Opinión Editorial
¡Toda una vida de lucha!
Publicación:19-04-2022
++--
Para doña Rosario Ibarra ¡No un minuto de silencio! sino ¡toda una vida de lucha!
“Por más de cuatro décadas, el Comité Eureka ha transitado el terror oficial con azoro, sintiendo el dolor de saber cautivos y torturados a nuestros seres queridos y recibiendo como tremendas bofetadas en la cara, la palabra hueca, la declaración engañosa o el discurso falso.
El mal Gobierno mexicano, transgrediendo todas las leyes privó de la libertad, dignidad y justicia a nuestros familiares, los desaparecidos políticos.
La violencia alcanzó a familias completas y arrasó poblados enteros, donde se detuvo a hombres y mujeres que la casualidad los llevó a tener el mismo apellido de los insurrectos que eran buscados y perseguidos.
Atestó los caminos de soldados y retenes, donde se hicieron cientos de detenciones de gente inocente. Llenó de presos políticos las cárceles del país. En las ciudades, las hordas de la Dirección Federal de Seguridad y la Brigada Blanca allanaban domicilios, golpeando moradores y deteniendo a cualquiera.
Las cámaras de tortura en campos militares, bases navales, aéreas y centros clandestinos de detención se tiñeron de sangre y retumbaron alaridos de dolor de las víctimas. Mi adorado esposo, firme soporte de mi vida, fue torturado viviendo en carne propia lo que le ocurría a todo quien era detenido.
Los poderosos del sistema, los empresarios cómplices, sostén de estos malos gobiernos, prestaban sus ranchos para que nuestros desaparecidos también ahí fueran llevados a martirizar. Estos señores del poder quisieron borrar todo rastro de sublevación o rebeldía, pero no pudieron. Siempre queda algo, siempre hay alguien que prosigue por la brecha abriendo los caminos.
Esta es la única e incontrovertible verdad.
Compañeras como Conchita García, Elodia García, Alicia Hernández y Delia Duarte, antes de unirse a nuestro Comité para buscar a sus hijos, tuvieron que pasar por el martirio de recoger cuerpos destrozados por la tortura o la metralla. Doña Guillermina Moreno, tan pequeña y tan valiente, se unió después del asesinato de su hijo y permaneció hasta el día en que como las demás, el agotamiento o la enfermedad ya no la dejó continuar.
Nosotras entonces, supimos que no podíamos buscar a los nuestros sin pelear también sus batallas. Teníamos los mismos motivos y las mismas justas razones para hacerlo. No tomamos las armas, pero usamos en su lugar lo que pudimos y tuvimos a nuestro alcance para sacudir consciencias e indignarlas.
Las y los compañeros que murieron esperando saber de los suyos, y a la justicia que nunca llegó, están en mis recuerdos, gritando junto a mí por nuestros hijos y familiares, señalando a quienes se los llevaron, tomando la Catedral o la Secretaría de Gobernación, haciendo huelgas de hambre o plantones en campos militares, marchando con estudiantes, campesinos o indígenas, volanteando afuera de fábricas y universidades, crucificándonos en El Zócalo o encadenándonos en El Ángel de la Independencia.
Reclamando en más de una docena de veces a la ONU su complicidad con el gobierno represor y simulador del que éramos víctimas, pegando las fotografías en nuestros pechos o hermanando nuestra lucha a Latinoamérica por ser víctimas del mismo crimen, enfrentando lo que después supimos con certeza: que las desapariciones forzadas no fueron abusos o excesos de la autoridad, sino que era algo más terrible que venía del poder, con toda su perversidad siniestra y que lleva el nombre de terrorismo de Estado.
Todas estas imágenes aparecen vivas en mi memoria y siguen siendo los pilares fundamentales que nos sostienen a quienes quedamos, para seguir adelante, manteniendo siempre nuestra convicción inquebrantable e intransigente de no aceptar nada a cambio por nuestros hijos y familiares.
Ellos, los nuestros, se sublevaron como todo revolucionario con su espíritu revolucionario, que intenta cambiar las cosas. Vieron la lucha armada como única respuesta a un régimen represivo, brutal y autoritario, cerrado al diálogo, emponzoñado de soberbia y con las manos bañadas de sangre.
La impunidad de este aparato represor y de sus creadores, ha permitido que hasta nuestros días siga la desaparición, agraviando a nuestros familiares y a su lucha, que sólo fue la continuidad de otras luchas y origen de la nuestra, la del Comité Eureka, que estamos aquí para arrancar de raíz ese agravio.
El puñal clavado tan profundamente por los malos gobiernos, tal vez sea retirado, pero la herida abierta sólo dejará de sangrar cuando sepamos dónde están los nuestros y así aún quedará por siempre una cicatriz indeleble.
Ellos, nuestros amados, no se lanzaron a la aventura, ni eran terroristas; fueron hombres y mujeres que, nos guste o no, fueron sustraídos de la sociedad y de sus familias con toda la violencia que un Gobierno puede ejercer y recluidos en cárceles clandestinas bajo sanguinarios torturadores.
¿Y qué ha pasado? A más de un año de ese Gobierno, que creyeron firmemente que sería el añorado y con el cual no habría ningún obstáculo que salvar o acuerdo que negociar, como en antaño, y no ha sido así.
Las familias de Eureka hoy seguimos igual que hace tantos años, recibiendo escarnio y burla de funcionarios.
Por ello, esta Presea Belisario Domínguez, con la cual hoy me honran, trae consigo un gran parto moral ineludible para mi conciencia y me alienta aún más a continuar luchando para liberar a esa justicia que fue amordazada y llevada a una cárcel clandestina hace ya tantos años.
Señor Presidente Andrés Manuel López Obrador, querido y respetado amigo: No permitas que la violencia y la perversidad de los gobiernos anteriores siga acechando y actuando desde las tinieblas de la impunidad y la ignominia, no quiero que mi lucha quede inconclusa.
Es por eso que dejo en tus manos la custodia de tan preciado reconocimiento y te pido que me lo devuelvas junto con la verdad sobre el paradero de nuestros queridos y añorados hijos y familiares, y con la certeza de que la justicia anhelada por fin los ha cubierto con su velo protector.
Mientras la vida me lo permita, seguiré en mi empeño hasta encontrarlo.
¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!
María del Rosario Ibarra de la Garza”.
Con este extracto de su carta leída en el Senado de la República, el 23 de octubre del 2019, rendimos tributo póstumo a la incansable luchadora nuevoleonesa por la verdad y por la justicia. Para doña Rosario Ibarra ¡No un minuto de silencio! sino ¡toda una vida de lucha!
« Lupita Rodríguez Martínez »




