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La Estambul decapitada

Publicación:18-01-2026
TEMA: #Agora
El vacilante mundo de la espera
Carlos A. Ponzio de León
Era jueves por la tarde. Arreglé mi estudio. Metí mi cámara réflex y algunos rollos extras de película en el estuche de la cámara, tomé el número más reciente de la revista Playboy para leer en el camino y llevé una muda de ropa en mi mochila. Atravesé Harvard Yard y me dirigí a la estación de metro Harvard Square, de la línea roja, en dirección a Quincy Center, donde una ahora más tarde, Delaira me recogería en la camioneta de Renée.
Luego nos dirigíamos a algún bar con música en vivo. Con frecuencia nos metíamos a uno frente a la playa, donde el cantante, un negro de voz brillante, solía interpretar "The Power of Love", la canción que habían hecho famosa Huey Lewis & The News.
A veces no alcanzábamos a cenar en el bar porque cerraban temprano la cocina. Delaira me preparaba un sándwich en casa de Tom y Renée, cuando llegábamos a medianoche. Luego subíamos al tercer piso: al cuarto frente al mar.
Platicábamos un rato sobre música y literatura, la poesía que ella escribía y mi tesis doctoral. Le leía algunos de mis pasajes favoritos de Rayuela y ella leía un poema de Neruda o Sabines. A veces la desnudaba parcialmente para tomarle algunas fotografías: a su cuerpo de sirena deslumbrante, tragaluz de oro y plata quemada, ola marítima de pasión y fuego sobre el campo de trigal. Hacíamos el amor con rabia intelectual, personajes del misterio en su cama ámbar, frente a espejos colgantes, testigos asombrosos, dioses en las paredes.
Por la mañana, Delaira bajaba sin que yo me diera cuenta: seguía dormido: me despertaba a las ocho treinta de la mañana, la misma canción de siempre en la estación de radio: "Tears in Heaven", con Eric Clapton. Pronto subiría Delaira con las hijas de Tom y Renée para que saltaran sobre la cama mientras yo aún me encontraba bajo las sábanas: "Carlos, ¿a qué hora te vas a levantar?", preguntaba la más pequeña en un español muy claro, cuando se lengua materna era el inglés.
No había escapatoria. Acompañaba a Delaira en la camioneta para llevar a las niñas a su clase de balé. No nos separábamos del lugar: ahí mismo tomábamos un café. Delaira no dejaba de estar al pendiente de las niñas. Luego regresábamos a la casa frente al mar y Delaira jugaba con las niñas mientras yo le tomaba fotos al paisaje, a las gaviotas, al agua que iba y venía.
Por la tarde regresábamos a Harvard Square. La noche la pasábamos en alguno de los casi treinta bares que por entonces rodeaban a la universidad; cenábamos ahí mismo. El sábado paseábamos por Boston y comíamos allá. Regresábamos a Cambridge a cenar al estudio, algo que Delaira cocinaba mientras nos acompañaban un par de botellas de vino y escuchábamos música en las bocinas de un minicomponente, conectado a la computadora donde se ejecutaba el programa Napster.
El domingo paseábamos nuevamente. Visitábamos librerías, puestos de periódicos, tiendas exóticas que vendían artefactos traídos de todo el mundo. Había en Harvard Square un islote de cemento en el que se vendían periódicos de todo el mundo: Out of Town News. Cerca de ahí, ajedrecistas jugaban en tableros incrustados en las mesas de cemento, afuera del Holyoke Center y a un lado de una cafetería-restaurante llamado Au Bon Pain, el cual tenía mesas en su terraza donde Delaira y yo habíamos escrito, una noche y entrada la madrugada, la letra de una canción a la que pusimos por título "No Dejes Que...". Ambos lugares, la tienda de periódicos y la cafetería, han cerrado.
El domingo por la noche, Delaira no regresaba a Hull. Prefería quedarse a dormir y levantarse a las cinco treinta de la mañana para poder dormir esa noche cuchareando en el estudio de 95 Prescott St. Dormíamos en un futón muy cómodo, sobre un soporte de madera.
Lunes. La semana volvía a comenzar. Era el año 2000, el inicio del nuevo milenio, el nuevo siglo. Yo ya había tenido una cámara fotográfica, una Kodak de plástico automática, de las que se vendían cada temporada navideña. Pero ese año me había hecho finalmente de una réflex de película. No había cámaras digitales. Visitaba con frecuencia la biblioteca del Centro Carpenter de las Artes Visuales en Harvard, para conocer el trabajo de fotógrafos. Estaba suscrito a la revista Aperture y estaba auditando un curso de Historia de la Fotografía en el Departamento de Artes Visuales. Sin saberlo, fue mi verdadero inicio en el mundo del Arte. También andaría indagando en los cursos que podía auditar de Cine y Música. Compré libros de Armonía y Apreciación Musical; y sobre Gramática del Cine.
El viaje iniciaba, una vez más.
La sorpresa de la vida
Carlos A. Ponzio de León
Rodolfo era un colega de trabajo que laboraba en un edificio a dos kilómetros de distancia de mi oficina, sobre Avenida Reforma. Teníamos reuniones cada quince días y siempre vociferaba sobre sus habilidades al violín. Había estudiado música durante su juventud, al parecer con el método Suzuki y había logrado leer el décimo volumen de la colección. "¿Cómo ves si nos reunimos para tocar juntos?", le pregunté. Mis habilidades al piano ya no eran las de adolescencia, pero dos meses de estudio podían ponerme al tanto y acompañarlo en cualquier pieza del libro. Al menos eso pensé. "¡Claro que sí!", me decía. "Escoge una pieza del Suzuki y me pongo a estudiarla. Tengo los volúmenes para acompañar al piano", le respondí. "Déjame desempolvar los míos y te aviso", me dijo finalmente.
Pasaron las semanas y su respuesta a mi pregunta: "¿Qué pieza elegiste?", siempre fue la misma. "Déjame escoger una". Comencé a observarlo. Era un tipo desaliñado, de bajo nivel, que no tomaba decisiones en su oficina, y que cada vez vociferaba menos en las reuniones. A los pocos meses, me di por vencido. El ganso se dobló.
De cualquier manera, tenía cualidades que por aquel entonces me llamaban la atención. Su desaliño era una. Lo hacía ver como un artista en potencia. Comencé a platicarle de los bares de hoteles en Avenida Reforma donde se tocaba música en vivo. Tal vez podíamos ir con nuestras esposas una noche, a pasar el rato juntos. Accedió. Fijamos fecha y hora.
Yo le comenté a Delaira y ella aceptó, siempre abierta a conocer gente nueva. Llegamos puntuales al bar del Fiesta Americana.
Pasó una hora y Rodolfo no llegó.
Le envié un mensaje por celular y nunca contestó.
A la semana siguiente volvimos a tener reunión. Nos saludamos y no mencionó nada sobre su ausencia para nuestra cita. Tampoco le pregunté sobre ello. Al final de la reunión, cuando se acercó a despedirse, me preguntó si podíamos hablar en privado en mi oficina. Lo conduje a ella. Dijo, muy apenado, que su esposa había estado indispuesta aquella noche. Por eso no había llegado. "No te preocupes", le dije. No propuso reagendar y yo tampoco se lo planteé. Hacía ya años que yo no daba segundas oportunidades a nadie. Y lo sigo haciendo. Y así será.
Me pregunto, ahora, quince años después de aquel desencuentro con Rodolfo, ¿qué sucede cuando soy yo el que fallo?
Hace poco más de veinticinco años, cuando yo acababa de graduarme de mi Maestría, quedé en verme para platicar sobre temas de Historia Económica Mexicana con un exprofesor mío, en un café de Perisur. Llegué media hora tarde. Eran tiempos en los que no había celulares; no había cómo avisarle que iba tarde. Subí las escalinatas del lugar: un sitio de paredes amarillas e infestado por el olor a café americano, con meseras de faldas en aguas, con colores mexicanos, que escondían sus figuras tras sus vestimentas. (Aún no entiendo cómo es que un viejo amigo decía que reconocía a la mesera que la atendía en cualquier momento, más que viéndole el rostro, mirándole las pompis).
Al entrar al café a buscarlo, venía de frente, caminando de prisa. Se dirigía a la caja a pagar. Es decir, llegué antes de que se fuera. Me disculpé, volvió a pedir una mesa y nos sentamos a platicar una hora. Fue nuestra despedida por unos años porque yo estaba a punto de irme al Doctorado. Pero nuestra vida de conversaciones continuó cuando regresé a México y seguimos platicando cada vez que las agendas nos dan permiso.
Otro caso. Una tarde, cargaba con mi cámara fotográfica en un parque donde capturaba imágenes de las flores. Un hombre más o menos de mi edad, muy atractivo y muy notoriamente mucho más joven que yo, se me acercó. Me dijo que había estado observándome trabajar con la lente. Me preguntó si podía ser mi modelo. Me sacó una carcajada y le dije que sí; que necesitaba un modelo. Intercambiamos números telefónicos y a los pocos días me escribió. Quedamos en reunirnos para platicar sobre un proyecto que tenía yo en mente.
Sucede que había estado durmiendo poco esa semana, por temas de trabajo y ese día, tuve una reunión por la mañana. Al concluir, me recosté para dormir tres horas, hasta que llegara la cita con el chico. El despertador no sonó. Desperté cinco minutos después de nuestra cita. Le escribí al celular para decirle que me había quedado dormido, pero que estaba muy cerca del café, que en diez minutos arribaba. Un retraso total de quince minutos. Dijo que no me podía esperar, se tenía que ir.
No hubo otra oportunidad. Ni para él, ni para mí.
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