##ctrlhtmlheadnotanoticia##
##ctrlheader##

Cultural Más Cultural


¡Cinceladas en el corazón y las nubes!

¡Cinceladas en el corazón y las nubes!


Publicación:14-08-2022
++--

La niña creció, ciertamente alimentada por fantasías, ilusiones, frases e ideas que le llegaban con el viento como susurros caídos del cielo

Las servilletas de Picasso

Carlos A. Ponzio de León

          Domingo había arribado como copiloto en el auto de la cantante. Venían de asistir a la inauguración de una exposición pictórica en la que hubo brindis, y de ahí, varios de los amigos se dirigieron al departamento de ella para continuar con la fiesta. Todos eran artistas entre los cuarenta y los cincuenta años, situados muy lejos del éxito y del reconocimiento que habían soñado veinte años antes, al iniciar sus carreras. En el departamento de la cantante cenarían pasta y continuarían bebiendo cervezas light y vino tinto, y picando quesos. Cena financiada por el esposo de la cantante: un ejecutivo que trabajaba para una empresa transnacional y a quien no le agradaban del todo los amigos artistas de su mujer. En sus momentos de ira, los consideraba parásitos de la sociedad. Pero en momentos de serenidad, reconocía que los envidiaba por vivir tan libres, lejos de las reglas del mundo que él sí obedecía. Por el único miembro del grupo por quien sentía siempre simpatía, era por el poeta: un hombre en los cincuenta, venido de los rincones más marginados de la ciudad, quien había sufrido varios descalabros mentales hasta el punto de la hospitalización y quien, con toda franqueza, a poco aspiraba como escritor. El poeta había decidido asistir a la reunión porque la cantante le prometió pagarle el Uber al final de la fiesta. Era importante que el poeta estuviera ahí, porque despertaba la empatía del marido de la anfitriona, y calmaba su descontento hacia los demás. Se trataba de un grupo de ocho artistas donde el único a quien el ejecutivo no conocía, hasta ese momento, era a Domingo, el pintor.

      El marido de la cantante se sentó a la mesa con el grupo y únicamente bebió vino y agua mineral. No probó bocado. Hablaba poco y escuchaba con atención al chelista, quien se había graduado del Conservatorio Nacional. Le despertaba un sueño escondido. El marido de la anfitriona sentía alguna curiosidad por el piano. Lo había estudiado durante su niñez y por alguna razón que ya no recordaba, lo abandonó cuando cumplió ocho años. Pero le gustaba asistir a las salas de concierto para escuchar el instrumento cuando también había orquesta. Solían desprendérsele algunas lágrimas escuchando al concertista. Él explicaba el fenómeno por su sensibilidad; pero en realidad, había un sueño reprimido que le recorría el pecho como una escala musical al escuchar el piano: No era consciente, pero de niño había soñado con llegar a ser concertista.

##ctrlnotapublicidadparrafo##

      “Hemos ido a conciertos en el Conservatorio Nacional”, intervino el marido de la anfitriona luego de un silencio en la mesa, y continuó: “No entiendo la forma arquitectónica del Conservatorio. Los guardias no dejan conocerlo, te limitan a permanecer en la sala de conciertos”. El chelista tomó una servilleta y dijo: “Pásame una pluma”. Comenzó a dibujar una U. “Aquí están los salones de estudio, esta es la sala Silvestre Revueltas, aquí hay un laboratorio de música electrónica, esta es la biblioteca, esta es la fonoteca”, y continuó señalando área y puntos sobre la servilleta.

      Domingo, el nuevo pintor en el grupo, observaba cuidadosamente los trazos. Él había sido invitado a la reunión por la cantante, la anfitriona. Horas antes, durante el brindis, al platicar con el poeta, habían descubierto que ambos vivían en sitios cercanos de la ciudad, acaso a veinte cuadras de distancia. Por eso, cuando en el departamento de la anfitriona se acercaban las doce de la noche, hora en que cerraban las estaciones del metro, Domingo no se preocupó tanto. Le pediría un raid al poeta. Lo que no sabía era que el poeta no traía carro, ni siquiera un cinco para regresar, sino que su Uber lo pagaría la anfitriona, según se lo había prometido ella.

      Cerca de las dos de la mañana, los invitados comenzaron a hablar de despedirse. Domingo se dirigió al poeta: “Me comentaste que vivimos cerca el uno del otro. ¿Me puedo ir contigo? A esta hora ya cerró el metro”. El poeta tartamudeó. Levantó su antebrazo por encima de la mesa, apuntando con el dedo índice hacia la anfitriona, queriendo decir que ella le pagaría el taxi. Pero antes de que él dijera alguna palabra, la mujer le dijo a Domingo: “Voy a pedirles un mismo Uber para ambos. Que deje primero a uno y luego al otro”.

      Domingo se tranquilizó y se dirigió al chelista: “¿Puedo intervenir tu servilleta?”, y sin esperar respuesta, la tomó y comenzó a realizar garabatos en ella. La firmó y se la entregó a la anfitriona. Domingo había recordado las anécdotas sobre Picasso en las que el genio español solía liquidar las cuentas de él y sus amigos en los restaurantes, firmando un dibujo en una servilleta y regalándosela al dueño del restorán.

Fantasmas y escritores del más allá

Olga de León G.

      

      La niña vivió engañada toda su vida. No solo durante la infancia sino aún después de su juventud, ya alcanzada la madurez de los cuarenta y cinco años, pensaba que la verdad era irrefutable, si no había quién argumentara en contra.

      Y, así fue como comenzó a coleccionar frases que le parecían verdades irrefutables o decires llenos de sabiduría y experiencias de vida.

      “Nunca creas en todo lo que otros dicen; ni te fíes de nada más que de tus instintos y la lógica de tu pensamiento objetivo y sensato”. “Huye del halago fatuo como de la lisonja, son la peste de la razón”.

      Ella creía en esas verdades y en el gran sentido que encerraban.

      La frase que le oyó decir un día a la más sabia de las mujeres que conoció de niña: la tía Dolores, Lola para la familia y los amigos, la acompañó siempre… y, la salvó muchas veces de caer en el abismo de la tristeza, la desolación y el total abandono: 

      Dibuja con carboncillo trazos en papel, o pinta de colores, lo que te gusta de lo que miras mientras vas viviendo tanto como lo que te entristece o causa enfado y gran molestia… Pues, aunque no lo puedas hacer hermoso ni perfecto ante los ojos del otro, si a ti te lo parece o lo imaginas mejor de lo que luce, entonces, siéntete feliz de poder mostrar al mundo un cachito de tus emociones y sentimientos: pocos lo hacen. Sea que temen a la crítica o temen su propio rechazo.

        La niña creció, ciertamente alimentada por fantasías, ilusiones, frases e ideas que le llegaban con el viento como susurros caídos del cielo o enviados directos a su mente y al teclado, de los que por allá aún habitan y la esperan.

       Ella sabe que un día se reencontraran. Y, entonces, confía en sus habilidades, su memoria y las estrellas alineadas a favor de su vida, que les tendrá maravillosos cuentos qué relatar. De esos que fue creando con trozos de piel, de locura y enfermedad, tanto como con la felicidad que algunas veces la tocó y en abundancia, como la maravilla de la llegada del primer nieto(a), la resonancia de las notas de las piezas compuestas por el hijo; y los ojos y la sonrisa de su hija feliz de ser por vez primera, madre. 

      Los hados también -sin duda- la iluminaron para crear una historia, una ficción o al menos cuento o una fantasía maravillosa de entre casi quinientos que, en cada año, escribió, durante más de...

      La niña aquella, ahora mujer muy cercana a la vejez, sigue creyendo en la verdad de ciertas frases. Esas con las que creció, de las que su sangre bebió y a su corazón hizo latir a ritmos varios: divertidos, nostálgicos, tristes y a veces, realmente peligrosos, casi inamovibles y silentes… En esos momentos, el privilegio era escribir como fantasma, dormida o desde la tumba de sus ancestros: ¡cuánto ama a Rulfo!... Y, a tantos más, demasiados para nombrarlos y que quepan en una página… Algunos todavía no nacen, o son los desconocidos del ahora, del presente… quizás como ella, que sueña en la realidad del sueño que le vaticinaron los que la amaban.

      Esa noche, sin agua, sin luz, ni gas –porque infame e injustamente se lo cortaron, habiendo pagado un consumo inaudito y falso de cuatro mil pesos, argumentando una fuga interna que jamás encontraron- … esa noche, como ya lo decía: escribió, alumbrada con velas, como fantasma del siglo XVII o espíritu condenado por las injusticias de la burocracia y los ladrones españoles, de cuello blanco; y dejó sobre las hojas de su diario, este cuento, que empieza, con:

      “Mañana, cuando mis ojos sean los luceros que iluminarán nuestro amor, te encontraré en nuestro lecho aún durmiendo plácidamente, porque sabes que yo estaré a tu lado, cuando tú despiertes”.

      “Un día tendremos nuestro mausoleo de roca en la cima de un cerro, con una placa que muestre cincelada esta frase: Dos grandes espíritus no pueden ser contenidos ni por la tierra ni la piedra”. 

      Así comenzó su cuento, mientras escuchaba la voz de la tía Lola que le decía:

      “Y, volarán tus ideas y tus imágenes, y tus personajes vagarán por el mundo, aunque nadie los vea o no los reconozca como tuyos… pero jamás dejes de escribir: un día, hija, tus líneas encontrarán su nicho entre los grandes… de este u otro mundo y siglo posterior”.



« El Porvenir »
##ctrlfooter## ##ctrlhtmlbodyendnotanoticia##