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El encanto de la noche

El encanto de la noche


Publicación:20-06-2026
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Los días que se fueron

Olga de León G.

Toda la noche había estado lloviendo. Oí la lluvia porque golpeaba el cristal de la ventana que tenía justo junto a mi cabeza; la cama no tenía cabecera, las cortinas eran lo único que había entre mis orejas y la almohada levantada y pegada al muro, ligeramente por debajo del cristal de la ventana. Solía dormir boca arriba y sin almohada, no la necesitaba: hábito desarrollado desde la pubertad, gracias a la influencia de una tía, hermana de mi padre, quien insistía en que la almohada solo me sacaría arrugas en el cuello, antes de tiempo. 

La tía Chelo fue una mujer que siempre consideró de mucha importancia el cuidado de sí misma y enseñar a las sobrinas sobre cómo mejorar la postura, la apariencia y evitar un envejecimiento temprano. No sé si se la pueda tener por un poco vanidosa; no lo sé... A diferencia de su hermana, la mayor de los trece hijos que tuvo mi abuela Delfina Garza, la tía Lola: una mujer muy humana, muy valiosa y amable con todo el mundo; excelente cocinera y maravillosa modista y tejedora; tanto, que lo que pasaba por sus manos se volvía una prenda invaluable, desde ropones para bebés hasta vestidos de novia, o abrigos.  

En fin, volviendo a la historia original, he de referir que amaneció el nuevo día y la lluvia continuaba, menos fuerte y no tan tupida como durante la noche, pero no paraba de llover. Era el mes de junio hacia su mitad y ya el calor en esa región era insoportable, cuarenta y hasta cuarenta y cinco grados Celsius marcaban los termómetros. Quizás, con la lluvia, habría bajado un poco, pero no mucho. Sin embargo, amenazaba una canícula muy larga y fuerte, de calores intensos; lo cual era lo común en esa región. Como común era también que la gente del propio lugar se quejara de las altas temperaturas; cada año era lo mismo.

Hasta ese día, de hace diez años, en el que hubo un cambio inesperado e increíble. La noche anterior, igual había estado lloviendo intensamente y con soplos de viento que hacían pensar en que alguna tormenta estaba a punto de aparecer. Pero, a la mañana siguiente, no solo dejó de llover, sino que, en vez de agua, caía hielo, copos de nieve y bolitas de hielo eran lo que golpeaba en el techo y en los cristales de la ventana.

En cuanto me levanté, fui hacia la salita recibidor -el cuarto de la TV- donde había un ventanal al lado de la casa de enseguida, la que da hacia el Cerro de La Silla. Allí pude ver sobre el techo con teja de nuestros vecinos, que estaba cubierto de nieve y hielo. Me tallé los ojos con mis manos y volví a mirar: la nieve seguía allí.

Entonces, encendí el televisor para buscar algún canal de noticias locales y comprobar que mis ojos no me engañaban.

Me quedé inmovilizada, me paralicé en cuanto pude ver que el canal marcaba la hora correcta, pero la fecha no. Decía que era domingo veintidós de diciembre. ¡Cómo era eso posible!, si yo sabía que estábamos en junio. Entonces, pensé que quizás todo se trataba de un sueño, una pesadilla... Solía sucederme. Por lo tanto, decidí que lo mejor sería no hacer nada y que debía regresar a la cama. Me volvería a dormir y seguramente cuando despertara, todas esas cosas extrañas, como: la fecha en el noticiero de la tele, la nieve en el techo de nuestros vecinos, todo eso desaparecería.

En cuanto entré a la recámara, me di cuenta de que la cama no estaba destendida, nadie había dormido en ella. El cuarto estaba vacío.

Diez años no se van fácilmente. ¿Qué sucedía? ¿En dónde estaba, quién era yo? Por qué me parecía todo nuevo o diferente. Esta, ¿era o no mi casa? Me asusté, en realidad, me asusté. Más aún cuando al pasar frente al tocador, me detuve delante del espejo... y, la que se reflejó en él, no era yo. O, era una versión de hacía mínimo diez años o más, atrás. 

Desde el fondo de mi corazón salió una profunda y pausada exclamación: ¡A dónde se fueron los días y las semanas, los meses y los años! ¿Era junio, o diciembre? ¿Qué edad tenía yo? Parecía de no más de treinta y seis o treinta y ocho, pero el año era 2025... ¡No podía ser! Esos años hacía mucho tiempo ya, que los había dejado en el pasado, con todo el dolor que entonces me causaron. No podía pensar con claridad. Necesitaba saber, ¿a dónde se fueron los días que no viví?

Finalmente, como autómata, entré al baño y me cambié la ropa: me puse unos pants y una sudadera (tenía frío). Hacía unas horas, había venido un técnico: limpió las rejillas del clima y solo por su vuelta, cobró $600; pero, era indiscutible: ahora enfriaba mejor. 

Me acosté y me desperté: todo era normal, no recordaba mucho... Pero, sí lo suficiente para llorar un poco por los días que se fueron; sin que los haya vivido.

 

 



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