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Aprendan de mí... y hallarán descanso para sus almas

Aprendan de mí... y hallarán descanso para sus almas


Publicación:04-07-2026
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En el Evangelio de este Domingo XIV del tiempo ordinario tenemos una impactante revelación sobre la identidad de Jesús que se nos concede por medio de su propia oración, es decir, de su propio y único modo de dirigirse a Dios.

Hasta este punto, en el Evangelio de San Mateo, hemos conocido lo que otros dicen sobre Jesús, empezando por la declaración más explícita y clara de Dios mismo con ocasión de su Bautismo en el Jordán por parte de Juan, es decir, en el preciso momento de su mayor humildad, cuando se puso al nivel de los pecadores que acudían a ese bautismo. Entonces «una voz que salía del cielo decía: "Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco"» (Mt 3,17). El evangelista nos informa también sobre el modo como lo llaman los demonios que tenían bajo su poder a dos hombres: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» (Mt 8,29).

Más adelante, en el Sermón de la montaña, Jesús, como nueva instancia de Palabra de Dios, lleva a cumplimiento -a su plenitud- la Ley dada al mundo por Dios mismo. Y lo hace destacando su propia Persona, por medio del pronombre personal «YO»: «A ustedes se les ha dicho... Pero Yo les digo...» (cf. Mt 5,22.28.32.34.39.44). Los presentes no saben qué decir sobre ese modo nunca visto de ponerse ante la Ley de Dios. En efecto, cuando dice: «Se les ha dicho», cita un precepto de la Ley de Dios. El evangelista anota su reacción: «La gente quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (cf. Mt 7,28-29). No enseñaba ni como sus escribas, ni como profeta alguno, ni como algún otro en este mundo; Él enseñaba con la autoridad de Dios.

Antes de decirnos a nosotros cuál es su relación con Dios, Jesús nos dice, -de nuevo con su autoridad propia sin igual-, cuál es nuestra relación con Dios, que es también la revelación de quiénes somos nosotros los seres humanos y qué estamos llamados a ser: «Ustedes oren así: "Padre nuestro, que estás en el cielo..."» (Mt 6,9). ¡Nos manda llamar a Dios «Padre»! Nos revela así, de la manera más explícita y eficaz, que nuestra condición, la razón de nuestra existencia, es la de llegar a ser «hijos de Dios». Sobre la base de esta revelación puede San Pablo bendecir a Dios diciendo: «Bendito sea Dios... que nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo... destinandonos a la filiación respecto de Él, por medio de Cristo, según el beneplácito de su voluntad» (cf. Efesios 1,3-5).

Pero el paso más impactante, como lo decíamos más arriba, es el de la relación de Jesús mismo con Dios, es decir, su propia oración. Es lo que leemos en el Evangelio de este domingo. Debió ser un momento sin precedentes -un «kairós»-, como lo destaca evangelista: «En aquel momento (kairós), tomando la palabra, Jesús dijo: "Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y las has revelado a pequeños. ¡Sí, Padre!, porque tal ha sido tu complacencia"». El Señor del cielo y de la tierra es Dios. A Éste Jesús llama «Padre» y lo hace de una manera única. El evangelista Marcos, y también San Pablo, nos conservan el término mismo usado por Jesús en arameo, que nadie antes que Él ha tenido la presunción de usar para dirigirse a Dios: «Abbá» (cf. Mc 14,36; Rom 8,15; Gal 4,6). Los evangelistas y San Pablo no encuentran otra traducción de esa palabra más que «Padre», como vemos repetido en la oración de Jesús en ese momento. Lo asombroso es que también nosotros estamos llamados a tener esa misma relación con Dios por obra del Espíritu de Cristo: «Porque ustedes son hijos, envió Dios el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones que clama: "Abbá, Padre"» (Gal 4,6).

Después de esa oración en que Jesús «bendice» a su Padre por su modo de proceder -oculta estas cosas a sabios e inteligentes y las revela a pequeños- y expresa su entusiasta adhesión, sigue hablando a sus discípulos, que, como decíamos, han quedado admirados: «Todo me ha sido dado por mi Padre». Ya antes Jesús se ha referido a Dios llamandolo: «Mi Padre que está en el cielo» (cf. Mt 10,32.33). Pero aquí explica que Él está lejos de hablar de dos dioses, como mal entendieron los judíos arguyendo eso ante Pilato como causa de su muerte: «Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por hijo de Dios» (cf. Jn 19,7). Se refieren a Adán, quien incurrió en la pena de muerte, para él y toda la humanidad, por pretender ser «como Dios» (cf. Gen 2,16-17; 3,5-6.19). Al decir Jesús: «Todo me ha sido dado» se refiere, en primer lugar, a la divinidad, que lo incluye todo. Está así revelando lo que en otra ocasión provocó la misma reacción en los judíos de su tiempo: «Yo y el Padre somos Uno» (Jn 10,30). Aquí lo explica así: «Nadie conoce al Padre, sino el Hijo». Toda la historia de la humanidad se caracteriza por la búsqueda de Dios, pero ¡con qué errores! Jesús, en cambio, reivindica el pleno conocimiento de Dios, su Padre, porque Él es el Hijo, es el mismo y único Dios, una sola sustancia con el Padre. Por eso, sólo Él puede revelarnos al Padre.

Jesús, el Hijo de Dios, ha sido enviado al mundo, asumiendo en su Persona divina la naturaleza humana, para revelarnos a Dios. Nosotros no podemos conocer a Dios -la Trinidad divina- con nuestra propia inteligencia, como lo afirma Juan tajantemente en su Evangelio: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, Él lo ha expuesto» (Jn 1,18). Sólo conoce al Padre el Hijo y «aquel a quien el Hijo lo quiera revelar», se entiende el Hijo hecho hombre, a saber, Jesús.

La misma expresión que usa Jesús en aquel momento la repite una vez resucitado, cuando envía a sus discípulos al mundo entero: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra...» (cf. Mt 28,18). Es expresión de su divinidad, y también de su distinción respecto del Padre -que es el agente de esa acción-, pero de manera que, con el Padre y el Espíritu Santo, son el mismo y único de Dios, el mismo y único «Señor del cielo y de la tierra».

En las frases siguientes, que encontramos solamente en el Evangelio de Mateo, Jesús se revela como el único que puede concedernos el acceso al «descanso de Dios»: «Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados, y Yo les daré descanso». Es obvio que no se refiere al descanso material, que consiste en restaurar las fuerzas intelectuales y físicas y que diversas instancias de este mundo ofrecen; Jesús se refiere al «descanso de Dios». Quien busca este descanso por otro medio se encuentra con la sentencia de Dios: «Son un pueblo de corazón extraviado... Por eso, en mi cólera juré: "No entrarán en mi descanso"» (cf. Sal 95,10.11). Jesús ha venido a revocar esa sentencia: «Vengan a mí... Yo les daré descanso».

Jesús nos revela cómo se entra en el descanso de Dios: «Tomen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallarán descanso para sus almas». Se entiende por qué Jesús era llamado a menudo «maestro». En ese tiempo el maestro no reunía a los discípulos en un aula y les daba una lección, como se entiende hoy; en ese tiempo los discípulos seguían al maestro y convivían con él; la enseñanza era la vida del maestro. Muchas cosas pudo pedirnos Jesús que aprendieramos de Él; lo que nos pide que aprendamos de Él es su mansedumbre y humildad de corazón.

San Pablo transmite esa enseñanza de Jesús, exhortando a los cristianos de Filipos a tener «los mismos sentimientos que Cristo» que están expresado en el que es considerado el primer himno cristológico: «El cual (Cristo), siendo de forma divina, se vació a sí mismo tomando la forma de esclavo... y se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz...» (cf. Fil 2,5-8).

 



« Felipe Bacarreza Rodríguez »
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