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Los juegos del destino

Los juegos del destino


Publicación:21-08-2021
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Hoy, no volverán los años idos. La esperanza serán los retos futuros. Y, ella quiso caer más seguido, porque: ¡levantarse es maravilloso!

Lo que no volverá

Olga de León G.

      

      Elisa, por fin, dejó de pensar. Demasiados años había estado sumergida en ese letargo del “qué hacer y qué no hacer”, para nunca decidirse por nada. Hoy tomó una decisión: -no miraré hacia atrás; ni pensaré en qué es lo mejor para él, para ellos, para los demás; ni siquiera, en si lo haré para mi mayor provecho o en mi peor perjuicio. Simplemente lo haré porque quiero hacerlo, cuando quiera y donde yo lo decida…

      Se dejó caer sobre el sillón, lo reclinó y cerró sus ojos: no pensaría, nada tenía ya en qué pensar; solo descansaría la mirada del contorno habitual: lo había visto demasiado, lo conocía - ¡por desgracia! - casi de memoria.

      La última ola o vertiente de la Pandemia del siglo veintiuno, estaba entrando en América. Cuatro años habían pasado del primer contagio por Covid-19, y este virus, con sus nuevas degeneraciones, transformaciones y variantes, estaba en todo su apogeo en pleno 2023. 

Mucha gente cambió realmente sus estilos de vida… ¡para bien de ellos, y de todos! Y, no obstante, nada era fácil ni cómodo. Guardaban resabios del pasado desaprovechado. Y la inseguridad sobre el futuro inmediato, no dejaba de inquietarlos y provocarles dudas y enojos: ¿con quién? ¡Con el mundo!, con todos, con las autoridades, contra ellos mismos y sus vecinos o amigos menos cuidadosos y más displicentes. 

La vida se fue diluyendo entre días cortos y noches largas: Entre silencios, soledades y alejamientos físicos que secaban los cuerpos y volvían fantasmas a los espíritus. Amigos, conocidos y familia se fueron achicando, se hicieron menos. 

      Suerte, ¡mucha suerte!, tuvieron los sobrevivientes, aunque su tarea ahora era inmensa y complicada: no caerse, no dejarse morir de tristeza. Y, si más no podían y caían devastados, debían levantarse lo más rápido que pudieran. Los retos se volvieron el antídoto de los tiempos lúgubres del mundo en ese siglo veintiuno, hacia su segunda década.

…Y, Elisa, ella enfrascada en su propia lucha, en su personal rescate de la identidad, que bien sabía la había tenido muy clara hasta sus veinte y tantos años; pero, la fue perdiendo dentro del matrimonio, tres años después de la muerte de su padre, el pilar de la familia y el único que la habría salvado de quedar reducida a nada, por más de cuarenta y tantos años.

Se levantó del sillón reclinable, de un tirón rápido, a los quince minutos, y fue a buscar su diario, su pluma y a acomodarse frente a su pequeño escritorio, donde tenía el ordenador de palabras y la impresora. Buscó entre los apuntes viejos del diario alguna idea, más bien, algún disparador de la idea que ya traía fraguada en su memoria.

Comenzó a golpear suavemente el teclado, con ritmo, con sonoro silencio sacado de la mente y del corazón. Así estuvo por más de una hora. Luego, de pronto se detuvo… recordó una frase y un poema que quiso retomar ese día: “Señora melancolía”.  …y la definió cual retrato de su imagen y su interior: 

      “Mujer vestida de plata, / con los ojos grises, / y el cabello blanco. // Salió de la nada… / de una baba leve. // Encerrada en su ostra volvió al océano. Y, navegando entre olas, un día retornó del fondo del mar a la playa”. 

      Venía más nostálgica: ¡El mundo no la defraudaría! Ahora, tenía los ojos oliva y la mirada, menos triste; los brazos, llenos, pero el corazón, un tanto quebrado. Lleva un camafeo pegado a su pecho, en donde celosa guarda olvidados recuerdos.

      Siempre van unidos: corazón y camafeo; siempre como hermanos: son el hilo plata con que teje y desteje: sus amores, la vida y el alma. De esa mujer triste con cara de niña lejana, cuerpo cansado y doliente suspiro, extraigo cada noche mis mejores palabras para escribir un cuento, una fantasía, un poema o un lírico relato de cualquier recuerdo.

      …Y, Elisa puso el punto final, se levantó, abrió la puerta de su casa y se fue para siempre; hasta otro sueño, u otra aventura qué hilvanar.

      La pandemia… Esa, sigue… Ella ni la enfrenta ni la contradice. antes bien, le agradece sus enseñanzas y que le permita seguir soñando con que un día se liberará del todo, para ir, ahora sí, tras su destino, tras la soledad añorada. Y, el tiempo en abundancia, para seguir escribiendo. Lo que volvió a soñar desde aquel día, cuando se levantó de su sillón, hace cuatro años. 

      Hoy, no volverán los años idos. La esperanza serán los retos futuros. Y, ella quiso caer más seguido, porque: ¡levantarse es maravilloso!

      …Aunque solo sea del sillón reclinable, para ir al ordenador e inventar un cuento u otra fantasía: ¡lo que no volverá!, si se queda dormida.

El hombre roto

Carlos A. Ponzio de León

      Los muebles del cuarto estaban en sus sitios, con pulcritud de emperador romano. Una puerta se abrió desde otro cuarto. Dos pasos adelante y Ramiro entró al salón, Cerró el acceso detrás de sí, mientras escuchaba el girar de las bisagras; luego, el golpe de la madera y casi simultáneamente, el del resbalón de la cerradura. De frente toparía con la cama para masajes. Dio dos pasos a la derecha, donde percibió con mayor claridad un olor femenino: no precisamente floral. Un olor a medias de seda que acarician el rostro de una mujer delgada. Reconoció el perfume. “Buenos días”. Los presentes saludaron. Escuchó sus acentos extranjeros. Extendió el brazo. Primero recibió una mano pequeña, acolchonada y masculina, con callos en las yemas de los dedos. La otra mano, la de ella: helada y de dedos largos.

      En juventud, Ramiro había jugado fútbol. Pero hacía veinte años que no veía un partido, ni sabía nada de Francesco Tomasi. Su esposa le habló de él, solo un poco, tampoco estaba muy informada. Ella se limitaba a ayudar para tener perfectamente arreglado el salón quiropráctico.

      Ramiro no es capaz de reconocer, en la calle, a las personas que ha atendido, a menos de que los escuche hablar. Es ciego. Pero no siempre lo fue. A los diecinueve años conducía de Cuernavaca a la Ciudad de México, (luego atravesaría la capital para dirigirse a Ecatepec); pero llegando a la última caseta, en una curva, se desbarrancó. Los golpes le causaron hemorragias retinianas y vítreas que lo dejaron ciego. El dolor se le esparcía por el cuerpo como sarampión invadiendo la piel de un infante. La ambulancia tardó tres horas en llegar; pero un par de jóvenes viajeros se detuvo. Uno era rehabilitador físico y ayudó cuando el dolor comenzó a inmovilizarle el cuerpo.

      Ramiro abandonó la carrera de medicina. El tiempo en casa, sin tener en qué ocuparse, le quemaba el alma desde un inicio. Decidió estudiar en una escuela para ciegos y se convirtió en quiropráctico. Hay pacientes que aseguran que: el haber estudiado el cuerpo humano cuando tenía vista, lo convirtió en el mejor terapeuta del país. Su fama comenzó a cruzar fronteras. Recibía a deportistas de toda Latinoamérica. Lo insólito sucedió cuando Francesco Tomasi, el futbolista que había sustituido a Lionel Messi en el club de fútbol Barcelona, lo buscó a través de su agente luego de una lesión. La fama de Ramiro ya corría por todo el mundo. El italiano hizo reservación para pasar dos semanas en la Ciudad de México. Desde su hotel en Polanco, cada mañana era trasladado en auto de lujo a casa de Ramiro, en Ecatepec. 

      El deportista tenía dinero para pagar el viaje y la estancia del mexicano en España, pero le gustó la idea de venir a probar la terapia antes de hacer un compromiso de largo plazo. El club lo contrataría, llevándolo a Barcelona con todo y mujer, si su futbolista estrella quedaba satisfecho. Así se lo había comunicado por teléfono la mujer que olía a Chanel No. 5 en el salón quiropráctico de Ramiro. 

      Luego de saludarlos, Ramiro le pidió al italiano que se desnudara totalmente y se sentara mirando una fotografía en blanco y negro que colgaba de la pared: “El banco roto”, de 1962, de André Kertész. Ramiro se dirigió del otro lado de la cama, frente a la espalda del futbolista. Tentó en el aire y preguntó: “¿Aquí?”, al tocar suavemente la espina dorsal, a la altura del cuello. El cliente tembló involuntariamente. “Dolió mucho”. Ramiro le pidió que realizara movimientos de lado a lado con la cabeza, mientras seguía explorando. Finalmente, examinó las piernas. Al terminar, le explicó cómo recostarse.

      El dolor leve del futbolista fue aumentando, primero lentamente, luego de manera acelerada, hasta que la rigidez muscular comenzó a inmovilizarlo. No sabía si reclamar con un grito al hombre que lo estaba atendiendo, o si aquello era normal. De pronto… el crujido de un hueso en la nuca… Los músculos se relajaron. El peso del avión que Francesco sentía venía cargando desde su llegada, despareció.

      Al día siguiente, al despertar, el futbolista realizó una llamada a Barcelona: “A este hombre, definitivamente lo necesitamos por allá".



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