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La conquista del espacio terrenal

La conquista del espacio terrenal


Publicación:08-07-2023
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El trance entre las manos

Carlos A. Ponzio de León

"Mejor que nunca", le respondí a la médium. Nació de mi alma decírselo cuando me dijo, sosteniendo sus manos boca abajo, apenas unos centímetros por encima de la pequeña bola de cristal: "El espíritu le manda preguntar cómo se encuentra". "Bueno", continué mi discurso, "sí ha habido algunas complicaciones. Quizás a nadie le sorprenderían; pero por alguna razón curiosa, a mí solito, me es imposible resolverlas". La médium no sabía de qué le hablaba. Por el olor del lugar, me parece que ella había fumado algo y ni siquiera estaba segura de dónde se encontraba: no hay necesidad de decirlo, pero estábamos en su propia sala de contactos con el más allá: un cuarto de nueve metros cuadrados, en cuyo centro se encontraba una mesita redonda, cubierta por un mantel negro, con dos sillas de frente y un foco rojo colgando del techo. Por alguna razón, las paredes estaban cubiertas por patas de gallo, figurillas de monstruos, collares y cascabeles. Cierto número de colguijes sí espantaban por lo demoníaco de las figuras esculpidas en ellos. Como todo mundo sabe, así se adornan ese tipo de lugares.

La médium se quedó observándome y pude leer en su rostro un solo signo: el de interrogación. "Las cosas comenzaron a salírseme de las manos hace como tres años", agregué, "el asunto me sobrepasó. Sin pensarlo dos veces, renuncié a mi trabajo cuando tuve la promesa de conseguir otro, de mejor paga y menor esfuerzo. Sentí que estaba viviendo mi momento, aunque vivía al día. Por adelantado, debo aclarar que yo no tengo educación formal. Mi aprendizaje lo he ido adquiriendo de ver vídeos en YouTube. Mis trabajos van y vienen: así como la rueda de la fortuna sube y baja". Decidí hacer una pausa.

El único sonido que podía escucharse era el de los truenos y la lluvia que por una gotera, se metía al cuartucho de ladrillos sin pintar. ¡Qué iba yo a saber lo difícil que me resultaría escapar de ahí! En vano serían varios de mis esfuerzos.

"Pregunta el espíritu si lo invocó solo para poder ser escuchado, ¿o quiere realizar alguna consulta?". Comprendí que estaba dándole rodeaos al asunto. "Vamos al punto", me dije.

"Mire, el mundo anda muy mal y yo con él. Tantas guerras y gente luchando por fines que no valen la pena. Pero eso no es lo que a mí me preocupa, a mí lo que me tiene inquieto es que no tengo trabajo y compro billetes de la lotería nacional y nada de suerte. Ya como únicamente higaditos encebollados y todo tipo de hierbas, pero estoy viendo que así, ni siquiera voy a adelgazar. Observe a las vacas, ellas se alimentan de hierba y re gordas que están. ¿Necesitaré proteína?, ¿carne?, pero, ¿de dónde saco el dinero para comprarla? Eso es lo que le quiero preguntarle a su fantasma que tiene ahora de visita en casa: ¿Cómo consigo trabajo?"

La médium cerró los ojos, murmuró algunas palabras que me parece que fueron: "bendito pescado, haz click", y luego comenzó a girar la cabeza en semicírculos, de arriba hacia abajo y de izquierda a derecha, como poseída. Llegué a pensar que la mujer adquiriría la forma de un monstruo. "Deme sus manos", me dijo extendiendo las suyas, con las palmas boca abajo. Así hice, con las palmas boca arriba. Descubrí que sus manos eran grandes y gordas, como las de un luchador, casi como las de una bestia. "El espíritu dice que debe tener paciencia", me dijo ella. "¿Más?", le pregunté sorprendido. Se quedó en silencio, quieta. Sus ojos comenzaron a girar bajo sus párpados cerrados. Entonces dijo convincente: "La espera valdrá la pena". Quise soltar mis manos, pero ella las apretó con fuerzas, causando dolor en las mías. "Hay más", dijo la médium. Yo no sabía qué decir exactamente. Buscaba las palabras indicadas, precisas. "Me está apretando", le dije en voz baja. "¡Silencio!"

Desapareció el olor a mariguana y me llegó un olor más peculiar, como a pescado crudo. Incliné mi cuerpo y pude ver que, en el piso junto a la mesa, había precisamente un plato con un pescado crudo. El olor comenzó a hacerse más presente, como mis manos parecían encogerse e hincharse. "Quiere decirle más, pero no alcanzo a percibir lo que el espíritu susurra". "No se preocupe, con lo que me ha dicho es suficiente", y traté de zafarme nuevamente; pero ella volvió a apretar. "¡Oiga, me está lastimando!", le dije con voz firme. "¿Quiere o no quiere saber lo que el espíritu quiere enseñarle?". "Ya no", le respondí. Y continué: "Le pido que me suelte porque me está doliendo". "Bueno, bueno", dijo ella soltando mis manos, "usted se lo pierde; vaya a la Iglesia y confiésese, creo que eso es lo que el espíritu estaba diciéndole". "Le agradezco". Me levanté de la mesa y por poco y tropiezo con el plato del pescado crudo. Le pagué los seiscientos pesos a la mujer y noté algo extraño en ella: una que definitivamente podría explicar la fuerza de esta mujer para someterme durante su trance. Salí bajo el cielo gris, casi oscurecido. Había terminado de llover y me fui directo a la parada del camión. Media hora más tarde, descendí seis cuadras antes de llegar a mi casa: en la parroquia de la colonia, a confesarme.

A la vuelta de la esquina

Olga de León G.

Tumbado sobre la acera de la calle, con una oreja aplanada contra una piedra blanca que yacía cerca de la pared donde cuarenta años atrás, una tarde soleada de octubre, todo había comenzado, estaba aquel hombre que entonces fuera un adolescente y joven fuerte, bien parecido y rompe corazones entre las chicas de su vecindario y del de su abuelo, a donde él acudía casi a diario, al salir de la escuela secundaria y todavía durante el primer año de la Preparatoria.

Llegó hasta allí corriendo, huía de un par que había descendido de un auto negro con claras intenciones de subirlo a ese auto que conducía una mujer. No se sabe si algún día él u otra persona sabrían cuáles fueron las razones de esa persecución que terminó al tropezarse y caer golpeándose cerca de la sien izquierda de su cabeza: ¿secuestrarlo?, ¿para qué y por qué?

Entre inconsciente o desmayado, lo asaltaron los recuerdos y este evento lo llevó en su memoria -que siempre fue excelente- al día en que, saliendo de la escuela preparatoria, un auto negro con tres individuos dentro de él, lo siguieron durante todo su trayecto a pie, hasta la parada de los camiones y allí uno de ellos descendió del auto y se le acercó... era norteamericano, por su acento y su pobre español, pero pudo decirle y el entonces joven Tomás, entenderle que querían invitarlo a participar en una película que por esos días estaban filmando dentro de algunos lugares de la ciudad, y hasta alcanzó a darle una tarjeta de presentación con dos o tres teléfonos. Pero Tom, -como lo llamaban los amigos- le hizo la parada al primer camión que vio venir y se subió a sabiendas de que tendría que bajarse más adelante, pues ese no era el que lo llevaría hasta la colonia donde él vivía con sus padres. Y, no trayendo más dinero, tuvo que caminar y caminar... Llegó bañado en sudor a pesar de ser otoño y la temperatura estar muy agradable, casi como de un invierno leve.

Se trataría de una situación semejante, o eran tipos mandados por algún enemigo del campo laboral que quisiera desanimarlo a seguir con la causa que defendía a favor de campesinos amenazados por el narco para que cedieran sus tierras y el paso del ganado de los malosos a pastar y beber de la presa que ellos habían construido para la comunidad... Quién sabe, quién lo sabrá... Ya nada le importaba viéndose en la cama del hospital y oyendo a los médicos hablando sobre el daño que se causó al caer y golpearse la sien del lado izquierdo.

Ahora le preocupaban sus hijos, aún muy jóvenes, y su mujer. ¿Qué sería de ellos, si él faltaba? Estaba consciente de que no les dejaba mucho patrimonio, solo la casa y otra pequeña propiedad, aún en trámite de concluirse el juicio sobre la posesión, propiedad legal y derechos y obligaciones.

La esposa vio en sus ojos la preocupación y trató de que no pensara en ello, ella y sus hijos sabrían qué hacer... Además, lo animaba diciéndole que claro que no moriría, aún tenían pendiente un último viaje en tren y otro en trasatlántico.

Fue en el instante en el que entraron sus hijos al cuarto del hospital, cuando él les dijo: así los quiero ver siempre, juntos, como buenos hermanos. Y, añadió: cuiden a su mamá. Ellos sonrieron lo más natural que pudieron y le dijeron, cada cual a su manera: "Pero si ni te estás muriendo papito, ni te morirás pronto".

Tomás concluyó ese diálogo con una frase que se me quedó cincelada en el corazón: "Cómo que no, si acabo de hablar con la huesuda e hice un pacto de tiempo". "¿En dónde la viste papi?", preguntaron ambos, y él sonriendo, les contestó: "...a la vuelta de la esquina".



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