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La epicúrea razón

La epicúrea razón


Publicación:15-02-2026
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Salvación a medias

Carlos A. Ponzio de León

C deslizaba suavemente la pantalla de su celular, deteniéndose en publicaciones que prometían enseñar algo: una frase de sabiduría, una ecuación de física o quizás una fórmula química. Entre las recomendaciones de amistad de la red, apareció una chica que parecía atractiva: pelirroja, de cabello largo y chino y que le tapaba más de la mitad de su rostro. C indagó. Era delgada, veinticinco años menor que él y al parecer tocaba la guitarra. Vivían en la misma ciudad y compartían algunas amistades en las redes. C le escribió un mensaje diciendo "Hola". Comenzó la conversación.

Ella había abandonado sus estudios de licenciatura en guitarra clásica y ahora tocaba, de vez en cuando, la guitarra eléctrica con un grupo. C le dijo: "La vida está llena de cosas que hay que abandonar. Me has hecho recordar que yo dejé la carrera de piano y esa fue una de las mejores decisiones que tomé en la vida. Aunque mi gran pasión siempre fue la música; tenía que regresar a ella de otras maneras. No había otro camino".

Pasaron cinco días y ella no respondió a su mensaje. Él insistió: "Me gustaría conocerte. Quisiera invitarte a comer o cenar un día de estos. ¿Puedo?" Ella respondió rápidamente: "No creo, gracias". El mensaje había sido honesto de ambas partes: Él solo quería conocerla. Ella se negó.

("Tiene novio, por eso no se atreve"). C dejó pasar el asunto sin darle mayor importancia. Pero pasaron algunos días para cuando comenzaron a aparecer las nuevas publicaciones en las redes, de ella. A C le sorprendieron inmediatamente, en su celular. El novio de aquella chica había enfermado y estaba siendo hospitalizado. Al día siguiente, las publicaciones comenzaron a aparecer dos o tres veces al día. Hablaban sobre lo difícil que era la situación que ambos estaba viviendo: Ella pasaba días y noches en el hospital, no dormía y no tenían dinero para pagar los gastos de hospitalización. ("¿Señor?". "El novio es el impedimento, C".).

C sabía perfectamente que la ira de Dios es implacable. Comenzó a buscar a otra chica quien pudiera sentarse a platicar con él, alguien con quién tomar un té, un café, pero no aparecieron candidatas en su celular. Las publicaciones de aquella joven, en el hospital, continuaron. El novio empeoraba y ella estaba rifando su guitarra de veinte mil pesos para tratar de cubrir los gastos hospitalarios, que para ese momento ya ascendían a cincuenta mil pesos. Se trataba de una pareja que ganaba quince mil pesos mensuales, principalmente por los ingresos de él, que en ese momento no estaba laborando, evidentemente.

La posibilidad de tener que intubar al chico crecía de un día al otro. La bronquitis arreciaba y la bacteria crecía. (¿Qué hago con él, C?". "No dejes en mi la decisión, Señor". "A ti te corresponde, pero te advierto que YO aún no estoy servido".).

Las horas en el hospital eran un grito interminable de máquinas y pasos apagados que retumbaban en los tímpanos. Ella se aferraba a la mano, cada vez más fría, de su amado, sintiendo cómo la vida se le escapaba en alientos desesperados. La esperanza se desmoronaba con cada cifra monetaria que aumentaba en la cuenta, convirtiendo el amor en un duelo anticipado, una despedida lenta y cruel. Sus ojos, agotados por noches sin sueño, buscaban algún milagro entre luces pálidas y rostros indiferentes. Pero la realidad pesaba, inmensa e implacable, mientras su mundo se reducía al espacio estrecho de una cama y un último latido. Ella sabía, porque su voz interior se lo repetía constantemente, que lo que estaba viviendo era responsabilidad suya. "¿A quién le rompí el corazón?".

El aroma del café nunca había sido tan amargo. Se arrepentía. La invitación fue sencilla, casi trivial, pero ella la rechazó con una indiferencia que ahora le pesaba en el pecho. Se preguntaba qué habría sucedido si hubiera dicho que sí, si hubiera cruzado aquella puerta y compartido una tarde en lugar de quedarse atrapada en la rutina. La duda era un fantasma que la perseguía recorriendo las paredes blancas que rodeaban la cama de hospital de su amado, un reloj sin manecillas que se burlaban de su deseo de retroceder. Ahora era demasiado tarde y solo le quedaba imaginar aquel encuentro perdido en la bruma de lo que nunca fue.

C constataba la situación desesperada de la chica con cada publicación en redes. ("Estoy servido, C. ¿Qué hago con él? Si vive, van a tener que vender el auto para saldar la deuda. ¿O la libero a ella de ese gasto y que la familia incurra en los del funeral?". "Déjalo vivir, Señor, por favor Ten Piedad de ambos". "De acuerdo, C, pero pierden el regalo que les tenías preparado".).

Inquietud desconcertante

Carlos A. Ponzio de León

Agustín vivía con su familia en un pequeño pueblo rodeado de montañas, protegidos de huracanes por los altos muros con árboles que circundaban el poblado. Su madre, dedicada a los asuntos del hogar, tenía la comida lista a sus horas. Si el niño, absorto en sus juegos, desaparecía de las cercanías visibles de la casa, ella lo notaba de inmediato y salía a buscarlo, dando gritos hasta encontrarlo. Su padre pasaba muchas horas con él durante los fines de semana, enseñándole a atrapar una pelota de béisbol con el guante y a batear. Él mismo era un carpintero hábil: le enseñó al niño a trabajar la madera. Juntos construyeron una mesa donde fijaron las vías de un tren eléctrico de juguete. Su madre, una talentosa cocinera, le mostraba los secretos de combinar alimentos y su cocimiento.

Poco a poco, la vida en el pueblo fue haciéndose cada vez más difícil, la gente abandonaba sus hogares en busca de un mejor futuro en la ciudad. Un día, el poblado se quedó sin panadero, sin lechero y sin algunas otras cosas necesarias para la vida. Los padres de Agustín decidieron hacer lo mismo: mudarse a la ciudad en busca de mejores oportunidades. Desde el principio, todo transcurrió muy bien. Agustín se adaptó rápidamente a su nueva escuela y comenzó a hacer nuevos amigos. Pero pronto, las condiciones de los padres en el trabajo fueron abrumadoras y comenzaron a pasar menos tiempo con el niño.

Los padres de Agustín dejaron de tenerle la misma paciencia y cariño de antes. Las promesas de pasar tiempo juntos se rompían constantemente y las palabras de aliento se volvieron escasas. Agustín comenzó a obtener malas notas en la escuela y en casa no tenía nadie quien le ayudara. El niño empezó a sentirse solo. Cuando intentaba hablar con sus padres sobre sobre sus problemas, no obtenía respuestas. Ellos, cansados y estresados, dejaron de prestarle la atención que necesitaba.

Agustín se volvió más reservado y comenzó a buscar consuelo en sus amigos y en sus pasatiempos, entre ellos, algunos nuevos, como el fútbol. Un día escapó de la escuela y fue a meterse a una tienda de deportes. Se maravilló ante la cantidad de balones que encontró y los artículos deportivos tan variados. Los padres no notaron que Agustín se perdía durante horas sin llegar a casa.

Hasta que un día, arribó un visitante a la tienda, quien se dio cuenta de la consistencia con la que el niño acudía al lugar. Comenzó a sacarle plática. Interesado, le hizo preguntas sobre sus pasatiempos, sus padres, la escuela y sus amigos. Muy pronto, el adulto se ganó la confianza del niño y decidió invitarlo al cine, a ver una película infantil que se proyectaba en una sala, lejos de ahí, pero cerca de un parque. El niño aceptó entusiasmado.

Llegaron a las puertas de un centro comercial en taxi e ingresaron. Se dirigieron al cine. Hubo que subir escaleras eléctricas. El hombre se ofreció a comprarle palomitas y un refresco. Agustín estaba encantado. Caminaron a la sala y ubicaron sus asientos: en la última fila, hasta arriba, donde nadie podría verlos. Para cuando se apagaron las luces, Agustín ya había acabado con la mitad de las palomitas y casi todo el refresco. Comenzó la función.

Inmediatamente, el hombre acercó su rodilla a la pierna del niño y a los pocos minutos colocó su mano sobre el muslo del muchachito. El hombre concluyó el delito. Era notorio, al final de la película, que Agustín había llorado. El adulto le limpió la cara con el dorso de sus manos. En silencio, regresaron a la tienda de deportes y ahí se despidieron.

Los padres de Agustín nunca supieron en qué momento habían perdido la confianza de su hijo. Fueron conscientes de ello cuando recibieron los llamados de la escuela por la mala conducta de Agustín. Los padres no sabían cómo, pero intentaron recuperar la confianza de su hijo, y Agustín ya no pudo olvidar aquellas veces en que se sintió ignorado y desatendido.

En algún momento de su adultez, Agustín encontró la fuerza para seguir adelante. Pero nunca aprendió a confiar en sí mismo y a valorar las relaciones que realmente le aportaban felicidad y apoyo. El tiempo pasó y sus padres nunca comprendieron la importancia de estar presentes en la vida de su hijo, pero trabajaron arduamente para reconstruir la relación que no supieron en qué momento se les fue de las manos.

Treinta años después, Agustín comprendió la lección de aquel difícil período en su vida. La confianza es frágil y una vez rota, es difícil de reparar. Sin embargo, también aprendió que el amor y la comprensión pueden sanar las heridas más profundas de la vida.

 

 



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