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Consecuencias lectoras


Publicación:19-01-2020
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En Tepoztlán, anualmente, desde hace 17 años, se lleva a cabo el programa Under the volcano, Bajo el volcán, que la escritora neoyorquina Magda Bogin dirige

Aquí en Tepoztlán, anualmente, desde hace 17 años, se lleva a cabo el programa Under the volcano, Bajo el volcán, que la escritora neoyorquina Magda Bogin dirige. Aquí se llevan a cabo talleres, charlas, lecturas donde el inglés, el español y hasta el toztzil, en la lectura de la poeta chiapaneca Enriqueta Lunez, se enlazan, tienen eco, esparcen ideas, emociones, congregan el sentido de la escritura, la búsqueda interminable que es el trabajo con la palabra.

Aquí el gremio subraya que no hay fronteras en la república de las letras que nos hermana a las generaciones, los países, los géneros. Aquí, el Tepozteco es el testigo imperturbable que cela la complicidad y el tejido fino de los asombros y el espíritu del gremio, los lectores-escritores, sedientos mineros de historias, de imágenes, de ideas, de amistad y cofradía.


Janet Dawson, que con su marido Doug Clark nos hospedó generosamente a algunos de los escritores, pone en la conversación de desayuno un libro que viene a cuento con el espíritu de las sesiones de estos 10 días: Un lector nada común, del autor inglés Alan Bennett. Esta novela corta, breve e incisiva relata el descubrimiento del gusto por la lectura de la Reina Isabel de Inglaterra. Primero, asombra el permiso y la manera elegante y con bisturí humorístico en que el autor, conocido dramaturgo, utiliza como personaje de ficción a una figura viva de la monarquía inglesa, impensable con los mandatarios mexicanos. (Hemos visto en Netflix como The Crown no tiene empacho en hacer con la vida de la reina y sus familiares una serie novelada y bien documentada que intenta penetrar en el drama humano). La reina, como se sabe, es una hacedora, una mujer que inevitablemente tuvo y tiene que cumplir con sus múltiples obligaciones, muchas de ellas decorativas, sociales, de imagen, etc. Bennett le da permiso en esta novela de que se asome a los libros, con la asesoría de un lector joven que trabaja en la cocina y es asignado, dada su inquietud lectora autodidacta, a asesorar a la reina, primero para obtener libros de una biblioteca móvil que llega al palacio, luego cuando hay recorte presupuestal, en la Biblioteca Nacional. La reina comienza con primeras lecturas, romances que entran con más facilidad en su ánimo, pero va pasando por Austen, Brönte, Tackeray, Throloppe, Forster, James, Shandy, hasta llegar a Proust. Asistimos a la formación lectora de la reina que cada vez desea con más ahínco perderse en un libro, que se arregla con menos esmero, que quiere tiempo para sí, que se lleva libros de viaje, que pregunta a los demás qué están leyendo, que utiliza metáforas en sus discursos que provienen de su afán lector. Al cabo de los años afirma que la lectura es, entre otras cosas, un músculo que se desarrolla. Y ella lo ha logrado, un primer libro de Ivy Compton-Burnett en el que le era imposible entrar antes es ahora disfrutable. Los que la rodean, incluidos los primeros ministros, no saben qué hacer con esta inesperada reina que los cuestiona sobre sus lecturas, les recomienda libros y se ha vuelto otra, más capaz de atender los detalles, gestos, y vidas de los otros. Una reina transformada, un reino transformado por un humanismo inevitable que derivará, en su propio afán por hacer, en la escritura.


Con este recorrido gracioso, irónico, dulce y veloz, Bennett comparte a través de la reina que pierde su ingenuidad de no lectora, reflexiones sobre el poder de la lectura, el tiempo, el canon inglés, el reflejo de la experiencia de vida en los libros. Es finalmente un homenaje a la lectura y una crítica a los gobernantes que no leen, que no se arropan con la sabiduría lectora, con la riqueza de las palabras y la experiencia humana que contienen los libros.


Me da por imaginarme qué pasaría si el actual Presidente mexicano (y los anteriores, y los gobernadores, alcaldes, senadores y diputados) sustituyera algunas de sus mañaneras por la sed lectora, si su narrativa cotidiana se salpicara de la música de la prosa de Rulfo, de la riqueza verbal de López Velarde, de la nitidez de Rosario Castellanos, de la elocuencia de David Huerta. Si para referirse a la inseguridad y la violencia y sus maneras de combatirla hubiera leído a Élmer Mendoza, si para hablar de corrupción citara a Enrique Serna y El vendedor de silencios, si para no tomarse tan en serio hubiera degustado La corte de los ilusos, de Rosa Beltrán, o cualquiera de las novelas de David Toscana, si pudiera viajar al Mogador de Alberto Ruy Sánchez sin tener que tomar el avión, si Persona Normal, de Benito Taibo, fuese una especie de lección del infinito lector, para la infinita conversación, apertura y riqueza. Sólo pregunto, porque escribir semejante historia en un país de solemnidades sería imposible. Mientras agradezco haberme topado con esta joya que permanecerá más allá de la monarquía de la Reina Isabel… y de otras tantas.



« Redacción »