Opinión Editorial


La Marcha


Publicación:18-11-2022
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Los mexicanos quisiéramos ver en AMLO al presidente de México, no al Púas Olivares

A la memoria de Jorge Montaño, mexicano de excepción

En México las marchas de opositores surgen en 1968. Antes de eso las marchas no tenían mayor repercusión por ser entonces el gobierno literalmente intocable. Me dice Miguel Basañez, con razón, que previo a 68 se dieron marchas de conflicto: los ferrocarrileros en 1959 y los médicos al iniciar el gobierno de Díaz Ordaz. A pesar de su importancia, fueron conflictos acotados a las condiciones laborales de ferrocarrileros y de médicos, mientras las manifestaciones del 68, constituyen un parteaguas histórico.

En 68, quienes estudiábamos en la UNAM, aportamos la táctica de tomar la calle, lo que llegó a institucionalizarse como un instrumento de lucha. En las primeras marchas previas al trágico 2 de octubre —que no se olvida—, un segmento del contingente de la Facultad de Derecho, escuela tradicionalmente moderada en la política universitaria, empezó a corear “Muera el chango Díaz Ordaz”. Esto que ahora parece casi inofensivo, en aquel momento resultaba inédito, un atrevimiento, palabras mayores. Algunos compañeros se cubrían el rostro para evitar ser fotografiados por agentes secretos de la DFS, comandados por Fernando Gutiérrez Barrios, el policía político del viejo régimen. De algo le sirvieron aquellas fotos al gobierno, pues algunos compañeros marchistas fueron a la cárcel.

La marcha del domingo puede ser un punto de quiebre en la historia política. Paradójicamente el gobierno la hizo crecer y le dio alas. La reacción en contra de las clases acomodadas ha sido una constate entre los populistas que aprovechan sentimientos revanchistas del pueblo desfavorecido cuyo mejor ejemplo es Juan Domingo Perón.

Los insultos previos, indiscriminados, a los participantes, muestran el encono presidencial, pero también exhiben sus complejos sociales. Es evidente el nivel social-intelectual de buena parte de quienes participaron. Es evidente el estupor que le causa a AMLO la enigmática fuerza de las clases sociales y particularmente de las personas que marcharon el domingo. AMLO sabe, aunque viva en un Palacio, que no pertenece y también está al tanto de que esa clase no lo respeta, se mofan de su figura, modo de actuar, de hablar y hasta de comer, lo que no corresponde al estereotipo ideal que han creado de un presidente imaginario. Resabios de ida y vuelta, ambos equivocados.

Encomendar el mensaje único a José Woldenberg fue un acierto y le dio a la manifestación un carácter plural. En efecto, Woldenberg es uno de los socialistas mexicanos que mejor ha entendido el papel que le corresponde jugar a la izquierda mexicana frente al Estado. Cientos de miles pueden corear vivas al INE, pero una sola voz autorizada, con las prendas que da la probidad, una carrera impecable y un compromiso con el país valen más que decenas de mantas y el griterío del coro fácil.

Los mexicanos quisiéramos ver en AMLO al presidente de México, no al Púas Olivares. La marcha no fue un striptease político. Por lo pronto, la reforma electoral que propone el presidente para controlar al INE está muerta, como está la posibilidad de paz y reconciliación entre los mexicanos.

Injuriar es: “Acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona”. Lo que ocurre vulnera la dignidad del presidente, pero también la de millones de mexicanos. Como dirían los ingleses “It is a great pity”, o sea lo que ocurre en México, es más que una lástima, una desgracia.

Profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM



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Mario Melgar Adalid

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