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El fracaso convertido en verdad

Publicación:08-03-2026
TEMA: #Agora
La verdad siempre brillará entre la oscuridad, no se la puede ocultar
¡El silencio también habla!
Olga de León G.
Quizás los que casi nunca hablan sean los que tienen mucho qué decir, pero callan por prudencia, porque saben que la mayoría de las personas no escuchan a los que no piensan igual que ellos. Y estos son los negados a crecer. Quien no admite opinión contraria a la suya, no tiene argumentos para defender su postura o sus ideas. Y eso es muestra de pequeñez.
Pero no me quiero perder en nimiedades. Me interesan, y mucho, las personas que no entran en discusiones, cuando entienden que a ninguna parte los conduciría una discusión con gente poco inteligente o incapaz de aceptar opinión contraria a la suya. Aunque al negarse a hablar, me pregunto, ¿no estarán jugando un poco el mismo papel del que solo habla por hablar, y ellos callan por comodidad?
El mundo necesita, y mucho, de la contrariedad. La verdad siempre brillará entre la oscuridad, no se la puede ocultar; pero se le mantiene acotada por intereses diversos. Existen grupos de personas convenencieras o miedosas o simplemente muy políticas que caminan con la corriente y nunca difieren -en nada- de aquellos que están por encima de ellos, aunque solo estén encima de un pequeño escaloncito.
Esas personas son las que jamás tendrán voz ni voto propio: temen perder su posición. Y, por lo mismo, no entienden a los que nos atrevemos a disentir... y a decirlo sin tapujos ni miedo; por eso no logramos escalar jamás; lo sabemos y no nos importa, porque la verdad, la justicia y la libertad son valores que no los vendemos: es un asunto de principios: los cuales son totalmente desconocidos para algunos.
Será por todo eso que al mundo lo controlan o están en posición de dominio, los menos dotados... Tal vez.
Veamos una historia ficticia, pura fantasía, pero que en algún momento de la vida, para algunos o muchos, pudiera ser real. Antes, quiero partir de una frase conocida y común, en la que se afirma que ante la disyuntiva de tener la razón lastimando a alguien, escojamos no tenerla, si con ello no ganamos un enemigo.
No sé qué tan bueno o malo sea hacer tal. Lo que sí sé es que si el asunto no es de vida o muerte, ciertamente, la paz siempre será una mejor opción.
En cierta comunidad no muy alejada de la nuestra, sucedía que reinaba un hombrecito de pequeña estatura moral y ética, que había llegado al poder, porque todos aquellos que pudieron impedirlo, optaron por guardar silencio, convencidos de que sus palabras no serían escuchadas. Al mundo que los rodeaba así convenía: que el hombrecito fuera el Príncipe del Poblado, aunque fuera indigno de ello. Por aquellos años, una cercana amiga había llegado a entrar como funcionaria en una de las oficinas y siempre que podía mencionaba todo lo que sabía que había hecho el hombrecito, ahora encumbrado. Para ella era muy importante la verdad, la justicia y la libertad. Pero ella no era del todo libre, dependía de quien la había contratado, y cuando llegaron sus palabras y críticas a oídos del personaje que le dio trabajo cuando ella más lo necesitaba, la llamó a su oficina y le preguntó que por qué decía lo que ya había dicho. En aquel momento, mi amiga no entendió que no solo se dañaba a sí misma, sino que lastimaba a quien había sido bueno con ella: "craso error". Obviamente pagó las consecuencias por el resto de su vida laboral, y en más de una ocasión estuvo en peligro de ser despedida... Pudo defenderse, pero "ese error" de decir a voz en cuello la verdad, siempre la persiguió. No todos los hombres son suficientemente sabios como para haberla entendido (así fue educada), y dejar pasar el hecho, sin lastimarla. Así son las cosas, y así es la vida. Tenemos que aprender a vivir con los criterios que el mundo nos impone, aunque perdamos nuestra identidad... ¿Será lo mejor? Eso será vivir en paz o, ¿vivir en el engaño?... y en un silencio que no estoy muy segura si será el silencio de un sabio, o de un mediocre, ¿que no quiere perder su estatus?
Pienso que mi amiga pudo ser más inteligente y no hablar de más. Al fin y al cabo, la verdad no quedaría oculta, si ella no la exhibía. Ante el dilema de tener la razón, a veces, es mejor: ¡no tenerla! Ya que, finalmente, "el silencio también habla".
La venganza espantada
Carlos A. Ponzio de León
La maestra Paty marcó, en punto de las siete diez de la mañana, a la dirección de la escuela. Había amanecido con temperatura y resfriado: no podría asistir a impartir clase a su grupo de cuarto año de primaria. Inmediatamente, por instrucciones de la directora, la secretaria envió un mensaje a la teacher Lourdes para avisarle que ese día, le tocaba realizar su trabajo de maestra sustituta. Recibió el comunicado en su celular mientras se encontraba camino al trabajo, a cinco minutos de distancia. "Esta es mi oportunidad", se dijo emocionada.
A las siete treinta sonó el timbre y los chiquillos se apilaron en sus filas para rendir los homenajes a la bandera y a la nación, como todos los lunes. La escolta hizo su aparición descendiendo por las escaleras que venían del segundo edificio hasta el patio central. Luego se dirigieron al frente del semicírculo junto al hasta e izaron la bandera. En coro hablado, los niños juramentaron: "¡Bandera de México!, legado de nuestros héroes..." Al concluir, la profesora de sexto grado se dirigió a los niños desde el barandal del segundo piso, para entonarlos mientras sonaba el inicio del Himno Nacional en las bocinas de la escuela. La cacofonía infantil, completa, comenzó a sonar: "Mexicanos al grito de guerra..."
Al terminar el solemne himno, la directora dio su indicación para que, fila por fila, cada grupo se dirigiera a su salón de clases. La teacher Lourdes, sustituta de cuarto año durante ese día, caminó por delante de su fila.
Cuando los niños estuvieron en sus pupitres, pidió a uno de ellos su libreta; deseaba conocer el material cubierto por la profesora titular hasta ese momento. Hojeó y encontró temas de matemáticas, español e historia. Devolvió la libreta. Tomó el crayón y se dirigió a la pizarra.
"Chicos, hoy van a aprender que 2+2 no siempre es igual a 4. Les voy a explicar el álgebra modular base 3. Hay un mundo donde 2+2 es igual a 1". Los niños se quedaron estupefactos, mirándose los unos a los otros. ¿Otros mundos donde 2+2 no es igual a 4? Estaban fascinados. La maestra procedió a explicar los detalles del residuo: 2+2 es 4, pero al dividir el resultado entre 3, es igual a 1, y sobra 1. Ese es el resultado: 1, el residuo. Mencionó un nuevo ejemplo: 10+4. "Eso da 14", les dijo, "pero dividiendo 14 entre 3, nos da 4 y sobran 2, entonces, 10+4, en el álgebra modular base 3, es igual a 2. Los niños no entendían bien, pero eso agigantaba sus miradas de asombro. "Quizás esto es muy complicado para ellos", se dijo la teacher Lourdes. "Pasemos a otro tema".
Comenzó a explicarles la cosmología del antiguo Egipto. Habló de la diosa Nut, que representaba el cielo; y del dios Ra, quien era el dios del sol. Luego les explicó que, según los antiguos egipcios, el universo había nacido de un caos primordial, de donde había nacido Atum, quien dio origen al mundo. Luego les platicó cómo es que los egipcios tenían conocimientos avanzados de astronomía, los cuales les permitían predecir las inundaciones del Río Nilo a lo largo del año, y era fundamental para sus cosechas. Finalmente abordó los rituales egipcios y el Libro de los Muertos, el cual era fundamental para guiar el alma a través del inframundo hasta poder alcanzar la vida eterna.
Los chiquillos seguían asombrados, entendiendo ahora, cabalmente, con claridad estupefacta. La teacher Lourdes siguió adelante y les platicó de la maldición del Ojo de Ra, según la cual, el ojo era un símbolo de protección, pero también de venganza, porque podía maldecir a aquellos que desobedecían a los dioses o perturbaban el orden divino.
"Estas son las leyes de Dios. A quien obedezca a Dios y a Su Enviado, Él le introducirá en jardines por cuyos bajos fluyen arroyos, en los que estarán eternamente. ¡Este es el éxito grandioso!" (Corán 4:13).
Los niños seguían el hilo conductor. La maestra estaba emocionada, se dio cuenta de que su grupo estaba hirviendo en imaginación: el interés de los chiquillos era enorme. Ella se dirigió a su bolso y obtuvo un paquete: cartas del Tarot. Les dijo a los niños: "Estas 78 cartas sirven para predecir el futuro y están divididas en Arcanos Mayores y en los Arcanos Menores. Y el día de hoy, chicos, voy a emplear la Cruz Celta para predecir el futuro de todos ustedes".
Echaría las diez cartas, pero apenas desplegó la primera baraja, se le escapó una frase en voz alta, horrorizada, espantada como escoba cuyas cerdas están a punto de desprenderse: "¡Uno de ustedes va a morir!". Los niños se miraron fascinados, luego se entristecieron y finalmente comenzaron a llorar mortificadamente atemorizados.
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