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Nosotros mismos lo hemos escuchado

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Autor:Felipe Bacarreza   |    Publicacion:19-03-2017

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"Ya no creemos por lo que t煤 nos hablaste; creemos porque nosotros mismos lo hemos escuchado y sabemos que 茅ste es verdaderamente el Salvador del mundo"

El Evangelio del domingo pasado, el de la Transfiguración de Jesús, tiene su punto culminante en la voz del cielo que nos decía quién es Jesús: "Este es mi Hijo amado, en el cual me complazco". Esa misma voz nos decía cuál debe ser nuestra actitud ante Jesús: "Escuchadlo" (Mt 17,5). El Evangelio de este domingo, que nos relata el encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo de Sicar, concluye con esta declaración de los samaritanos: "Nosotros mismos lo hemos escuchado y sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo". ¿Cómo llegaron a esta conclusión sorprendente?

En el curso de este Evangelio se va aclarando progresivamente quién es Jesús. Después de la constatación de que es un judío, Jesús dice a la mujer: "Si supieras quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva". La mujer obviamente no sabe quién es Jesús y por eso no le pide esa agua. Continúa el diálogo hasta el punto en que la mujer, para no entrar en discusiones teológicas, zanja la cuestión diciendo a Jesús: "Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo revelará todo". La mujer tiene fe en las promesas de Dios y expresa su certeza de que el Mesías vendrá; además, afirma que a él, cuando venga, hay que escucharlo, porque él nos revelará todo. La respuesta que Jesús le da es la revelación de su identidad: "YO SOY". Esta respuesta es ya la revelación de todo, pues este es el nombre divino con que Dios se reveló a Moisés (cf. Ex 3,14.15). Aquí está expresado plenamente quién es Jesús. Pero Jesús agrega: "El que te está hablando". No es un agregado superfluo; lo que quiere decir es que todo lo hablado por Jesús hasta aquí, incluido el nombre divino, la mujer tiene que escucharlo, porque es la revelación de todo, por parte de aquel mismo Mesías que ella esperaba.

¿Creyó la mujer lo que escuchaba? Podemos imaginar que, después de un momento de vacilación, la fe se abrió camino en su corazón y creyó firmemente. Es lo que se deduce de su reacción. "La mujer, dejando su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: 'Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?'". Ella ciertamente cree y quiere que todos los suyos crean. Pero no podía decir simplemente: "He encontrado al Cristo", como hace Andrés cuando llama a su hermano Simón (cf. Jn 1,41), pues a ella, siendo mujer, nadie habría prestado atención. Ella lo hace con la prudencia propia de su intuición femenina, despertando en los suyos la curiosidad por ver a "un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho". Quiere que los mismos hombres de su pueblo saquen la conclusión que ella sólo insinúa: "¿No será el Cristo?". Confía en que escuchando a Jesús mismo ellos también creerán. Y tenía razón.

Después de que Jesús se detuvo en esa ciudad dos días, los samaritanos dicen a la mujer: "Ya no creemos por lo que tú nos hablaste; creemos porque nosotros mismos lo hemos escuchado y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo". No sólo lo que ellos creen ahora tiene distinto origen, sino también distinto objeto: por la mujer creían que Jesús sabía todo lo que ella había hecho; por Jesús mismo creen que él es el Salvador del mundo. Han llegado a la plenitud de la fe en él. Ahora creen que sólo él es la fuente del agua viva que sacia nuestra sed de Dios.

 



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