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La Santísima Trinidad

La Santísima Trinidad


Publicación:29-05-2021
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Ahí está, finalmente, La Santísima Trinidad. Pero no hay en ella Dios, ni Espíritu Santo

Dios no está

Carlos A. Ponzio de León

      Ordenó un té árabe, humeante, cortado con leche, a temperatura ambiente. Luego fue a sentarse para sacar precipitadamente una pluma y su libreta de tapa azul, forrada de lona, con hojas de doble pliego. Deseaba escribir rápido, antes de que lo olvidara, sobre su experiencia de la noche anterior, pintando en lo solitario hasta las seis de la mañana, su propia versión de La Santísima Trinidad, inspirado por un fresco del italiano Masaccio. 

      Había colocado su papel marquilla, de 59 x 42 centímetros, sobre el papel Kraft que protegía la barra de su cocina. Sacó las pinturas y comenzó, de alguna manera inició con el Cristo crucificado. Trazos de sombras con carboncillo simple. Él, el mismo. Otro autorretrato escondido. Su primer entendimiento: La pintura, más que una reflexión sobre Dios y la trinidad, sería un retrato de una sagrada familia, la que forman los fantasmas que habitan adentro de él.

      Concluyó rápidamente al crucificado. Bajo él, del lado izquierdo, debía aparecer la Virgen. Pero la mujer en el cuadro, más bien, de trazos veloces, parecía representar a María Magdalena de brazos abiertos, gritándole a Jesús: “Yo moriré por ti”. Hembra de cabellos largos que entrega sus entrañas, que se arrodilla de pie, de frente al colgado, ensangrentado. La Magdalena de faldas largas que promete una nueva castidad y lealtad a la nueva luz, junto a los muros robustecidos por el vuelo de un pájaro con plumas de color naranja.

      Del otro lado, del derecho, debía aparecer José. Pero trazó con ansiedad la silueta de lo que podía parecer un pino de boliche: pero era más que eso: una virgen zapoteca, un san Juan escondido bajo una colcha dura y seca, una madre que se aleja, un padre que le da la espalda al hijo. El miedo del artista, la conciencia, la convicción de que no debe iniciarse una obra si no va a quedar perfecta. La excusa para beber alcohol para ahuyentar su propia crítica, la tela que espera para esconder su vacío. La voz que le dice: “No pintes, no será una pieza maestra”. Una canción ya muerta, porque él, sobrio como el muro que sostiene los azulejos en el techo, ha concluido la obra. Pero ahí sigue el fantasma que le lee, una y otra vez, las mismas palabras: “Has concluido otra creación mediocre”.

      ¿Cuál es su relación con la pintura? Es la mujer que le soporta todo: su agresividad, su alcoholismo, su dolor perdido, su abandono durante largos períodos de tiempo, su infidelidad con otras artes. La mujer que cierra los ojos ante todos sus pecados. La que le escucha decirle con desprecio: Un día valdrás millones de dólares, de euros, de yenes, de libras, de monedas que lo pueden todo. Y tú estarás a sus servicios, tan simple y débil. Podría hacerte trizas en segundos, con unos cuantos ademanes de mis manos.

      ¿Qué siente la pintura? Se acongoja, se angustia. Ella no pidió ser creada: no merece sentirse, a cada momento, amenazada.

      Ahí está, finalmente, La Santísima Trinidad. Pero no hay en ella Dios, ni Espíritu Santo. Solo la familia de fantasmas que habitan dentro de él, que le impiden valorarse sin dinero. Él, vencido ante su miedo, ante su crítica comercial, ensangrentado por su poco valor, cuelga del papel, sin clavos. Es una sombra amarrada a la superficie. Pero, a final de cuentas, lo que sufre es una herida contenida, limitada por medio metro de papel marquilla, un dolor que será admirado tras un cristal.

      Se cuenta historias. Construye modelos económicos. Mundos ficticios habitados por dos seres que pueden ser dibujados en una pizarra negra de un salón de clases. Aparecen el rico fantoche admirador de medianidades, y el pobre cultivado en los jardines del paraíso. ¿Cuánto vale el cuadro? ¿Quién posee el dinero? ¿Qué Dios le dibuja la caja de Edgeworth?... Y nuevamente, el fantasma que le dice: “Lo has logrado. Pero es mediocridad”.

      Y ha podido pintar al fantasma endemoniado que le habla. Ahora tiene medidas. La barrera es pequeña. Se abre la puerta de su encierro y entra de prisa en otro cuarto: tapizado en mármol. Hay muchas otras puertas; todas tienen llave. Pero, ahora, puede dibujarlas lentamente, darles una medida precisa en el espacio de 59 x 42 centímetros. Puede someter y reconocer al duro pino, al inmenso árbol; es cuestión de dibujarlo. ¿Dónde están Dios y el Espíritu Santo? En el sexo y en la inconsciencia. En la afinidad y en el desprecio.

      Vuelve su mente a la cafetería, al té y su libreta. De pronto, súbitamente, encuentra a Dios en los colores. El Espíritu Santo está en la piel, en la emoción de paz y de alegría, en la conquista del momento actual, en el total abatimiento de cualquier otra preocupación: por ejemplo, por abrir alguna de las desconocidas puertas. Eso puede esperar. Se tranquiliza. El cuadro está completo. Es perfecto. Solo hay que esperar con calma: el momento de resucitar.

¿Dónde habita Dios?

Olga de León G.

La pregunta salió de sus labios y no de su garganta. El niño preguntó con total naturalidad. Dios era su amigo, su compañero en el camino a la escuela y en sus juegos… Pero, nunca sabía a dónde se iba cuando dejaba de pensar en Él.

      En el cielo, respondió su hermanita tres años mayor. Ya lo sé; pero, en dónde, en una casa, un castillo, una choza, en dónde duerme… O, ¿nunca duerme? Si así es, debe estar siempre muy cansado… ¡pobre! Quiero ir a donde Él vive. ¿Por qué nunca nos invita a su casa? Sí nos invita, dijo otra vez, la hermana mayor… pero, nosotros no siempre vamos… ¿A dónde?

      Pues al Templo, a la Iglesia, esa es su casa aquí en la tierra, intervino la mamá.

      El niño, no muy convencido con las sencillas respuestas de su hermana y su madre, optó por ya no preguntar. ¿Para qué? Seguro ellas tampoco sabían bien a bien, en dónde vivía Dios. Mañana seguiré indagando, se dijo a sí mismo solo con el pensamiento, y se fue a dormir.

      Por la mañana, aquel niño inquieto que tenía una idea fija: encontrar la casa de Dios, donde quiera que verdaderamente habitara, se levantó antes que ningún otro miembro de su familia. Tomó una ducha, se alistó y, en lugar de ir a la cocina en busca de su desayuno, salió a la parte trasera de su casa, y se sentó bajo el enorme sauce que estaba en el centro del patio.

      Había visto hacer esto muchas veces a su padre, cuando tenía que resolver algún asunto que lo inquietaba y no lo hubiese dejado dormir… Eso, solía contar a la hora del almuerzo o la comida, y generalmente contento porque había aclarado su mente y resuelto lo que le preocupaba.

      Tenían bajo el gran árbol, una banca de madera rústica donde bien podían sentarse dos o tres personas. El niño se acomodó en medio y separó el espacio del lado derecho para Dios, en cuanto apareciera por ahí; del otro lado, esperaba quisiera sentarse el Espíritu Santo, o la Santísima virgen, Madre de Dios hijo, Jesucristo.

      En silencio, con la mirada elevada hacia las nubes y sus manitas juntas, en posición de orar, estuvo poco más de diez minutos…Demasiado tiempo para un niño que debía desayunar e ir al colegio. No perdió la esperanza de encontrar a Dios, solo postergó su espera y la búsqueda de su casa, para la tarde, después de que saliera de la escuela, y retornara a su propia casa, comiera e hiciera sus deberes escolares: era un niño muy ordenado y responsable.

      Alrededor de las cinco de la tarde, fue otra vez a sentarse bajo el enorme Sauce. Solo que ahora, ya no fue él solo, le pidió a su madre que lo acompañara. Esta, que siempre estaba demasiado ocupada, le dijo: solo déjame que termine de recoger la cocina, le deje servido su primer plato y la ensalada a tu padre, y estaré contigo en el patio… Mientras, toma tu cuaderno de dibujar y tus colores, y vas pintando lo que ves en el cielo y en el espacio, para que le enseñes a Dios lo que hiciste, mientras esperabas su llegada: ¿te parece bien?

      El niño asintió… ¿qué más le quedaba por hacer? Además, le pareció una buena idea la de su madre.

      Para cuando la mujer volvió al centro del patio de su casa, bajo el enorme sauce, encontró las hojas secas y el pasto cubiertos de alegres colores, como si fuese una alfombra hecha con flores recién crecidas allí. La mirada de su hijo estaba iluminada por una luz dorada y él mismo parecía parte de las pinturas. Mamita, mamita, ya hallé la casa de dios, está aquí… y aquí… y aquí… Exclamó con delirio, mientras se tocaba el pecho, luego su cabeza sembrada de alborotados rizos… y señalaba también hacia el piso, al sauce y… ¡a las nubes en el cielo!

       

      



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