tampoco lo es el papel que juegan las emociones y las conductas de los autores y las creadoras a la hora de juzgar el valor de sus obras. No defiendo ningún tipo de purismo ni estoy evocando ninguna época de oro, sólo describo las estrategias actuales de legitimación literaria. Cada época ha tenido su propio repertorio de maniobras para confeccionar un canon y volverlo representativo. Es preciso destacar, sin embargo, que no se trata de un “proceso natural ni unívoco”, y eso nos da a los lectores el derecho a disentir.

            Ya no transitamos por una calle de sentido único (con rumbo a la modernidad), como lo hacía Walter Benjamin en la segunda década del siglo XX, viajamos como bólidos por una autopista sin sentido fijo, con múltiples nudos, salidas y entradas. Apearnos para leer y criticar lo leído no sólo constituye un derecho, sino una forma de disentimiento


« Víctor Barrera Enderle »