banner edicion impresa

Opinión Editorial


Silencio sobre lo esencial


Publicación:03-02-2021
version androidversion iphone

++--

La fidelidad a una idea, por más que se repita, no la convierte en verdad

Recientemente un alumno, brillante e inquieto, me pidió mi opinión sobre la masonería en México, a lo cual me concreté a contestarle que, por su inmadurez y romanticismo, los jóvenes tenían permiso de creer temporalmente en el socialismo, el comunismo y la masonería. Agregué que el continuar con esa ideología en la edad adulta, por brillante y atractiva que luciera, sería una estulticia en general y hasta prevaricación en lo particular.

Hablando de la masonería, el Código de Derecho Canónico, promulgado por San Juan Pablo II en 1983 señala: “Quien se inscribe en una asociación (incluyendo la masonería) que maquina contra la Iglesia debe ser castigado con entredicho (excomunión)”. Con datos de ACI prensa, su pertenencia cuestiona los fundamentos de la existencia cristiana; la cosmología de los masones no es unitaria, sino relativista, subjetiva y no se puede armonizar con la fe cristiana. Más allá de su carácter secreto y oculto, surgen diferencias fundamentales e insuperables como su creencia en una deidad suprema (no teísta), el “Gran Arquitecto del Universo”, que existe a través de la razón y la experiencia personal. 

Ante esa creencia transida de relativismo, el hombre, al dejar de ser creatura de Dios, hace a un lado su dignidad humana y se convierte en producto biológico-químico y con una soberbia potestad de ser un súper hombre y único arquitecto de sí mismo. Más aún, con ese pensamiento filosófico panteísta, Dios y la naturaleza se funden en uno solo y se subordinan a la deidad suprema personal, al hombre-dios.

La fidelidad a una idea, por más que se repita, no la convierte en verdad. Al respecto, Santo Tomás de Aquino afirmaba en su “Suma Teológica” que la verdad existe. ¿Y cuál será la verdad respecto a la masonería como institución humanista fundada en un sentimiento de fraternidad universal? Tenemos un diáfano ejemplo en Voltaire.

Ese escritor francés, célebre representante de la francmasonería, conocido por su impronta en la Ilustración y férreo enemigo del cristianismo y la Iglesia católica, a sus 84 años se confesó con el padre Gautier. Aquél cínico y turbado pensador quien con un innoble sarcasmo invitaba a sus embelesados seguidores a “aplastar a la infame (Iglesia)”, en el lecho de su muerte dio un giro de timón y escribió humildemente: “Muero en la santa religión católica … pido perdón a Dios y a ella”. Parece ser que aún para el brillante, pero obstinado Voltaire, la verdad la encontró en el ocaso de su vida. No es casualidad que, aunque no siempre, las personas adultas mayores se espabilen en sus otoños cronológicos y se aferren a la verdad.

Otro ejemplo de lucidez en la madurez biológica la encontramos en el filósofo escritor francés de origen judío, Henri Bergson, quien ostentara a principios del siglo XX la cátedra de filosofía en el prestigiado Colegio de Francia. En su búsqueda de la verdad, impertérrito afirmó: “Veo en el catolicismo el coronamiento completo del judaísmo … sin ocultar mi adhesión, deseo que un sacerdote acuda a rezar oraciones en mis exequias”.  A pesar de ello, nunca se convirtió, aseverando estoicamente: “He de permanecer entre aquellos que mañana serán perseguidos”. Así es, en esos años comenzaban los crímenes de lesa humanidad contra los judíos.

Pues bien, en este mundo de total relativismo y de ausencia de respuestas adecuadas, es imperativo reconocer que la fuerza de la verdad hará que el hombre añore la verdad. Suscribo: “Solo la verdad nos hará libres”.

Pero, ¿por qué es tan difícil encontrar la verdad y lo esencial? ¿por qué la confunden con falsas ideologías? ¿por qué serán tan atractivos los caminos errados? ¿qué hace que los seres humanos tengan una visión de corto plazo y no contemplen a la eternidad como fin último? Para refrendar el punto, con datos del Censo 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, verdaderamente los católicos en México disminuyeron 5% y los ateos crecieron 10% con relación al año 2010. Así es, parece que, aunque la humanidad sí está interesada en una efímera felicidad, no está interesada en la verdad.  Afortunadamente no todos.

Aunque los números indiquen lo contrario, será prudente recordar lo que un laico en Cracovia, “el sastre místico”, alguna vez le confesó al ahora San Juan Pablo II: “el mal se destruye a sí mismo, tu dedícate a hacer el bien”. 

Concluyo con una frase de un galo más, Jean Guitton, doctor en letras, quien decía: “Sobre lo esencial, en todos los dominios se guarda silencio. Me extraña del silencio sobre Dios”. Por lo cual, hablando de lo sustancial y de la verdad, hacen eco las palabras del Evangelio de San Juan narrando lo que dijo Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.



« Eugenio José Reyes Guzmán »