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El tiempo y sus distancias

El tiempo y sus distancias


Publicación:18-04-2020
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El sonido del bar parecía un costal de semillas a punto de germinar

El huracán en la pecera

Carlos A. Ponzio de León

     

      Era el turno para Tony. Entró al escenario y se dirigió directo al piano sin agradecer los aplausos. El sonido del bar parecía un costal de semillas a punto de germinar. El resto de la banda ya estaba en su lugar. La gente observaba y se encontraba ahí por una misma razón: escuchar a Tony. Cada uno de los presentes deseaba, de alguna manera, una forma alternativa de vida. Y Tony y el grupo les facilitaban imaginar que eran dueños de ella durante un par de horas. Lo que nadie, ni ahí ni en ningún otro lado sospechaba, era que Tony se encontraba exactamente en la misma posición que ellos. Pero él se las ingeniaba para soñar mientras tocaba al piano: no tenía un trabajo de oficina que le diera los recursos económicos para hablar sobre su búsqueda, y quizás encontrarla.

      Tony simplemente malgastaba sus madrugadas bebiendo en cuartos de hotel, viajando por el mundo de una capital a otra, sin llegar a conocer las ciudades, sin caminar mucho entre ellas, acostándose con mujeres semi ebrias de quienes olvidaba el nombre, pero que le hacían pensar en Adela y en lo lejos que se encontraba, y que le dibujaban un círculo en el corazón recordándole su soledad.

      Tony había logrado ser pianista por su talento. Eso le llevó a lo demás; al éxito internacional, a los discos y a sus experimentos con Ayahuasca en el Brasil. Tenía dificultad para ser de otra manera; y para integrar los traumas de su vida en la cotidianidad. Pero la música era su oportunidad para buscar, crear y evaluar alternativas de vida.

      El turno de Tony para improvisar: Tomó un motivo de la melodía, la frase vibrante con la que terminó su tema la cantante. Esto es lo que me fue dado, se dijo Tony, junto con mi cuerpo, el piano, mi energía, las intenciones. El sonido comenzó a emanar del viejo cascarón negro de madera, y Tony reaccionaba a lo que le decían las teclas, variaba armonías, ajustaba tonalidades. Era un rumor seco del viento lo que le gritaba al oído: Esta música se desarrolla como se ha movido tu vida. Por un instante sintió que ese secreto había sido escuchado por el público.

      La música de Tony se volvió intensa. Olvidó los viejos vericuetos de escalas y comenzó a expresar algo único: El latido de su corazón sonó como si estuviese viendo en ese momento el cuerpo delgado y desnudo de Adela. Tony se sintió atrapado: repitió el tema. Quería expandirlo, hacerlo eterno, como si deseara acercarse a ella, abrazarla y con un beso recostarla en su cama de hotel; hacerle el amor como lo habían hecho tantas veces en Nueva York, como río que se desborda de la corriente, todo eso lo sintió en el cuerpo como si fuera un camposanto de estrellas.

      Pero ni la noche, ni la música de Tony, llegaron a resolverse en ese momento. Sus dedos eran un par de navajas que destajaban el viento: que llegaba a los oídos del público como un cohete que no deja de elevarse. Un correr del hielo que se descongela en las manos. Algo en la mente de Tony comenzó a dar vueltas sobre su propio eje: la imagen desnuda de Adela en un espacio nunca visto: Debe ser una visión del futuro, pensó Tony. No se vio junto a ella. ¿Qué limitaciones he aceptado en mi vida?, se pregunta Tony. En ese momento quería deshacerse de sus cadenas. Trató de distraerse con algunas notas remotas en los agudos.

      Tony comienza a tomar otros riesgos: intervalos paralelos de quintas que suenan como un huracán enjaulado en el fondo de una pecera. Este soy yo, se dice Tony, y aparece su cuerpo desnudo junto al de Adela, inspeccionando sexos que nunca habían explorado. Y el chillido del piano se vuelve un canto de gloria en la cima de un cerro. Y Adela intenta volverse sobre sí misma, como un manicomio que ha perdido la virginidad. Tony para un segundo. Trata de encontrar la cordura. Nadie lo nota y vuelve a comenzar, consciente de las posibilidades que ahora tiene frente a sí. Y ahora son Adela y su compañera, y el sonido de la trompeta y el golpe de una cuerda del bajo eléctrico y finalmente Tony deja de resistirse y acepta que su vida nunca estará completa…

Al final del Invierno

Olga de León

 Leona estaba por regresar a su casa, a la casa de sus padres, tras una  ausencia de doce años. La recibieron con los brazos  abiertos. Eran felices de tenerla con ellos. No importaba si sería por un corto tiempo o no. Sus padres no eran personas complicadas, quizás los años les habían enseñado a aceptar lo que se presentara con naturalidad, aun lo extraordinario.

 La vida le había sonreído a su hija, desde que se había ido lejos de su tierra natal. En el extranjero consiguió un buen trabajo, que supo conservar; además, siempre encontró tiempo para realizarse en lo que más amaba, escribir. Conoció otros mundos, otros países, otras culturas y había logrado hacer algunas buenas amistades.

 Su felicidad alcanzó el clímax cuando conoció al hombre de quien se enamoraría perdidamente, sin cuestionar si él la amaba igual o no. Eso sucedió a los tres años de estar viviendo en Europa. Por un tiempo, su embeleso logró cegarla, se engañó sin pretender hacerlo. Siempre había sido precavida y desconfiada en relación con el amor. Nadie había podido penetrar realmente en su vida personal. Se mantuvo virgen y a salvo de los conflictos de intereses, o sentimentales, con cualquier hombre que había conocido.

 Pero, con Ricardo fue diferente. Ella nada sabía de las manipulaciones ni técnicas de fingir un sentimiento. Toda su vida fue transparente y definida. Algo o alguien le agradaban o no, y nunca engañaba ni ocultaba lo que sentía. Hasta que la vida le mostró otra cara en el rostro del amor, o lo que ella creyó que era el amor, a sus veintitantos años aún era tan ingenua.

 La recepción en casa fue íntima y sencilla, así lo había pedido Leona a sus padres y hermanos. A ellos les llenaba de orgullo saber que su hija había triunfado. Sus novelas publicadas, fuera del país que la vio nacer y crecer, eran la mejor prueba de su éxito; sin embargo, había algo en su mirada cuando llegó a casa, que les advirtió a sus padres, y al hermano que le seguía en edad, de la tristeza que traía a cuestas.

  La presentación de su primera novela fue como un sueño hecho realidad. En una famosa librería de París, y con la presencia de la representación de su México amado, en la persona del  embajador en Francia… No podía creerlo aquella noche. Después del brindis, ella y Ricardo volvieron al departamento que tenía para entonces, después de cuatro años de arduo trabajo, de ahorros a costa de privaciones mientras estuvo sola y de lo que su trabajo le proveía…

 Tendrían que pasar muchas cosas: traiciones, maltratos, y un par de años más, para que Leona se decidiera a abandonar a Ricardo al costo que eso le representara… y le costó realmente caro, no por las pérdidas materiales, sino por el estado de depresión en que ella cayó y la desolación en que quedó. Nada les dijo a sus padres: ella sola entró en esa malsana relación… y sola salió. Para su suerte, sí tuvo una buena amiga que la apoyó en esa crisis.

 Empezó de nuevo, como si fuera el primer día, con la meta de publicar nuevamente. Y su segunda novela, dos años más tarde, fue aún mejor. Se ganó a un número mayor de lectores, como que el dolor humano acerca a los semejantes y hay una tendencia mayor a la identificación plena con los personajes, o la protagonista que fue salvando obstáculos uno a uno, hasta casi quedar exhausta, no triunfal…solo humana.

 La tercera y cuarta vinieron pronto, a un año de distancia entre ellas, resultaron más sencillas de crear, pero no menos dolorosas. Luego daría entrevistas, conferencias…

 Habían transcurrido años sin ver a su familia,  así que decidió invitar a sus padres, primero, y luego a los hermanos que quisieran visitarla. A sus padres les extrañó que siguiera sola, sin un novio o pareja… Pero se regresaron contentos, tras un mes de visita por Europa y no solo en París.  Hicieron recorridos por otros países, que Leona les pagó, aunque no pudo acompañarlos a causa de su trabajo.

 Después de la visita de dos hermanas, y tres años más tarde, anunció a sus padres: “Quizás pronto los visite; y, a lo mejor por una temporada más o menos larga, quizás seis meses”.

 Fueron los padres más felices, el día que recibieron su misiva. Y, aunque nada intuyeron, sí les pareció un poco extraño el mensaje.

 Leona cumpliría cuarenta y un años, esperaba dar a luz en cinco meses. Deseaba estar cerca de su familia para Navidad, y que el niño naciera en la tierra que a ella la vio nacer… y a su siguiente novela, también.

     



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