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Que no quede huella

Que no quede huella


Publicación:23-04-2022
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Cuando tuvimos la edad, hicimos fila, animados por el resto del grupo, para experimentar por primera vez La montaña rusa

La montaña de encaje blanco en el cielo poniente de la Ciudad de México se volvió costumbre del paisaje. Algunos la vimos nacer. Era 1964. Cuando tuvimos la edad, hicimos fila, animados por el resto del grupo, para experimentar por primera vez La montaña rusa. Era la Feria de Chapultepec, pero la Feria de Chapultepec era La montaña rusa. Todo lo demás resultaba secundario: El ratón loco, El martillo, La casa de los sustos, (que daba el pretexto para acercarte al chico que te gustaba). Pero La montaña rusa imponía. Antes de animarte a trepar en aquel convoy que subía lentamente acompañado de ruido de polea que anunciaba que, una vez llegado a la cima, no habría manera de detener aquella bajada a toda velocidad para volver a subir y otra vez bajar, la mirabas. Aquella estructura de listones de madera, parecida a las maquetas que hacíamos con palillos, vibraba como un instrumento musical, como un animal prehistórico vivo y comparsa de nuestra diversión chilanga. Pero había que subirse, y cobijarse con el temor o la temeridad de los demás. Algunos querían sentarse al frente; ser los primeros en enfrentar aquel descenso de trompicón que te dejaba sin aire y con el estómago en la garganta. Qué miedo la primera vez porque no sabías qué se sentía y tampoco te podías poner a llorar a los 13 años frente a tus amigos. Habías leído que no se permitía el acceso a personas con problemas cardiacos. Eso desbocaba tu propio corazón. Después de que descendían, con el pelo alborotado y mucha alegría o medio pálidos, los que te antecedieron en la fila, el carrito se movía hacia donde esperabas. Ni modo de echarte para atrás. Era una aventura colectiva. Ya teníamos la edad y la estatura para que nos dejaran subir. Las manos sudaban mientras te aferrabas al tubo del cual te detenías.

El ruido del ascenso es de matraca, de cadena de bicicleta atorada; es el esfuerzo porque el tren se eleve hasta el punto más alto. Has caminado por debajo de ella para recorrer la feria, la has divisado desde el Periférico, pero ahora estás en ella: todo muy nuevo como tu cuerpo de adolescente, tus hormonas, el atuendo que elegiste: los pantalones acampanados, la blusita amarrada arriba del ombligo y el pelo largo lacio. Una vez que el carro no puede subir más, el de adelante jala al resto pendiente abajo y el aliento se te va, y luego sube otra vez un promontorio menor y ya vas recuperando la respiración en un trecho plano cuando de nuevo la subida y el declive y una larga pendiente hasta el final del viaje. Los más valientes se vuelven a formar de inmediato. Tú necesitas recuperar el aire, pero te ha gustado esa aventura de lo incierto, esa velocidad, ese estar a merced de un cacharro mecánico desde donde dominas el poniente de tu ciudad.

Después de vivirla por dentro, La montaña rusa permanece como un referente; un recordatorio de que has crecido en el DF y cada vez que pasas a un costado de su silueta te sigue narrando el estreno de la adolescencia. Aunque la ciudad envejece y tú también, nunca pensaste que aquella falsa montaña, orografía del contento, podría desdibujarse y dejar un boquete en el horizonte y en la memoria de tus años felices. Menos mal que el pintor Boris Viskin la dejó plasmada en un óleo como un emblema solitario de una ciudad que no ha reconocido sus mojoneras sesenteras. ¿No debiera ser La montaña rusa un patrimonio indestructible, un emblema chilango con El ángel de la Independencia? Somos demasiado solemnes. Tomen fotos. No quedará huella de la montaña de encaje ni el eco de nuestros pasos jóvenes en la ciudad.



« Mónica Lavín »