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Vacaciones inesperadas

Publicación:01-02-2026
TEMA: #Agora
Risa y llanto
Olga de León G.
Si es que estoy correctamente informada, la risa y la tristeza no son emociones exclusivas de la naturaleza humana. Los animales también tienen alegrías, sufren el dolor y lloran o gimen, de alguna forma. No podemos considerar que son solo muecas, por más que algunos quisieran negar teles signos. Son muchas las especies que muestran sus emociones.
¿A qué se deberá que algunas personas ríen más, o son más propensas a la risa que otras? Y, ¿eso es muestra de que son igualmente más felices que las que no están con la sonrisa a flor de labios o piel?
Desde mi muy personal perspectiva, no creo que eso sea sostenible como verdad absoluta. Pienso que quienes no reímos o sonreímos (externamente) tanto, podemos ser igual o más felices que quienes ríen y sonríen por todo: es un asunto de educación, de formación familiar o de adopción de hábitos por voluntad propia. Pienso, incluso, que la risa a voz en cuello puede resultar -a veces- hasta agresiva, quizás; o falsa y reflejo de imitación. En fin, yo no tengo problema con mostrar y demostrar mi felicidad, eso es algo que vivo, no para que se me aplauda por ello; tampoco me molesta que a otros sí les agrade reír de todo y por todo: es una elección personal.
Este texto, al parecer, está abonando por los más serios... No precisamente, pero tampoco por los que satanizan a quienes ríen poco y con mesura: insisto, es un asunto de la formación que se recibió en la infancia, en casa y escuelas o colegios.
Algunos reímos con los ojos, con la mirada, y nuestra risa puede ser muy intensa o suave y delicada. Creo que a quienes nos gusta manejar la ironía, lo de la carcajada abierta solo puede darse como crítica o sátira... Así que, mejor no reímos fuerte, para no ofender susceptibilidades.
Existen tantas formas de comunicarnos, tantos modos de decir lo mismo que otros lo saben decir con una sonrisa, pero algunos no podemos sino ser escuetos y directos. Y esa falta de diplomacia nos puede causar muchos problemas. Estoy de acuerdo con la frase y el pensamiento que dice que ante el dilema de defender la verdad o evitar lastimar a alguien, mil veces deberemos preferir parecer derrotados y quedar como persona amable y gentil: ¡cierto! Totalmente de acuerdo, pero hay límites. Pues, si queremos que se nos respete por como pensamos y no por lo "polite" o "educados" que somos; y, si nuestros amigos son capaces de entender nuestras diferencias y sobre ellas seguir valorándonos como amigos: ¡son maravillosos amigos!, esos son los que debemos conservar y por ellos, algunas veces darnos por vencidos (sabiendo que no lo somos) ... Pero, en cambio, seremos millonarios en sentimientos y... amigos.
A propósito del tema que hoy me eligió a mí, para escribir este texto, me acaba de venir a la memoria un recuerdo, una anécdota que guardé por muchos años con cariño en mi mente. Les haré la referencia:
Tengo más de ocho años que terminé mi relación de maestra o profesora (nunca me sentí solo una de ellas) con el entonces Departamento de Lenguas Modernas de El Tecnológico de Monterrey, después de más de veinticinco años de labor docente. Los maestros nos movíamos a nuestras clases o cátedras, de una Aulas I o II a otra, III o IV, o hacia las oficinas, o al estacionamiento; entre otros lugares... Yo solía caminar por los pasillos más amplios, e invariablemente me maquillaba con la mejor sonrisa que tenía y emprendía el trayecto... En varias ocasiones me encontraba en el camino con otros maestros. Pues bien, uno siempre me saludaba con esta frase: "¡Hola!, Olga, aquí viene la maestra más sonriente y feliz del Tec", y así solía presentarme con su esposa -también profesora del Tec -, y con algunos de sus amigos o autoridades. Me gustaba su saludo, naturalmente.
Pero, él nunca supo que muchas veces yo caminaba con una gran tristeza a cuestas, por diversas razones. No obstante, justo por ese estado de ánimo con el que habría de dirigirme hacia otra clase o hacia la salida, era que me usaba mi mejor sonrisa y ponía la mirada en lo alto, viendo al frente y hacia el firmamento, así era como transcurría un día más, o un día menos... Nunca supe cuál era cuál.
Definitivamente, la sonrisa o la carcajada nunca son -por sí solas- señal de felicidad ni de alegría, ni de éxito. A propósito: ¿qué es el éxito? Quién lo conoce, quién lo ha logrado. ¿Se puede atesorar? ¿Es visible?, ¿o, puede pasar desapercibido? ¿Tener éxito es equivalente a haberse ganado la lotería? ¿Quién o quiénes ambicionan el éxito?... Y, ¿cuántos lo logran? ¡Creo que sería un buen tema!, para otro artículo, reflexión o ensayo. ¡Arrivederci!
Enfermedad saliente
Carlos A. Ponzio de León
Salí del trabajo en punto de las dos de la tarde, rumbo a un restaurante cercano donde me encontraría con Daniela. Hacía casi veinte años que no nos veíamos. Ella había sido uno de los amores más importantes de mi vida: amor de juventud. Nos separamos en una crisis de salud mental que sufrí, como ha sido mi historia una y otra vez. Encuentro, romance y crisis por un evento psicótico. Visiones alucinantes que me han mandado una y otra vez a la sala de espera en esta vida. La crisis que vivió nuestra relación no la pudimos sortear. Éramos muy jóvenes; apenas pasábamos los veinte años.
Luego de nuestro rompimiento, ella volvió a encontrar el amor. Se casó, tuvo una hija y para ese momento de nuestro reencuentro, se estaba divorciando. Pero... miento, ahora lo recuerdo mejor. Sí nos habíamos visto en una reunión con viejos amigos de juventud. Ella asistió con su marido y su hija. Casi no pudimos hablar, pero tuve oportunidad de conocer a su niña adolescente.
Y ahora, en el restaurante al norte de la ciudad, para mí fue una sorpresa encontrarla tan delgada, con una figura envidiable a sus cuarenta años. Tomó asiento. Yo aguardaba por ella con un tequila y un mezcal. Le pregunté si quería que ordenáramos una botella de vino. Asintió. Mandé llamar al mesero y tomó apunte.
"¿Cómo has estado?", me preguntó. "Bien", le respondí. Y la verdad me encontraba bien. Realizaba labores profesionales como economista, había fundado un grupo de arte transdiciplinario y escribía. "Leí tu Memoria", me dijo. "No es fácil leer la memoria de alguien a quien amaste tanto, cuando escribe sobre su relación con otra persona", me dijo, para luego continuar: "pero lo que yo sentí después de nuestro rompimiento, fue lo que tu sentiste por Delaira", terminó de decir.
"Ya escribiré alguna novela o memoria inspirada en nuestra relación", le dije. Se quedó quieta, fría, como si una alarma se hubiese encendido en su ser. "Creo que puedes escribir cualquier cosa de nuestra relación. Pero hay un tema sobre el que no quiero que escribas. No puedo con él", me dijo. Me quedé callado. "Prométeme que no lo harás". "De acuerdo", le dije de inmediato, "sobre ¿cuál?". "El aborto", respondió ella. Suspiré e hice mi juramento. No sabía yo que un día, el día de hoy, Dios me haría romper esa promesa, "porque el mundo debe saberlo, para definirlo como lo que es: hay que determinar cuando es una cosa u otra", me dijo ´Él.
"Nunca lo hablé con alguien", me dijo ella, ni con mi marido, ni con mi terapeuta... Excepto con el obstetra que atendió mi embarazo. Se lo dije justo unos minutos antes de entrar a la sala de parto".
En aquel entonces teníamos diecinueve o veinte años, estudiantes de carrera. Daniela llevaba una o dos semanas de retraso. Compramos una prueba de embarazo y luego otra. Las dos salieron positivas. Comenté el asunto con un compañero de universidad y me dio el teléfono de un médico. Hicimos cita. Estuvimos puntuales. No recuerdo si nos entrevistó por separado, pero a mí me dijo que conocía a mi padre y que por él iba a atender el asunto. El procedimiento no era legal en México. También tenía un consultorio en Texas, donde realizaba ese tipo de operaciones.
Le pedí un préstamo de 1,000 pesos a un maestro de la facultad. Uno de los egresados prominentes de la escuela. No preguntó para qué era. Simplemente hizo el cheque a mi nombre, nervioso, y me lo entregó. Con eso liquidamos por adelantado el trabajo del médico. Acompañé a Daniela al consultorio y media hora más tarde salió de la pequeña salita. Ella no habló del asunto después de lo sucedido. Yo tampoco. Comprendí en su rostro que estaba asustada.
Seguimos nuestro noviazgo y continuamos teniendo sexo al poco tiempo, de manera más segura. ¿Qué puede detener el deseo sexual?
Ahora que hago memoria de estos eventos, treinta años después, sé que a ella le dolió enormemente realizarse la operación. En aquellos tiempos, yo no contemplaba abandonar mis sueños de realizar un doctorado, de entregarme a mis estudios. Y no sentí el dolor de lo sucedido sino hasta veinticinco años después, cuando recapacité todo lo que significó aquello.
Y ahora, escribiendo frente a mi computadora, mientras rompo la promesa que le hice a Daniela en aquella comida de nuestro reencuentro y siendo consciente de la gracia de vida con la que la ha sido bendecida ella, sé que me entenderá.
¿Qué lo hace perdonable ante la mirada Divina? La inocencia de la acción: La falta de Dios en aquel momento, nuestra poca perspectiva de las cosas y el destino que teníamos que cumplir.
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