Opinión Editorial
Tristes guerras, tristes armas, tristes muertos
Publicación:20-03-2022
TEMA: #Política
Cuando sueño con la guerra, sueño guerras fratricidas. Guerras civiles que desnudan, exacerban, reproducen los desafíos de una sociedad urgida de paz
Cuando sueño con la guerra, no sueño con guerras mundiales. Sueño con guerras entre vecinos, hermanos y hermanas, guerras civiles. Sueño con conflictos íntimos, las guerras que más temo: las revoluciones en Francia, Estados Unidos, México, Rusia, India, Cuba. Sueño con guerras civiles en China, Vietnam, entre Tutsis y Hutus en Ruanda, en Yugoslavia, Irán, Siria, Nicaragua, Colombia.
Cuando sueño con la guerra, sueño con poemas sobre guerras intestinas–La Ilíada de Homero, la Guerra infame de Li Po, A todos vosotros de Pablo Neruda y ¡Pax! de Rubén Darío.
Cuando sueño con la guerra, sueño con Guernica bombardeada un 26 de abril, hace 85 años–el doloroso retrato de Pablo Picasso de la Guerra Civil Española. La misma guerra que cantó Miguel Hernández: "Tristes guerras si no es amor la empresa. Tristes. Tristes. Tristes armas si no son las palabras. Tristes. Tristes. Tristes hombres si no mueren de amores. Tristes. Tristes".
Sueño con bocas abiertas atormentadas y lenguas afiladas de hombres, mujeres, toros y caballos que se muerden gritando de dolor. Sueño con la madre, el hijo muerto arrojados a la calle. Cuando sueño con la guerra, vivo Guernica de Picasso. Sueño con brazos y antebrazos cercenados, manos, piernas dislocadas que se aferran a la espada rota y a la flor indefensa pero viva.
Sueño con el agonizante caballo, la mujer que agarra la lámpara con su mano derecha. Sueño con descalzos y caídos. Sueño con la paloma de la paz de ala derrotada y pico abierto. Y sueño con la brutalidad, oscuridad, llamas e incendio, la rodilla caída, los pechos colmados de la mujer que no amamantará a ningún niño. Con el resplandor de la luz de la bombilla solar que desde el cielo atisba todo—mientras en la distancia, la flecha acechante trepa.
Y es entonces cuando me despiertan las pesadillas de mis amadas Colombia y México desgarradas por el dolor de centenares de miles de muertos que la violencia rabiosa y nuestros malos gobernantes, de hoy y ayer, nos cargan sobre nuestros hombros compartidos.
Por eso, cuando sueño con la guerra, sueño guerras fratricidas. Guerras civiles que desnudan, exacerban, reproducen los desafíos de una sociedad urgida de paz: pobreza, inequidad, represión, violencia, miseria, muerte, rencor—un vómito nauseabundo que la polarización genera entre mis compatriotas.
A esas guerras les temo más. Me espantan, apesadumbran, desvelan, temo por mis hijos y los suyos. Esas son las tristes guerras de tristes armas y tristes muertos de Miguel Hernández.
Cuando veo las imágenes desgarradoras de la brutal invasión rusa a Ucrania, me inundan mis primeras lecturas rusas sobre la guerra: Doctor Zhivago de Boris Pasternak y Un día en la vida de Iván Denísovich de Aleksandr Solzhenitsyn. "Un estado en guerra sólo sirve como excusa para la tiranía doméstica", escribió Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag, palabras de 1958-1968 que hoy hacen eco de la realidad.
Y entonces, ya no puedo dormir. Veo sangre correr, esposas que huyen con huérfanos rotos—de padres vivos que toman un arma y se quedan a morir por la patria. Veo ciudades bombardeadas, casas en llamas, niños y mujeres embarazadas abandonados a su suerte. Veo las caras desoladas de millones de refugiados que abandonan la patria para salvar la vida, pero que dejan todo lo demás atrás.
Y entonces cierro los ojos y sueño despierto, deseando que Vladimir Putin y sus cómplices criminales de guerra se desvanezcan a medida que enmudecen las sirenas que anuncian los ataques aéreos sobre Kyiv. Dedicado al pueblo valiente de Ucrania.
« Omar Vidal »


