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La conmiseración del núcleo

La conmiseración del núcleo


Publicación:11-01-2026
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Habrá mejores momentos para pensar y escribir recitando refranes y clichés

La vacante esperada.

Carlos A. Ponzio de León

Habían pasado veinte años. No nos veíamos desde meses después de nuestro divorcio, cuando teníamos veinticinco años. Habíamos hablado por teléfono en un par de ocasiones, luego de mi regreso a México. Cada cinco o seis años nos poníamos al tanto de nuestras vidas: yo la buscaba por teléfono en su oficina. No tenía la madurez para contarlo a mis parejas; más bien lo mantenía en secreto. 

Me encontraba en la cima del estrés profesional, en uno de los trabajos más peligrosos que hube de tener en la Ciudad de México, comenzando un noviazgo con una chica once años menor que yo y quien pronto habría de convertirse en mi tercera esposa. Pero en ese momento no lo sabía. 

Viajaba en Uber, en dirección a un restaurante de comida italiana cerca del trabajo, al sur de la ciudad. Llegué puntual, a las dos de la tarde. Diana no había arribado. Ordené un tequila y una cerveza. Ella llegó a los veinte minutos. Le pregunté si deseaba que pidiéramos una botella de vino. Yo elegí la uva y la casa vinícola. El mesero regresó pronto y descorchó el envase. Sirvió, observé y olí y le pedí que terminara la faena.

"¿Qué ha sido de tu vida?", fue lo primero que preguntó. Le conté de la Sinfónica de Minería, mi pintura, de Hostal Mercedes Av., del saxofón y el jazz y todo lo demás. No dejé de mencionar la Memoria que había publicado. "¡Claro, la leí!", me dijo carcajeando con su risa más o menos burlona y cínica. Había yo estado insistiéndole que lo hiciera durante semanas, antes de nuestro encuentro, pero se rehusaba; o al menos eso me decía. ¿Quién lee el libro que le escribió su exmarido a otra mujer?

Volvimos al tema de la obra sinfónica. Traía yo en mi teléfono la rudimentaria grabación que había logrado obtener con un celular. Se la puse en el oído; completa. Siete minutos de música heroica, épica. "¡Guau!". A las dos horas ya estábamos un poco ebrios. "Hay algo que no he podido decirte en todos estos años", me dijo haciendo un silencio.

Luego del primer año de doctorado había sufrido un evento psicótico. Estábamos casados, viviendo en Cambridge, Estados Unidos. Diana pensó que yo no podía con los estudios. En plena crisis, me propuso que regresáramos a México, que abandonara yo mi sueño de realizar un doctorado en Harvard. Enloquecí. El matrimonio se fue por el hoyo que comenzaba a zanjarse desde hacía semanas. Terminé el semestre y regresamos a Monterrey. Ella decidió irse a la Ciudad de México, a su antiguo trabajo. Antes, le pedí que nos divorciáramos. Estuvo de acuerdo.

Yo regresé a Harvard y finalmente obtuve el grado. Pero aquel día, veinte años después, en el restaurante, me dijo: "Siento mucho no haber estado a la altura". Me solté a llorar como una niña de cinco años a quien le han robado su muñeca.

No regresamos a la oficina en toda la tarde; continuamos la fiesta. Cerca de las diez de la noche, Diana me dijo: "Un día le voy a confesar a mi hija que el amor de mi vida no fue su papá". Me quedé quieto, frío. "Le voy a contar de ti". Traté de balbucear algo significativo, no daba crédito. Tuve que preguntarle: "¿Por qué le vas a decir eso?".

"Porque no quiero que un día llegue un cabrón y le rompa el corazón".

Seguí perplejo.

Sonó mi celular. Era mi pareja, mi novia en ese momento. Dobló el estrés. "Si quieres contéstale", me dijo Diana, tranquila. Dejé que el teléfono timbrara. Era la hora en que hablaba con mi novia, al final del día. Cuando el aparato calló, le escribí un mensaje avisando que estaba ocupado, que aún no llegaba al departamento.

Diana y yo no nos habíamos dado ni siquiera un beso en esas ocho horas que llevábamos juntos, el uno junto al otro en la mesa del restaurante; pero para ese momento yo ya deseaba hacerle el amor. "Mi hija está en el departamento; no puedo esta noche", me dijo. No habría otra noche para ello.

Me gustaría decir que en las bocinas del lugar se escuchaba "Peter", con Taylor Swift. Pero sería mentira. Aún faltaban cinco años para que esa canción se publicara en plataformas digitales. Habíamos tenido una canción que nos gustaba cundo éramos novios universitarios: "What´s Up?", con 4 Non Blondes. Por destino, fue la canción que se escuchó una y otra vez, la primera vez que hicimos el amor.

Pedimos nuestros taxis. La encaminé, abrí la puerta de su auto y la despedí. La vi alejarse, preguntándome si en verdad le rompería el corazón a su hija para evitar que alguien más lo hiciera.

Clichés, ¿fórmulas para la vida?

Olga de León G.

"No trates de entender la vida. Tan solo vívela y disfrútala", hija, me dijo hace muchos años una buena señora quien, por entonces, ella tendría poco más de sesenta años. 

Esa frase, yo la guardé en mi diario y la usé frecuentemente; en especial, cuando quería infundirle ánimos y esperanza a alguien que no veía ni la salida ni un final próximo a sus problemas cotidianos.  

Un buen día, a Doña Mary se le ocurre enviar una postal que recibió con dicho mensaje a su familia y algunas cercanas amistades, añadiéndole (de su propia cosecha): "esta, ahora es mi filosofía de vida". Doña Mary estaba feliz, pues ese día había sido uno muy especial y de los mejores de su vida.

Tenía plena conciencia de lo que entonces hizo: No era una mujer muy estudiada, pero le gustaba leer y aprendía fácilmente de algunas lecturas. Lo hizo en un arranque de emotivo entusiasmo, dados los acontecimientos que ese día vivió. Incluso, dicho por ella misma, ese fue uno de los mejores días de su vida, como que ver la armonía y buena disposición entre los hermanos (sus hijos) y compartir con ellos momentos de felicidad, como ya hacía falta que sucedieran, fue un detonador de paz y alegría en el corazón de esa madre, educada "a la antigua", llena de fe y esperanza en que todo solo puede ser mejor hoy y mañana, y pensaba -y yo con ella- que así sería por siempre si nos enfocamos en ser menos críticos y no jueces, sino empáticos y considerados... En una palabra, añadí: ¡humanos!: "Ponerse en los zapatos del otro". Ándale, exactamente así.

Tus hijos aún están pequeños, ahorita todo es más fácil... difícil cuando crecen... a ratos a uno de ellos se le olvida que son hermanos y si no sabe perdonar, o simplemente dejar en el pasado lo desagradable, entonces las fricciones serán muy malas. Pero, bueno, hija (me dijo), no tendrá que ser así, a ti no tiene que pasarte igual que a mí.

Para este momento de mi ensoñación o recuerdo de aquella sabia mujer, yo ya estaba tratando de bordar este texto con más cliché: me lo había propuesto. 

Reconozco, como me dijo alguien: La vida no siempre tiene sentido -si lo sabremos nosotros, los de esta generación-; y no sigue un guion que uno pueda descifrar. Quizás sea por esto, que la vida es más fácil vivirla, que tratar de explicarla.  

Quizá sea parte de la formación similar, o quizá, más probablemente, sea parte de la evolución humana. Donde la habilidad de cada uno nos habilita a hacer predicciones que nos guían a hacer más llevadera la vida. Sin embargo, no hay fórmula matemática que nos diga, cómo vivir.

Por otro lado, me viene a la mente una frase de Kierkegaard: "La vida no es un problema que debe ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada". Y el efecto sorpresa que conlleva vivir, en realidad, es la magia del hecho mismo, el cual no es predecible: he aquí la magia y el efecto sorpresa.

Vivimos inmersos en un maremoto de clichés, a veces más coloquiales que ilustrados. Pero también, el pensamiento filosófico y el literario tienen los suyos. Nadie -o casi nadie- escapamos de caer en su uso más o menos repetitivo. En lo personal no estoy peleada con ellos, por el contrario, los disfruto y a veces los contradigo, al fin espíritu rebelde e insumiso. El poema "A Gloria" de Salvador Días Mirón está construido sobre clichés, baste un botón: "...Hay aves que cruzan el pantano y no se manchan; mi plumaje es de esos". O el del intrépido que le gusta exponerse a los límites: "El ave canta aunque la rama cruja, como que sabe lo que son sus alas".

O los que se leen en la Biblia, o son coloquiales: "Al que madruga, Dios lo ayuda" (En este momento, no me encanta, porque estoy en etapa de ave nocturna). "A Dios rogando y con el mazo dando", me parece excelente. Tendré que dejar mi propósito inconcluso, porque clichés hay demasiados y el tiempo para enviar ni texto se me agota.

Habrá mejores momentos para pensar y escribir recitando refranes y clichés. Por hoy, he de concluir. Quedo en deuda para otro domingo.

 

 



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