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La incansable soledad

Publicación:01-03-2026
TEMA: #Agora
El entretenimiento se abarató o debería decir, se democratizó
Un monstruo anda suelto
Olga de León G.
... Y vive en cada hogar, en la vida y la mente de un gran número de los habitantes de cada ciudad o pueblo del mundo entero. La mayoría de ellos con no muchos estudios y un nivel cultural más bien bajo o medio, por lo general. Sin embargo, no puede decirse que todas las personas cultas o con un nivel de estudios y conocimientos superiores escapan al embrujo del Monstruo de la era moderna.
Sus creadores han sido muy inteligentes: lo hicieron auto regenerativo, ad hoc al desarrollo y evolución o revolución de los humanos y le dieron mecanismos tanto de inteligencia artificial como de sensibilidad; y es adaptable a la ciencia, las artes y las emociones humanas.
Series, noticieros, caricaturas, inteligencia artificial, dramas o tragedias, comedias, musicales y películas diversas son la materia gris de la que está hecho este monstruo moderno. La política, la ideología propia, la ética y la moral, hábitos alimenticios, diversión insulsa, religión o fetichismo, conocimiento inducido e interesado, entre otros renglones, los distribuye y proporciona sin ninguna restricción la televisión, a través de sus compañías televisoras. Todo está a la mano del televidente. El entretenimiento se abarató o debería decir, se democratizó.
Cuando se ha llegado a la tercera edad, a viejo o casi viejo, y además con algunos padecimientos que limitan nuestra independencia y movilidad, el que suelo llamar "aparatejo que idiotiza" se convierte en la mejor compañía de la soledad, o un sujeto que nos evita caer de plano en ella y quedar totalmente aislados.
Muchas veces, me siento a tomar una taza de café frente a la televisión y, desde luego, la enciendo; aun a sabiendas de que seguramente no encontraré algo digno de ser visto, algo interesante, algo que justifique las dos o más horas de que dispondré para estar allí, sujeta y supeditada a la programación del día, pues ya tengo comprobado que nada con tales características, hallaré. Entonces, ¿por qué lo hago?: para tener compañía y por si acaso o de milagro, aparece algo de mi interés. Generalmente, en un noventa y nueve por ciento de veces, no sucede. Así que me la paso dándole vuelta a los canales, inútilmente.
Y, qué es lo que puedo encontrar: noticias (por lo general amarillistas o de poco interés). Alguna película vieja, la que ya he visto por lo menos una decena de veces, aunque nunca completa. No, definitivamente, pagamos por ver basura o no ver nada... Tal vez, por mantener conexión con Internet...
Me gusta alguna serie, pero no es rentable, pues no siempre tengo disponibilidad para verla con continuidad. El teléfono que nos proporciona, incluido en el pago mensual la compañía contratada, no lo usamos... Entonces, me pregunto: ¿por qué no cancelo tal servicio?
El Monstruo me ha atrapado y soy su rehén. ¿Por qué no leo más? Mi visión tiene aún problemas. Creo que deberíamos exigir un mejor servicio de distribución y proyección de películas. Tener acceso a más calidad y diversidad... Bastante cobran por mantenernos prisioneros de su basura. Algo hay qué hacer.
Curiosa y afortunadamente, mis hijos no ven televisión, y mi hija siendo la única que tiene una hijita, no permite que su niña vea televisión. Continuó con las enseñanzas de casa. Mi hijo, ni soñar que se sentaría a ver ese aparatejo que idiotiza. Tiene tan ocupado todo su tempo que no lo pierde ahí. Me da mucho gusto que así sean sus vidas.
¿Qué les estamos heredando a los jóvenes de ahora? Todo está hecho para que consuman violencia y más violencia y que se familiaricen con lo más degradante y despreciable del mundo, a través de vivir historias, reales o ficticias plagadas de mentiras y violencia.
¿Quién o quiénes se benefician de todo lo que las compañías talevisoras proyectan y meten en las mentes de los espectadores y en los hogares, donde les permitimos entrar? Ellas, por supuesto, y los sistemas gubernamentales, tanto como las empresas coludidas en tal negocio. Están forjando una camada de ciudadanos conformistas y poco racionales, dispuestos a consumir cuanto se les da.
Pero, claro que, luego vendrán las consecuencias. Y, ¿quiénes las enfrentarán? Ustedes, todos lo sabemos. Rompamos ya con este círculo vicioso. Preparemos más a las futuras generaciones, démosles las armas que podrán usar a su favor y las de una sociedad libre y pensante. Más libros, no importa si los leen en papel o en línea -lo óptimo será la primera opción-, más niveles académicos, mejores empleos para ellos o fórmulas de autoempleo; más cultura y arte... El mundo debe unirse contra los sistemas totalitarios y discriminatorios.
Un monstruo anda suelto, sí; pero ya identificado: ¡No dejemos que nos idiotice!
El desabasto generalizado
Carlos A. Ponzio de León
Con mi familia: mi Padre, mi Madre y mi hermana, solo hubo un viaje de vacaciones en la vida. El dinero no alcanzó para más. Para mi Madre fue una gran emoción anunciarnos, a sus hijos, que finalmente tendríamos un viaje de vacaciones. Yo debía tener entre nueve y once años, calculo ahora. Mi hermana, tres años menos. Mis padres, treinta y seis, treinta y ocho. Me parece que viajamos en autobús de Monterrey a la Ciudad de México, mil kilómetros de trayecto. Llegamos por la noche a la ciudad y dormimos en un hotel cercano a la central de autobuses. A mi Padre no le respetaron la reservación de hotel, así es que tuvimos que caminar y encontrar lugar en otro hotel cercano. Por la mañana tomamos un taxi que nos dejó en el aeropuerto y abordamos un vuelo de veinte minutos que aterrizó en Acapulco.
Mi emoción de conocer el mar fue mayúscula. Visitamos varias playas, vimos a los clavadistas de La Quebrada, estuvimos en la Isla Roqueta, comimos mariscos en algunos restaurantes, entre otras cosas. Probablemente la estancia duró unos cinco o seis días. Fue gracias a alguna promoción de un hotel de lujo. Cenábamos en la habitación del hotel: sándwiches, me parece. Probablemente también comíamos ahí algunos días... y desayunábamos.
La oferta traía un compromiso: que la familia conociéramos el sistema de estancias del hotel. Así es que uno de aquellos días de vacaciones lo gastamos frente a una vendedora del sistema de alquiler, quien nos paseó por varios hoteles de la cadena y nos mostró sus habitaciones. Mis pobres padres no pudieron zafarse del compromiso y sus hijos la sufrimos: Todo el santo día escuchando los beneficios de comprometerse a gastar una millonada, por adelantado, más la adquisición de un crédito, para comprometerse a gastar las vacaciones en Acapulco, una vez al año. Mis Padres, naturalmente, no tenían dinero para eso. Es uno de mis más grandes recuerdos de Acapulco. Me marcó para siempre. Jamás me ha interesado gastar ni medio minuto de mi tiempo con un vendedor. Tal vez por eso, tampoco me interesa mucho el dinero. No me gusta ir a las tiendas a comprar cosas.
Recuerdo también una fotografía que nos tomó mi Padre, en el balcón del cuarto de hotel, a mi Madre, mi hermana y a mí. Y por supuesto, no puedo olvidar mi primer día en la alberca: anduve en el tobogán y por poco me mato: casi me salgo del tubo en una curva. Pero el recuerdo más marcado de ese día es la quemada de piel que me di con el sol. No podía dormir en la noche por lo ardido de la piel. Desde entonces, cada vez que voy a la playa, soy muy cuidadoso con el uso del protector solar. Nunca me falta, siempre me sobra y cuando he ido a la playa solo, no batallo en encontrar a alguien, por ahí, que me cubra la espalda con la crema.
Acapulco fue mi primera playa, me parece; o tal vez no, quizás hay un antecedente en la Isla del Padre, unas vacaciones en las que acompañé a una tía a visitar a una amiga, en McAllen. Fue un encuentro pequeño con el mar. La mayor parte del tiempo lo gasté en casa de la amiga de mi tía, jugando con su hijo. Un chico que hablaba inglés y un poco de español, y cuyo padre solo hablaba inglés. Así es que cuando corrí desde la alberca de plástico situada en el jardín de la casa, al interior de la casa, para explicarle a alguien que habían llegado varios niños, todos mayores que nosotros, a destruir la alberca de plástico, me encontré con el padre del chico y no pude hacerme entender, por más que hablaba y santo y seña que daba. Para cuando regresé, la alberquita estaba hecha garras.
En ese viaje visitamos algún Mall con jugueterías. Imposible olvidar que compré varios carritos de plástico, miniaturas de la serie Los Dukes de Hazzard. Conseguí el convertible de lujo del villano Boss Hogg, así como el General Lee: un Dodge Charger de 1969, color naranja brillante, con el número 01 pintado en las puertas soldadas, lo que obligaba a los héroes a entrar y salir del auto por las ventanas. Tenía un claxon que tocaba "Dixie" y un motor que alcanzaba los 200 km/h.
Mucho años después supe que se emplearon, durante los seis años que duró la serie, más de 300 autos en las filmaciones, porque cada unidad quedaba destruida con las acrobacias.
Esos fueron mis primeros dos encuentros con el mar. Siempre hubo algo más allá de la playa y la arena, como siempre lo hay cuando se habla del mar.
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