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Opinión Editorial


¿Murió la Pax Americana en Kabul?


Publicación:01-09-2021
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A veces, lo que importa en política exterior no es lo que se puede lograr, sino lo que se puede evitar

En el siglo 19, el mariscal Von Moltke apuntó que ningún plan, por bueno que sea, resiste el primer contacto con el enemigo. Al caer Kabul, la Casa Blanca tomó una decisión táctica: doblaron la apuesta del repliegue de tropas estadunidenses, justificaron su decisión y cruzaron los dedos para que los hechos sobre el terreno se ajustaran a su narrativa, esperando que con ello la administración pudiese volver a los temas prioritarios de política interna y al énfasis en el reto que representa China. Ahora, 13 soldados estadounidenses y 95 afganos han muerto luego de un par de bombazos suicidas, las primeras tropas de EU que fallecen en Afganistán en 18 meses. El ataque por ISIS-K, una rama de Daesh y enemigo de los talibanes, es el más mortífero contra fuerzas estadounidenses en una década. Y es precisamente la situación que Biden esperaba evitar al replegarse: la muerte de efectivos de EU. Lo que inició como una operación mal calibrada de retiro de la capital afgana y aún peor gestionada en su arranque, se había enderezado con un esfuerzo notable de evacuación. Pero los atentados del jueves han reventado una narrativa que empezaba a favorecer a Biden, así como la percepción —apuntalada en la opinión pública del país que sigue mayoritariamente a favor de dar carpetazo al largo capítulo de presencia de tropas en suelo afgano— de que la apuesta del presidente resultaría ser finalmente la correcta. Y a diferencia de sus tres predecesores que también reconocieron la futilidad de seguir en Afganistán, Biden fue el único que tuvo la valentía política para terminar con el involucramiento estadounidense ahí.

La tragedia en Kabul sin lugar a dudas cambia de manera fundamental la ecuación. En su mensaje después de los atentados, Biden aceptó sin ambages la culpa, pero también reiteró que mantendrá el rumbo y se apegaría a la fecha límite para retirarse. El GOP está en pie de guerra, argumentando —de manera irresponsable y demagógica, dado que quien inició las negociaciones con los talibanes y determinó la hoja de ruta y calendario del retiro de tropas fue Trump— que nada de esto tenía que suceder. Todo indica que buscarán capitalizar electoralmente esta crisis y potencialmente convertirla en un escándalo, alcahueteando además, como ya lo ha hecho el líder de la minoría Republicana en la Cámara, el peligro de que los talibanes "se aparezcan en la frontera con México". No obstante lo anterior, argumentar que esta crisis solo estalló por la manera en la cual se instrumentó el retiro de tropas es, en el mejor de los casos, ingenuo y un error; despide, por encima de todo, un tufo de oportunismo político reprobable.

A veces, lo que importa en política exterior no es lo que se puede lograr, sino lo que se puede evitar, y la administración no parece haber entendido que Afganistán era un caso así. Si bien los eventos, como los objetos, siempre se ven más grandes de cerca, las escenas en el aeropuerto de Kabul podrían ser un parteaguas para Biden y para el poder y la credibilidad de EU ante aliados y rivales en el mundo. Percepción es realidad. En su primer viaje internacional en junio, Biden declaró, ante el alivio pero también las interrogantes de muchos, que EU estaba "de vuelta" en el sistema internacional. Al observar la debacle de la retirada de Afganistán, muchos deben estarse preguntando: ¿Y si EU no está de regreso? ¿Y si nunca vuelve? ¿Qué pasa entonces?



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Arturo Sarukhán

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