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Sortilegios e Impostores

Sortilegios e Impostores


Publicación:23-04-2022
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Pasamos el tiempo buscando sin cesar, para encontrarnos siempre con los mismos miedos

Capullo de piel

Carlos A. Ponzio de León

      

      Uno de los recuerdos más tempranos de mi vida es en el que estoy sentado sobre el piso, en los escalones de la entrada a casa de mis padres, junto al ventanal que mira hacia afuera, a la cochera de tierra, sin cemento. Debía tener algunos tres o cuatro años y posiblemente estaba llorando. Sí. Esperaba a que llegara mi Madre, quien eventualmente arribaría, viniendo de la universidad donde enseñaba, en su antiguo Volkswagen color crema, un Beatle viejo, anticuado respecto al modelo moderno que ahora es tan popular y relativamente caro en nuestro país. Aquel, de la década de 1970, era el más barato en el mercado. Mientras tanto, la joven que preparaba la comida y ayudaba con la limpieza de la casa, algo hizo que me solté a llorar. No tengo idea qué, exactamente. “Anda, vete a chillar a la puerta de entrada a esperar a tu mamita”, me dijo. Y mi Madre no llegaba, y yo ahí estaba sentado, con las manos sobre las piernas, esperando desconsolado, llorando como presa fácil que, poco a poco, es rodeada por la jauría de lobos que se acercan, acechando su alimento. En algún momento, mi Madre debió arribar y yo salí corriendo a recibirla. Y un día, muchos años después, tendría el coraje para convertirme en el arponero capaz de devorar al lobo, en el marinero que busca en cada puerto nunca más quedarse solo.

      Ahora veo con claridad la capa plateada detrás del espejo, como el reflejo de mis canas al mirarme en su cristal. Otro de los recuerdos más agradables, junto a la llegada de mi Madre a casa, era el arribo de mi Padre. Eso ocurría luego de la comida. Venía del trabajo en una combi amarilla cuyo sonido yo reconocía desde el recibidor de la casa, donde miraba en el televisor un programa de caricaturas, y en el que los comerciales anunciaban panes dulces para la niñez. Comida considerada hoy en día, como chatarra, pero que era el motivo por el que yo corría afuera, a pedirle a mi Padre, antes de que descendiera de la combi, que me llevara a la tienda a comprar unas donas con azúcar. Cosa que él hacía sin dudarlo. Con gusto, sembrando la confianza que habría yo de ofrecer, como adulto, a mis amistades, a mis parejas. Abriendo el corazón, prometiendo que siempre habría de regresar a casa. Cumpliendo hasta que un día perdí la razón. Hasta que me sentí, una vez más, bajo la oscuridad de un cuarto solitario. Escuchando los golpes de piedras y mazos sobre las paredes que se desmoronaban: la amenaza del asesino que asedia tras la ventana, obligándome, en un temeroso rincón, a quedarme quieto y no salir. Y yo pedía al homicida que no me abandonara. Que se mantuviera fuera hasta la llegada del amanecer. 

      Porque la vida, tarde o temprano, finalmente nos enseña a confundir el cielo y el infierno. Pasamos el tiempo buscando sin cesar, para encontrarnos siempre con los mismos miedos. Hasta que descubrimos que, bajo las heridas de siempre y sus cicatrices secas, también corre sangre, viva como el fuego, eterna como el hielo de un planeta muy distante. Pero es la misma sangre inocente de la infancia, la que nos ayudó a aprender a caminar, y luego nos enseñó a volar: como Ícaro, para luego caer hasta hundirnos, y luego flotar en la inmensidad del mar.

      Pero no hay nada, absolutamente nada, que dure eternamente. Eso se lee en el subsuelo de barro del cual venimos. Ni siquiera el amor, dicen los mediocres que jamás han amado. ¿Perdurará? Los fornicadores de las verdades se preguntan: ¿La vida con los ojos cerrados, siempre ha sido sencilla de vivir? Quizás, con la correspondiente carga mediocre que suele llevarse sobre los hombros, la respuesta siempre será afirmativa. Pero, para otros, la vastedad del mediocre no es tan mala, sino lo óptimo. Sobre todo, cuando no se tiene nada en la vida, cuando no se cuenta con nada en posesión espiritual, ni en ensoñación, nada por lo cual luchar.

      Entonces, mi padre me recuerda una idea del escritor Ruyard Kipling: El éxito, como el fracaso, deben tratarse por lo que son: Dos impostores: La máscara que esconde la realidad.

      Control. Felicidad. Una vez más la humillación del humillado y el correo negro de la saliva. A lo largo del camino abierto, viene un escalofrío. Luego, el orgasmo. El café de la mañana y el vuelo celestino de vista de pájaro. Una melodía repetitiva que se ha cansado de sí misma. ¡Pum! A lo largo del conducto auditivo. ¡Pum! Idioteces de idiotas. ¡Pum! Una octava de distancia entre dos notas musicales. La palabrería de las gotas de agua que caen, una seguida de la otra, en el resumidero. Entones… de pronto… ¡Pum! La máscara y el fruto: la almendra cubierta de piel humana.

Sortilegio por las rosas

Olga de León G.

- Las rosas más hermosas, solo en los jardines cuidados por don Simón, puede usted mirarlas.

   Decía la mujer de mediana edad a otra que, pasando por la acera, se detuvo a saludarla mientras regaba sus plantas.

- Entonces, don Simón, ¿cuida de su jardín, doña Rosita?

- ¡Claro!, hija, si no, cómo las tendría yo sola, con tanto que hacer y tantos años y cansancio que ya cargo sobre mis espaldas.

- ¡Ay!, pero si a usted ni las canas se le ven, ni casi tiene arrugas…  Para vieja y cansada la que vive enfrente: mi patrona.

- Muchacha no digas esas cosas, sé agradecida con quien te da trabajo y te trata bien…

   A la semana de esta conversación, se supo que don Simón ya no volvería a ser el jardinero de la colonia, ni de los parques que el buen hombre cuidaba desde hacía cuatro décadas: el buen jardinero había fallecido la madrugada anterior.

- Y, ¿de qué murió?, preguntó doña Rosita a la mujer de Simón, cuando esta pasó a cobrar lo que algunos vecinos le debían por su trabajo. - No sabemos bien a bien, solo se embriagó un día de tanto oler las rosas y por la noche se quedó dormido y ya no despertó a la mañana siguiente. Toda su ropa de trabajo y la de dormir y hasta las sábanas de la cama, olían a rosas… y él amaneció no con el rictus de la muerte dibujado en su rostro, sino con una sonrisa: realmente de sortilegio. 

A partir de ese año, una semana después de que murió y la misma semana segunda de cada mes subsecuente, los rosales de la colonia y los jardines donde muchos años trabajó don Simón, amanecían podados, regados y con sus rosas hermosas como cuando él vivía. ¿Sería acaso, el espíritu del buen jardinero?

Trátalos como a espejismos

Olga de León

Si conoces el poema If (“Si”) de Rudyard Kipling, y puedes leerlo una y otra y otras muchas veces, hasta casi aprenderlo de memoria, sin que te sientas ni demasiado pequeño ni demasiado grande… 

      Si puedes penetrar con todo tu corazón y mente hasta la médula del sentimiento que despiertan en ti tus mejores sueños, sin que ellos te dominen, antes bien que tú los arropes, los transformes y hasta los abandones, si ellos te encadenan al pasado, al presente o a un futuro absolutamente incierto…

      Si viéndote joven ante tus mejores anhelos, te sientes viejo cuando pasas ante el espejo, no te fastidies la noche y duerme como si fueras un condenado a vivir dormido, pero despierta en cuanto sientas que la parca te jala las sábanas, que aún no es tu tiempo: ni de partir ni de claudicar a lo que te llegará tarde o temprano.  

      Si recuerdas quién eres, de dónde saliste y hacia dónde te diriges, y no pierdes el rumbo por el canto dulce de las sirenas griegas, que no te aman a ti sino a lo que de ti quieren.

      Si cuando sueñas te sientes confiado; tanto como cuando piensas y trabajas en tus proyectos, por pequeños que estos les parezcan a otros: lo que no deberá detenerte ni desmotivar, antes bien te impulsa a seguir adelante. Como que lo imposible no está fuera de tu alcance, sino en la mirada llena de envidia de quienes saben de lo que eres capaz: convertir en ficción una historia y crear historias con las vivencias propias o ajenas.

      Si ves el abismo y tu pasión no pretende imponerse la prueba de vencerlo, lanzándote hacia él confiado en tus alas y tu plumaje, sino antes bien, adviertes a otros del peligro y los ayudas a cruzar el pantano no como un ángel o demonio, sino como simple y llano humano… Entonces, tú, hijo, hermano, sobrino o amigo, eres un hombre.

      Pero, sobre todo, haz un credo con la frase de Kipling que tu padre te recordó un día: “al triunfo como al fracaso, trátalos como a dos impostores”, que son un simple espejismo. No pretendas emular a los ángeles ni te hundas en el infierno, solo eres humano, pero uno muy querido y grande para tus padres y hermanos.  



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