Opinión Editorial
“Dejad que los muertos entierren a los muertos”
Publicación:07-11-2021
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“Toma tus miserias de reclamos, de maldiciones, de coraje y tristeza. Cargarlas como una cruz"
Me llego la noticia por un WhatsApp, luego el celular timbraba, decidí no contestar, no quería, no podía. Era mi amigo Oscar Villarreal. No escucharía de su voz la noticia que ya él había puesto en una frase: el padre Rene había muerto. De eso ya casi un mes y aún no veo a mi amigo y curiosamente este año no puse un altar de muertos, tal vez porque sabía que ahora tendría que incluir al Padre René.
Una noche anterior a esa llamada, entre mi insomnio encontré un libro que me había regalado el Padre: “El canto de las Ranas” de Anthony de Mello, con una dedicación muy tierna y conmovedora: “Con la venia de tu padre que esta en los cielos, hijo mío, como quisiera decirte que todo va a estar bien, pero lee este libro y sabrás que Dios nos regala cuentos e historias llenas de sabiduría, aunque a veces con dolor”, refiriéndose al cáncer de mi mamá.
Con el Padre Rene coincidí en algunos retiros espirituales, tuvimos cientos de pláticas en el confesionario o simplemente en la banca de la iglesia e incluso a veces sentados en la banqueta. Cuando se fue de la parroquia por que lo cambiaban; le regale un libro, “La Real Cacería del Sol” de Peter Shaffer; una obra de teatro que habla del encuentro de Pizarro con Atahualpa, líder inca en el Perú. En una parte de los diálogos entre ambos personajes se debate cual es el real Dios, si aquel que está crucificado y muerto o el que sale todos los días; luminoso y poderoso a iluminar al mundo. Ese tipo de pláticas se podían tener con el Padre René. Se podía debatir con él y cuestionarle acerca de la fe.
Unos meses después lo encontré en el seminario diocesano de la Ciudad de México, mi madre ya había muerto por causa del cáncer y él no estuvo, porque ya lo habían cambiado de lugar. Tenía coraje y también le quería reclamar. Me escuchó maldecir a todos los dioses, desde los inventados hasta los reales, en el cielo o en la cruz”. Mi fe parecía muerta. Y entonces me dijo: “Dejad que los muertos entierren a los muertos”. Tiernamente, comenzó a calmar mi ira, mi enojo, cargando un poco con mi tristeza y mi llanto. Me ayudó a cargar mi cruz, recordándome que el sol sale todos los días para mí, como señal de luz, de continuar con la vida.
Después me agradeció por estos cuestionamientos que siempre le hice y que en ese momento sentía por la partida de mi madre y entonces, en tono suave, pero firme, me dijo: “Toma tus miserias de reclamos, de maldiciones, de coraje y tristeza. Cargarlas como una cruz; que tu propia madre cargó con 6 hijos después de la muerte de tu padre”. Y me recordó que él la admiraba por que ella solía sonreír y por supuesto, con una fe inquebrantable en Dios.
Qué curioso como le he extrañado en este mes que ya no está; aunque tenía años de no verlo…pero creo que para honrar su muerte, así como su vida, debo buscar a mi amigo Oscar Villarreal; que también convivió mucho tiempo con él, y darnos un fuerte abrazo, brindar y celebrar la vida y… “dejad que los muertos entierren a los muertos.”
« José Luis Galván Hernández »




