Cultural Singularidades


Mt 10,37–42 Quien a ustedes recibe a mí me recibe

Mt 10,37–42 Quien a ustedes recibe a mí me recibe


Publicación:27-06-2026
++--

En el Evangelio de este Domingo XIII del tiempo ordinario seguimos leyendo y concluimos el discurso apostólico, que hemos leído, en sus partes principales, en los dos domingos anteriores.

En esta parte del discurso Jesús adopta el estilo de la casuística judía indicando tres casos que, a modo de versos de una estrofa, tienen la misma conclusión: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; el que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí». Digamos inmediatamente que, en este último caso, se trata de amar a Jesús más que la propia vida, hasta el extremo de seguirlo en una muerte como la suya, muerte de cruz. A este extremo había llegado San Pablo y lo expresa así: «Estoy crucificado con Cristo (con-crucificado) y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (cf. Gal 2,19.20). A este extremo llamaba Jesús a San Pedro, cuando le dirige esta última palabra: «Tú, sigueme» y, de esta manera, como explica el evangelista, «indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios» (cf. Jn 21,19.22). Lo expresa Jesús en la frase siguiente: «El que entregue su vida por mí, la encontrará».

Observamos que el verbo usado por Jesús para expresar la relación con Él no es el verbo griego «agapao» de donde procede el sustantivo «agape» (amor), sino el verbo «fileo» de donde procede el sustantivo «filía» (amistad). El verbo «agapao» lo usa Jesús para expresar el amor universal, a todo hombre y mujer, incluso a los enemigos y lejanos: «Este es el mandamiento mío: que ustedes se amen unos a otros, como Yo los he amado... amen a sus enemigos...» (cf. Jn 13,34-35; 15,12; Mt 5,44). En cambio, el sustantivo «filos» lo usa Jesús para aplicarlo a sus discípulos: «A ustedes los he llamado "amigos" (filoi), porque todo lo que he oído a mi Padre lo he dado a conocer a ustedes» (cf. Jn 15,15) y es la pregunta que hace Jesús a Pedro la tercera vez para verificar su amistad, después de que éste lo negara y lo dejara solo ante sus verdugos: «¿Me quieres (fileis me)?». Pedro las tres veces responde pretendiendo su amistad: «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero» (cf. Jn 21,15.16.17).

Observamos también que en la casuística indicada por Jesús se trata de una comparación: «querer más». De ninguna manera insinúa Jesús que no haya que amar mucho, querer mucho, al padre y a la madre, al hijo y a la hija y la propia vida terrena, que es un don de Dios. Los casos indicados por Jesús rigen, cuando esos amores entran en conflicto con la amistad de Jesús; cuando por amar al padre o a la madre, al hijo o a la hija, se posterga a Jesús o, peor aún, se niega a Jesús. Los versículos anteriores explican por qué Jesús se pone en esos casos: «No piensen que he venido a traer paz a la tierra... he venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; enemigos del hombre son los de su casa» (cf. Mt 10,34-36).

Desgraciadamente, el conflicto con los de la propia casa por causa de Jesús y su Evangelio (cf. Mc 8,35) puede ocurrir. Por eso, advierte Jesús a sus discípulos sobre esa situación. Lo sufrió el santo que tuvo una amistad tan estrecha con Jesús que recibió sus mismos estigmas, a saber, San Francisco de Asís (1182-1226). Cuando él, siendo joven, se entregó a Jesús en la pobreza y el amor a los pobres, su padre, Bernardone, lo desheredó y entonces, repudiado por su propio padre, ante el Obispo Guido de Asís y el pueblo, devolviendo a su padre todo lo que tenía de él, hasta sus vestidos, declaró: «Hasta ahora te he llamado padre en la tierra; pero, desde ahora en adelante solamente diré: "Padre nuestro, que estás en el cielo"». Los casos en la historia se pueden multiplicar llegando incluso al extremo de Santa Bárbara de Nicomedia, actual Turquía (273-306), que fue decapitada por su propio padre por su condición de cristiana.

Jesús indica tres situaciones que harían al ser humano indigno de Él: «No es digno de mí», de tenerme a mí por amigo. Nos preguntamos: ¿Qué tiene que hacer el hombre o la mujer para hacerse digno de su amistad, para merecer su amistad? ¿En qué caso diría Jesús: «Es digno de mí»? Considerando quién es Jesús, que su Persona es divina -que es Dios-, es claro que nada que pueda hacer el hombre alcanza ese efecto; la amistad con Cristo es puro don; es un don gratuito que Él nos hace de su amor. Con este fin Él, «siendo de condición divina, se despojó de sí mismo y tomó la condición de esclavo» (cf. Fil 2,6.7), que es la nuestra, para tener ese trato de amistad con nosotros. Lo único que cabe al ser humano es acoger esta gracia, agradecerla a Dios «siempre y en todo lugar» y no hacer algo que nos haga indignos de Jesús.

Jesús eleva al apóstol, al enviado por Él para anunciar su Evangelio, a un altísimo nivel: «Quien a ustedes recibe, a mí me recibe». Si no lo hubiera declarado Jesús, nadie se habría atrevido a presumir semejante identificación. Pero la cadena no termina allí; llega a un nivel aún más alto: «El que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado». ¡Rechazar a un apóstol es rechazar a Dios mismo! Esta misma cadena la expresa Jesús resucitado en sentido descendente, cuando sopla sobre sus apóstoles y les dice: «Como el Padre me envió a mí, así los envío Yo a ustedes» (cf. Jn 20,21.22). El mensaje de salvación que los enviados anuncian y realizan, por medio de los Sacramentos, tiene su origen en Dios y su meta es la unión del ser humano con Dios mismo. Para acoger a Jesús es necesario acoger a sus enviados y entonces se cumple la meta, como lo expresa San Juan en el prólogo de su Evangelio: «A cuantos lo recibieron -la Palabra encarnada- les dio el poder llegar a ser hijos de Dios» (cf. Jn 1,12).

Cualquier colaboración a esta misión de dimensión infinita -hemos visto cuál es su origen y cuál la finalidad- tendrá una recompensa de parte de Dios mismo. Con su modo concreto y gráfico de enseñar, Jesús toma lo menos valioso que se le ocurre -un vaso de agua- y lo eleva a un nivel infinito, a saber, la recompensa de Dios: «El que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, en verdad les digo que no perderá su recompensa». Los cristianos tienen muchos modos de colaborar a la misión encomendada por Jesús a sus apóstoles. El primero y más eficaz de estos modos es el testimonio de vida y la palabra. Pero también, en el caso de los fieles católicos, financiando las actividades de la Iglesia Católica, mediante el «dinero del culto», actualmente llamado «Contribución a la Iglesia», CALI. No perderán su recompensa.

El discurso apostólico había empezado, después del llamado a los Doce con la frase: «A estos doce envió Jesús, después de darles estas instrucciones...» (cf. Mt 10,5), y sigue el discurso. La frase siguiente, después de la lectura del Evangelio de este domingo expresa la conclusión de ese discurso y el comienzo de una sección narrativa: «Cuando acabó Jesús de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades» (Mt 11,1). Tal vez este versículo pudo haber quedado dentro del Capítulo 10 (Mt 10,43), de manera que sea claro para el lector dónde comienza el discurso y dónde termina. El que dividió el Evangelio en capítulos fue Esteban Langton (1150-1228), teólogo católico, Arzobispo de Canterbury. En este punto no captó del todo la mente del autor, que siendo judío usa el procedimiento de la «inclusión», que consiste en dejar el discurso «incluido» entre dos menciones del mismo punto, en este caso, «las instrucciones a sus doce discípulos». El texto griego original no estaba dividido en capítulos y versículos y, en cambio, usaba ese procedimiento literario.

 



« Felipe Bacarreza Rodríguez »
Te podria interesar


Otras Noticias