Cultural Singularidades
Publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo

Publicación:18-07-2026
TEMA: #Evangelio #Jesús
Continuamos en el Evangelio de este Domingo XVI del tiempo ordinario la lectura del discurso en parábolas, que cubre casi todo el Capítulo XIII de San Mateo y que había sido introducido por la parábola del sembrador.
El discurso se anunciaba con estas palabras: «Jesús les habló muchas cosas en parábolas, diciendo: "Miren, salió un sembrador a sembrar..."». Ahora continúa así: «Otra parábola les propuso, diciendo: "El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo..."». El evangelista no sólo agrupa ocho parábolas de Jesús, sino que dentro de esta colección agrupa las que tienen que ver con la semilla y la siembra. Hemos leído la parábola del sembrador que tiene que ver con el tipo de terreno en que cae la semilla, culminando con la que cae en «terreno bueno» (ghe kalé) y produce fruto abundante. Esta segunda parábola tiene que ver, en cambio, con el tipo de semilla: «Sembró buena semilla (sperma kalón)». Y la siguiente, que leemos también este domingo, tiene que ver con la extraordinaria fuerza de crecimiento de la semilla: «Otra parábola les propuso: "El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es la más pequeña de todas las semillas, pero, cuando crece... se hace árbol..."». Esta desproporción entre la pequeña semilla y el grande árbol le sugiere la parábola semejante sobre la poca cantidad de levadura «que mete una mujer en tres medidas (3 sata = 45 lt. = 32 kg.) de harina hasta que fermenta todo».
Lo más llamativo de la serie de parábolas que siguen después de la del sembrador es la introducción: «El Reino de los Cielos es semejante a...». Pero quedamos desconcertados, porque vemos que se compara con las cosas más dispares y que poco se asemejan a un reino de cualquier tipo, tanto menos a un Reino del cielo. Si preguntamos, por ejemplo, ¿se parece el Reino de los cielos a un hombre que sembró buena semilla en su campo? La respuesta es: No. Para que rija la comparación tiene que venir un enemigo y sembrar cizaña entre el trigo. Pero tampoco esto basta; tienen que venir los siervos y proponer arrancar la cizaña y el señor del campo decirles que no, porque existe el peligro de que arranquen, junto con la cizaña, también el trigo, dado que en la etapa de crecimiento se confunden trigo y cizaña; hay que esperar hasta el tiempo de la siega y, entonces se distinguen y puede separarse la cizaña y echarla al fuego y el trigo guardarlo en el granero. Llegados a este punto, recién la semejanza rige. El Reino de los cielos se parece, entonces, a todo el desarrollo.
Este mismo procedimiento hay que usar con todas las otras parábolas de semejanza y, entonces, concluimos que el «Reino de los cielos», es una expresión que usó Jesús para revelar su propia Persona y lo que significa que el Hijo de Dios se haya hecho hombre y uno de nuestra historia. En efecto, debemos llegar a la conclusión a que llega el Catecismo: «El Reino de los cielos ha sido inaugurado en la tierra por Cristo. Se manifiesta a los hombres en las palabras, en las obras y en la presencia de Cristo. La Iglesia es el germen y el comienzo de este Reino. Sus llaves son confiadas a Pedro» (Catecismo N. 567). El Reino de los cielos es, entonces, la presencia de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, en este mundo y todo lo que esto implica y se manifiesta en su Iglesia. Por eso, San Pablo, que escribió sus cartas cuando ya Cristo había muerto y resucitado y ascendido al cielo, usa poco la expresión «Reino de los cielos» y se centra en lo que esa expresión significa, es decir, en su unión con Cristo hasta el punto de declarar: «Para mí el vivir es Cristo» (cf. Fil 1,21). El mismo Apóstol comprende que no puede tener esa unión con Cristo sin la Iglesia, en modo particular, sin Pedro (cf. Gal 1,18; 2,2). Fue San Pablo el primero que dio a la comunidad de los discípulos de Cristo el nombre de Iglesia (Ekklesía). La primera línea del Nuevo Testamento que se escribió es esta: «Pablo, Silvano y Timoteo a la Iglesia de los tesalonicenses en Dios Padre y en el Señor Jesús Cristo; gracia y paz a ustedes» (1Tes 1,1).
Es claro que esta agrupación de parábolas del Capítulo XIII de Mateo no es un discurso de Jesús, sino del evangelista, que quiere proveer de material a los que anuncian a Cristo. Ellos son enviados a anunciar la presencia de Cristo y su poder de salvación que opera en quienes lo acogen y, ya entonces, igual como lo hacemos nosotros veinte siglos después, no tienen otro modo de hacerlo que exponiendo la vida, los milagros, la enseñanza de Jesús. Aquí el evangelista los provee de una serie de parábolas de Jesús para ese fin.
Después de las parábolas que leemos hoy Jesús «despidió a la multitud y se fue a casa». Pero luego el evangelista agrega otras parábolas, obviamente pronunciadas en otra ocasión: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo...» (Mt 13,44). Se entiende esta agrupación, como decíamos, porque ya Jesús ha enviado a los Doce a la primera misión dirigida «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» y el anuncio que tienen que hacer se resume en estas palabras: «Vayan proclamando que el Reino de los Cielos está cerca» (cf. Mt 10,6-7). Por medio de estas parábolas de Jesús el evangelista les da el modo de responder a la pregunta: ¿Qué es el Reino de los cielos?
Habiendo expuesto ya cuatro parábolas el evangelista hace un resumen: «Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese el oráculo del profeta: "Abriré mi boca en parábolas, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo"». Se trata, en realidad, de un Salmo: «Abriré mi boca en parábolas, publicaré lo oculto desde antiguo» (Sal 78,2). Jesús cumple ese oráculo cuando nos manifiesta que nuestro mundo tendrá un fin y que en ese fin habrá un juicio: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; ... la siega es el fin del mundo... De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo... El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre». Vemos que esta revelación del fin se asemeja a la así llamadas «parábola del juicio final». ¿Por qué no agrupó el evangelista aquí también esa parábola? Esa parábola, que revela el fin, el juicio final, responde también al tema del último discurso de este Evangelio, el discurso escatológico, es decir, precisamente, sobre el fin. El evangelista consideró que esa parábola respondía mejor a ese tema y la incluye en ese discurso. Ambas parábolas, la de la cizaña en el campo y la del juicio final son propias de Mateo (no las encontramos ni en Marcos ni en Lucas) y el evangelista pudo ubicarlas donde él consideraba más oportuno.
Todas estas consideraciones ¿para qué sirven? Respondemos con las palabras del documento más importante sobre la Palabra de Dios que ha promulgado la Iglesia hasta ahora, a saber, la Constitución Apostólica «Dei Verbum» del Concilio Vaticano II: «Para que el intérprete de las Sagradas Escrituras comprenda lo que Dios quiso comunicarnos, debe investigar atentamente lo que los hagiógrafos intentaban significar» (DV, 12,1). El paso previo obligado para comprender «lo que Dios quiso comunicarnos» es «investigar lo que intentaban significar los hagiógrafos (los escritores sagrados)». Por eso, es importante saber la intención que tiene Mateo con esta disposición del material evangélico que él conocía. Si no se da este paso previo -conocer la mente del hagiógrafo-, el intérprete o el traductor termina proyectando sobre el texto bíblico su propia mente y de esta manera no pueden comprender lo que Dios quiso comunicarnos. En esto terminan todos los que se apartan de la interpretación auténtica de la Iglesia, a la cual ha encomendado el mismo Cristo esta misión en la persona de Pedro y sus Sucesores y en el Colegio de los Obispos con el Sucesor de Pedro a la cabeza (cf. Mt 16,18-19; 18,18).
Debemos agregar que el autor de este Evangelio no pudo ser el apóstol San Mateo. No es probable que el apóstol Mateo, que convivió diariamente con Jesús aproximadamente tres años, desde su bautismo por Juan hasta su Ascensión al cielo, no exprese en su Evangelio ninguna experiencia personal y se base en fuentes escritas por otros: el Evangelio de Marcos (que no fue uno de los Doce) y otra fuente que es hipotética, porque no disponemos de ella, pero, en cuanto puede ser reconstruida, estaba escrita también en griego. El autor es un cristiano de origen judío que conoce el griego y la Biblia griega (la LXX) y escribe para cristianos convertidos del judaísmo, como él, para demostrar que Jesús es quien cumple las profecías sobre el Cristo, que es el Hijo de Dios hecho hombre y que su misión de salvación es universal: «Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos...» (Mt 28,19).
« Felipe Bacarreza Rodríguez »




